Harmodio Arias, rehabilitado
En 1989 la tensión política en el país era insoportable. La Cruzada Civilista continuaba presionando a la dictadura de Noriega, que se olía la invasión. Enloquecido el sátrapa, mandó a fusilar a los militares alzados en octubre, en la Masacre de Albrook.
En ese ambiente siniestro, aparecieron los “batallones de la dignidad” por calles del país, más para intimidar a los civilistas que para resistir al inminente invasor. Uno de esos cuerpos de milicianos en Penonomé, tuvo la iniciativa de arrancar de su pedestal un busto de presidente Harmodio Arias, en simbólico acto de ruptura histórica con la oligarquía que supuestamente comprometió la soberanía patria con Estados Unidos, y procedió a lanzarlo con sorna irreverente al río Zaratí.
Por fortuna, honorables vecinas del lugar, de la familia Conte, más conocedoras de la historia que los arrogantes jefes batalloneros, se las arreglaron para rescatar el busto de don Harmodio y lo guardaron en casa, a riesgo de su seguridad personal. A los pocos días, algunos intelectuales adeptos al régimen, repudiaron el incidente, recordando los aportes patrióticos imperecederos del ex mandatario, como gestor del tratado de 1936 que significó el mayor salto hacia el recate de la soberanía panameña y su consolidación definitiva como estado nacional, desde el tratado del Canal de 1903. Avergonzado e iracundo, Noriega ordenó a los milicianos, a someterse a la humillación pública de tener que restituir con honores el busto a su sitio. Se rindió sonoro homenaje y respeto a la memoria del Dr. Arias, como gran patriota que fue, y fundador de la Universidad de Panamá, incluyendo una calle de honor y presentación de armas.