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¡Hay que sanear la política!


Hay que sanear la política, hemos dicho. Sí, esto es lo que hay que llevar a cabo sin demora en Panamá si aspiramos a que ella sea realmente el arte o la ciencia de gobernar al pueblo, y de gobernarlo bien; y si queremos, asimismo, que quienes están encargados de aplicar esa ciencia jueguen limpiamente su papel. Para realizar esa obra hay que terminar con la inmoralidad que permite a un mal político engañar y hacer demagogias, en detrimento de los intereses generales, desde la tribuna callejera, a la que sube para solicitar el voto popular, o el sillón parlamentario, desde el cual gobierna y dicta leyes a la República; que esto es el demagogo: el que miente a sabiendas al formular promesas incumplibles y aprovecha la función pública para adquirir poder y riqueza a costa no sólo de quienes lo votaron de buena fe, sino también del prestigio de las instituciones democráticas y del decoro de la vida nacional.
Que los políticos nuestros se ajusten a las reglas de la decencia y la ética, que inspiren su conducta un verdadero patriotismo y un probado desprendimiento; que cuanto digan y hagan responda a una convicción sincera y a un riguroso sentimiento de responsabilidad. Así servirán a la colectividad y contribuirán a restablecer en ella el sentido moral, hoy tan decaído en Panamá; así -con hechos y no con palabras enfáticas y vacías- habrá de prestigiarse la política en nuestro medio, y del menester inferior que ha llegado a ser, se transformará en una auténtica escuela de dignidad cívica.
La triste realidad que hoy vivimos nos dice que hemos hecho de la política una mala profesión y del profesionalismo político una clase social selecta y privilegiada, gravísimo error de nuestros mayores que, en la hora actual, nos está rindiendo sus más amargos frutos. La reacción contra esa equivocada posición frente a la vida no puede demorar, y nos parece honrado adelantarnos, siquiera sea en la más inocente forma de sugestión desde las íntimas posturas del complejo social en que actuamos, al momento en que deberá cuajar el fin en un poderoso movimiento de opinión popular que la lleve al triunfo en el manejo colateral de la cosa pública.
El político común y corriente se caracteriza por llegar: aprende en el llano las artes de privar en el comité, de imponer su nombre en las convenciones, y es tan difícil y absorbente esta tarea, que no le deja tiempo para estudiar las necesidades del país. Por eso cuando llega la hora de presentar el programa de gobierno, la casi totalidad de los candidatos caen en la eterna cartilla de las teorizaciones.
Es cierto. La democracia, tal como el mundo libre de Occidente la entiende, no puede existir sin partidos políticos, ya que ellos constituyen uno de sus órganos indispensables de funcionamiento. Así planteadas las cosas, si reconocemos que los políticos y las agrupaciones cívicas son necesarias para la vida republicana, y si también hemos de admitir que para mucha gente (y no precisamente para gente proclive a los totalitarismos), los términos “política” y “políticos” han llegado a convertirse en dos malas palabras.
El hombre, al fin y al cabo es, como Aristóteles lo ha dicho, un “zoom politikon”, un animal político. Esto no quiere decir, por cierto, que todo hombre sale a la luz con el destino, el don y las condiciones innatas para serlo, de igual manera que el pájaro nace condicionado por la naturaleza para volar. Lo que el filósofo expresó es que el hombre se distingue de los animales por la necesidad y la tendencia que siente a vivir en sociedad. Señalemos, pues, que el hombre, efectivamente, sobrepasó los estadios inferiores de su evolución agrupándose en comunidades, y que, dentro de lo humanamente previsible, no podrá dejar de seguir siendo, en este sentido, un “animal político”. Esta es una de las razones que existen para que no sea posible abjurar de la política.
El pueblo panameño está cansado de tanta promesa incumplida, de tanta verborragia declamatoria y de tanto subyugante canto de sirena que no pasa de ser juramento insincero y engañoso. El pueblo está enfermo de descreimiento y exige más respeto para su nobleza y para su buena fe. El pueblo anhela que los líderes partidarios accionen con honestidad intelectual, con lealtad en la conducta, con inspiraciones altruistas y con patriótico celo para que el país cuente con conductores honestos, capaces y veraces que ejerciten honradamente el magisterio de la panameñidad.

101 años de Panamá América

 
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