Hechos de perversidad
A lo largo y ancho de la región que comprende la república colombiana y los países limítrofes, especialmente en los sectores fronterizos, vienen llevándose a cabo diarios sucesos, de enorme peligrosidad, que revelan la real y riesgosa situación imperante. Los dos más grandes y siniestros protagonistas de aquel lamentable estado de cosas son el narcotráfico y su inseparable compañera, la violencia. Los medios de comunicación colectiva, con alarmante periodicidad, dan cuenta de masacres, extorsiones, plagios, atentados de diversa especie, que han creado aquel conocido y contraproducente clima de intransigencia y crimen, delincuencia y zozobra.
Dentro de este polucionado ambiente donde la vida, la propiedad y otros substanciales valores del hombre son violados de la manera más cínica, Colombia es la que sufre directamente el impacto de estos factores adversos que van rebasando las fronteras nacionales. En la limítrofe y norteña provincia ecuatoriana de Sucumbíos, localizada en plena Amazonia, se producen frecuentemente atrocidades, como efecto de lo anotado. El secuestro se ha convertido en una industria, por cierto que malhadada y repudiable.
En septiembre de 1999, mientras en dos grupos se desplazaban, en vehículos aparte, por una vía principal de aquel sector, doce ciudadanos de Canadá, Estados Unidos, España y Bélgica, fueron secuestrados.
Esta acción, que tuvo amplia cobertura internacional, de acuerdo a versiones de testigos, fue perpetrada por aproximadamente unos treinta sujetos de acento colombiano, fuertemente armados, pintados la cara de negro y con uniforme camuflaje. Los extranjeros plagiados salieron libres una vez que pagaron jugoso rescate a los irregulares. Luego que se produjo el hecho en referencia, se recordó que, no hace mucho, unos doscientos individuos pertenecientes a las FARC, igualmente atravesando la frontera y violando la soberanía, tendieron emboscada a una patrulla combinada del Ejército y la Policía del Ecuador, que cumplía funciones específicas y rutinarias. El resultado de esta incursión fue la muerte de casi todos los integrantes de esa patrulla.
Parece que esta pésima costumbre se intensifica, particularmente en contra del personal extranjero que opera en los pozos petrolíferos que allí existen, si se analiza que, al momento, son unos veinte los técnicos petroleros secuestrados. Algunos de estos delitos no se hacen conocer a la prensa, a veces ni a la Policía, a fin de no entorpecer las negociaciones de rescate que se efectúan con la participación de empresas particulares que se dedican a ello y por lo que, según se sabe, cobran abultadas comisiones.
El 12 de octubre pasado, en la anotada y peligrosa zona, cuarenta sujetos armados hasta los dientes entraron en un campo petrolero y secuestraron a diez ciudadanos extranjeros. Su audacia llegó al colmo: como si se tratara de actores de una película de bandidos, robaron un helicóptero en el cual se llevaron por el aire a sus víctimas. Dos franceses lograron huir, en un episodio que es necesario se aclare debidamente. A los restantes, se les trasladó a ignoto lugar de la intrincada jungla.
Acaba de ser descubierto el cadáver de una de aquellas personas raptadas. Los forajidos le habían matado en la forma más vil y cobarde. Una experta forense, de alto nivel en el área de Patología, al analizar rigurosamente los órganos de quien en vida se llamó Ron Sander, informó que al momento de su asesinato estaba en buen estado de salud y encadenado. Las conclusiones determinaron que, después de caminar por largas horas, se le mató a sangre fría, con cinco disparos. Campesinos del lugar hallaron el cuerpo, cerca de una cancha de fútbol, en un pueblo localizado a veinte kilómetros de la capital de Sucumbíos, estaba cubierto con una sábana blanca donde se había escrito la leyenda: "Soy gringo, por no pago de secuestro, Compañía HP Pompeya DG" (la empresa de perforación Hewelchi & Payne donde laboraba, en el sitio denominado Pompeya, el infortunado norteamericano). Los desalmados habían advertido, el 17 de enero, que empezarían a remitir los "paquetitos"( se referían a los cuerpos de los plagiados), de no pagar HP ochenta millones de dólares que exigen los secuestradores para liberar a sus víctimas. Se teme nuevas ejecuciones y envíos macabros.
