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Hasta pronto, Claudio amigo


Lo conocí cuando empezaban a aflorar las cosas buenas de la vida. Aquella fue una época serena que se desvaneció muy pronto y al mismo tiempo que envejecían silentes las manzanas de Bella Vista.
Claudio Fernández creció entre sueños e ideales y éstos, retribuyendo su auténtico sentir, lo hicieron dueño de cien historias y amigo de mil amigos.
Así comenzó una relación de cuatro décadas que me nutrió, hasta hace escasos días, con la nobleza rica que desprenden espontáneos los espíritus libres como él.
Nos tocó criarnos a la par de una nación adolescente y sumida dentro de un mundo cambiante, complejo y en exceso intolerante. Veíamos sin entender los avatares de políticas y políticos, como también las dos lenguas, banderas y estatutos que regían en paralelo el andar del país entero.
Pasada la niñez buena llegó la mocedad inquisitiva. Apareció con ella la discrepancia sana, pero reinó también la tolerancia hermosa. Entonces surgieron fuertes las doctrinas, fórmulas y posturas cual pócimas sagradas, pero pronto descubrimos en la actitud honesta el remedio puro con que tratar las dolencias que aquejan a este imperfecto mundo.
Marché luego a otras tierras y compartí con gente nueva muchas cosas, pero la distancia fortaleció el afecto y la amistad se transformó en sortilegio sano.
Ya los aires de los cielos se habían convertido en el espacio tenue donde flotaban él y sus quimeras. Mis ideas se tornaron peregrinas dentro de su encantada nave, mientras las suyas cimentaban las instituciones que ambos habíamos concebido para cristalizar nuestra nación soñada.
Transcurrían los años y sus rigores pero ellos no afectaban la lozanía de sus anhelos. La madurez de hombre ya adquirida hacía más joven su pensar y transmitía, cual chamán haciendo gala poderosa de embrujos e ilusiones, su gesto noble por doquier.
La vida continuó con su inmutable curso asignando a cada uno muy distintos rumbos. A pesar que el hado delirante hacía alarde de sus galas caprichosas, la afinidad de años permaneció ilesa y aglutinaba a otros para compartir el optimismo.
Cuando ese mismo destino antojadizo puso frente a frente anhelos y realidades fue Claudio - hermano y amigo - quien apuntaló con sus consejos mi decisión de cuajar en una campaña electoral nuestras preciadas fantasías.
¡Qué agridulce fortuna que la Providencia lo llamara mientras navegaba por los aires cerca de ella! ¡Ojalá aparezcan otros que emulen sus dotes de caballero leal y continúen el andar franco que caracterizó su vida plena!
Debido a que la Patria demanda más personas como él, además de mantener su buen recuerdo vivo, lo he de imaginar planeando en mi memoria hasta cuando nos volvamos a encontrar en el umbral del idílico jardín de ensueños que está muy cerca al cielo y más allá de la bahía.

101 años de Panamá América

 
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