Harmodio Arias
Hace algunos días, mientras hacía vigilia en el despacho del vicecanciller, observé que otro de los que esperaban se distraía leyendo un libro cuyo título "El Canal de Panamá" motivó este escrito.
Si para valorar nuestros afectos necesitamos de la distancia, para considerar los acontecimientos históricos en su verdadera dimensión precisamos de esa otra lejanía que es la perspectiva ofrecida por el tiempo. Es justo pensar que el trabajo de un estadista, la medida de sus valores sólo podremos darlo a través del juicio equilibrado que viene desde lejos.
Pero hay hombres tan notables, que sus obras no necesitan de juicios, ni ha menester elogios para imponerse a su tiempo; de esta clase de hombres fue Harmodio Arias Madrid. Imaginémonos por un momento el Panamá de 1904, un país en el alumbramiento de su vida y a este muchacho salido de las entrañas de Coclé a la capital a participar en un concurso para optar por una de las 24 becas que la convención constitutiva ofrecía para realizar estudios universitarios fuera de Panamá.
Gracias a su diligente madre doña Carmen Madrid, y a su buen desempeño como estudiante, es favorecido y enviado a Inglaterra a estudiar Derecho. Allí hubo de confrontarse con el dolor del silencio, del silencio que fortalece el espíritu y empuja a las almas verdaderamente fuertes más allá de sus medidas. Era justa esa prueba. Y, acaso siendo esto la verdadera tragedia del estudiante, fue también el cimiento de su gloria. Y es que desde tan temprana edad ya se auguraba al hombre extraordinario que sería el futuro Presidente. El tránsito de Harmodio por Londres, una de las ciudades más importantes de la época, fue a mi entender una parada en el camino de su perfección. Allí se dedicó a ajustar las conductas a sus pensamientos y a encaminar su voluntad hacia altos fines. El aplauso y las caricias pasan, pero sólo la estimación de los escogidos puede solidificarse con el tiempo y convertirse en oro. Así ha pasado con su tesis de grado "El Canal de Panamá" escrita en inglés en 1911 que pertenece a la humanidad y que es considerada como una obra maestra del derecho internacional y cuyo solo logro ya habría sido suficiente para estimarlo entre los grandes.
Considerado como uno de los cerebros más organizados de América (fue abogado del boliviano Simón Patiño uno de los hombres más acaudalados de la época), enriqueció desde las páginas de su periódico "El Panamá América" con su análisis finísimo y sus editoriales llenos de luz y armonía la vida de los lectores de entonces. Era de temperamento perfecto de escritor y jurista, de una ancha inteligencia que lo comprendía todo y no desdeñaba nada. Hay en la vida del Dr. Arias, dos episodios que son interesantes describir porque de él deriva un poco de su complexión moral tan regia y tan rica y su inquietud permanente hacia la justicia. Nos referimos al tratado de 1936 de amistad y cooperación, éxito de la valentía de su administración que si bien no acababa con todos los problemas existentes, alivió a la República de Panamá de muchos de los lastres del tratado de 1904, tales como el derecho a la intervención a perpetuidad, la imposibilidad de tener nuestras propias emisoras de radio, la delimitación de las tierras y aguas para uso del Canal, la revalorización de los dineros recibidos como arriendo, etc.
El otro tema, es la Fundación de la Universidad de Panamá; siendo fruto él mismo de la oportunidad del estudio que le permitió salir de un rancho a la Presidencia de su país, no se dio descanso hasta conseguir que ese privilegio fuera posible para muchos.
Todo en él era fuerte, su razonamiento, su imaginación, su estilo y siempre tenía una palabra generosa para todos los que lo visitaban. La inteligencia era parte de sus ser y él vivía constantemente ante su mesa de trabajo atento al vibrar universal que le traían los cables internacionales. Nadie más que el Dr. Arias necesita con todo cuidado ser estudiado con todo tacto como político en la atmósfera en que se desenvolvió. Debo recalcar, que la periodista Mélida Sepúlveda hizo un trabajo inapreciable sobre sus múltiples facetas pero al escarbar un poco sobre su vida nos inspiró el deseo de conocerlo mejor.
En 1962, cuando sintió que ya su vida se extinguía decidió regresar a su terruño y volando a los brazos de su amada patria se convirtió en historia para siempre.
Si para valorar nuestros afectos necesitamos de la distancia, para considerar los acontecimientos históricos en su verdadera dimensión precisamos de esa otra lejanía que es la perspectiva ofrecida por el tiempo. Es justo pensar que el trabajo de un estadista, la medida de sus valores sólo podremos darlo a través del juicio equilibrado que viene desde lejos.
Pero hay hombres tan notables, que sus obras no necesitan de juicios, ni ha menester elogios para imponerse a su tiempo; de esta clase de hombres fue Harmodio Arias Madrid. Imaginémonos por un momento el Panamá de 1904, un país en el alumbramiento de su vida y a este muchacho salido de las entrañas de Coclé a la capital a participar en un concurso para optar por una de las 24 becas que la convención constitutiva ofrecía para realizar estudios universitarios fuera de Panamá.
Gracias a su diligente madre doña Carmen Madrid, y a su buen desempeño como estudiante, es favorecido y enviado a Inglaterra a estudiar Derecho. Allí hubo de confrontarse con el dolor del silencio, del silencio que fortalece el espíritu y empuja a las almas verdaderamente fuertes más allá de sus medidas. Era justa esa prueba. Y, acaso siendo esto la verdadera tragedia del estudiante, fue también el cimiento de su gloria. Y es que desde tan temprana edad ya se auguraba al hombre extraordinario que sería el futuro Presidente. El tránsito de Harmodio por Londres, una de las ciudades más importantes de la época, fue a mi entender una parada en el camino de su perfección. Allí se dedicó a ajustar las conductas a sus pensamientos y a encaminar su voluntad hacia altos fines. El aplauso y las caricias pasan, pero sólo la estimación de los escogidos puede solidificarse con el tiempo y convertirse en oro. Así ha pasado con su tesis de grado "El Canal de Panamá" escrita en inglés en 1911 que pertenece a la humanidad y que es considerada como una obra maestra del derecho internacional y cuyo solo logro ya habría sido suficiente para estimarlo entre los grandes.
Considerado como uno de los cerebros más organizados de América (fue abogado del boliviano Simón Patiño uno de los hombres más acaudalados de la época), enriqueció desde las páginas de su periódico "El Panamá América" con su análisis finísimo y sus editoriales llenos de luz y armonía la vida de los lectores de entonces. Era de temperamento perfecto de escritor y jurista, de una ancha inteligencia que lo comprendía todo y no desdeñaba nada. Hay en la vida del Dr. Arias, dos episodios que son interesantes describir porque de él deriva un poco de su complexión moral tan regia y tan rica y su inquietud permanente hacia la justicia. Nos referimos al tratado de 1936 de amistad y cooperación, éxito de la valentía de su administración que si bien no acababa con todos los problemas existentes, alivió a la República de Panamá de muchos de los lastres del tratado de 1904, tales como el derecho a la intervención a perpetuidad, la imposibilidad de tener nuestras propias emisoras de radio, la delimitación de las tierras y aguas para uso del Canal, la revalorización de los dineros recibidos como arriendo, etc.
El otro tema, es la Fundación de la Universidad de Panamá; siendo fruto él mismo de la oportunidad del estudio que le permitió salir de un rancho a la Presidencia de su país, no se dio descanso hasta conseguir que ese privilegio fuera posible para muchos.
Todo en él era fuerte, su razonamiento, su imaginación, su estilo y siempre tenía una palabra generosa para todos los que lo visitaban. La inteligencia era parte de sus ser y él vivía constantemente ante su mesa de trabajo atento al vibrar universal que le traían los cables internacionales. Nadie más que el Dr. Arias necesita con todo cuidado ser estudiado con todo tacto como político en la atmósfera en que se desenvolvió. Debo recalcar, que la periodista Mélida Sepúlveda hizo un trabajo inapreciable sobre sus múltiples facetas pero al escarbar un poco sobre su vida nos inspiró el deseo de conocerlo mejor.
En 1962, cuando sintió que ya su vida se extinguía decidió regresar a su terruño y volando a los brazos de su amada patria se convirtió en historia para siempre.