Este homicidio ha generado justa indignación a nivel internacional y en la ciudadanía ecuatoriana que ve menoscabada al máximo las garantías de seguridad, es otra prueba de la brutalidad que caracteriza a esos facinerosos que necesariamente deben ser descubiertos y capturados, para que se les sancione por las atrocidades que perpetran con saña indescriptible y primitiva. ¿ Para esta clase de rufianes y a fin de sentar sanos precedentes en defensa de la colectividad, no sería lo recomendable la pena de muerte?
Cuando acontecen salvajadas de esta naturaleza, se recuerda otros hechos de perversidad. Igualmente, será difícil olvidar la masacre que cometieron las FARC cuando asesinaron, con toda premeditación y conocida inclemencia, a Ingrid Washinawatok, Terence Freitas y Laheenae Gay, misioneros norteamericanos que cumplían ejemplar trabajo entre los indígenas, en territorios ubicados en la frontera colombo-venezolana.
No contentos con matar a estos distinguidos ciudadanos de paz y civilización, los narcoguerrilleros lanzaron sus cuerpos a un río limítrofe con Venezuela, de por medio la intención de ocultar las pruebas de su bárbaro proceder. Quisieron negar lo hecho, pero ante lo indiscutible de las evidencias no les quedó más a los bandoleros que reconocer su infame acción.
Dentro de este polucionado ambiente donde la vida, la propiedad y otros substanciales valores del hombre son violados de la manera más cínica, Colombia es la que sufre directamente el impacto de estos factores adversos que van rebasando las fronteras nacionales. En la limítrofe y norteña provincia ecuatoriana de Sucumbíos, localizada en plena Amazonia, se producen frecuentemente atrocidades, como efecto de lo anotado. El secuestro se ha convertido en una industria, por cierto que malhadada y repudiable.
En septiembre de 1999, mientras en dos grupos se desplazaban, en vehículos aparte, por una vía principal de aquel sector, doce ciudadanos de Canadá, Estados Unidos, España y Bélgica, fueron secuestrados.
Esta acción, que tuvo amplia cobertura internacional, de acuerdo a versiones de testigos, fue perpetrada por aproximadamente unos treinta sujetos de acento colombiano, fuertemente armados, pintados la cara de negro y con uniforme camuflaje. Los extranjeros plagiados salieron libres una vez que pagaron jugoso rescate a los irregulares. Luego que se produjo el hecho en referencia, se recordó que, no hace mucho, unos doscientos individuos pertenecientes a las FARC, igualmente atravesando la frontera y violando la soberanía, tendieron emboscada a una patrulla combinada del Ejército y la Policía del Ecuador, que cumplía funciones específicas y rutinarias. El resultado de esta incursión fue la muerte de casi todos los integrantes de esa patrulla.
Parece que esta pésima costumbre se intensifica, particularmente en contra del personal extranjero que opera en los pozos petrolíferos que allí existen, si se analiza que, al momento, son unos veinte los técnicos petroleros secuestrados. Algunos de estos delitos no se hacen conocer a la prensa, a veces ni a la Policía, a fin de no entorpecer las negociaciones de rescate que se efectúan con la participación de empresas particulares que se dedican a ello y por lo que, según se sabe, cobran abultadas comisiones.
El 12 de octubre pasado, en la anotada y peligrosa zona, cuarenta sujetos armados hasta los dientes entraron en un campo petrolero y secuestraron a diez ciudadanos extranjeros. Su audacia llegó al colmo: como si se tratara de actores de una película de bandidos, robaron un helicóptero en el cual se llevaron por el aire a sus víctimas. Dos franceses lograron huir, en un episodio que es necesario se aclare debidamente. A los restantes, se les trasladó a ignoto lugar de la intrincada jungla.
Acaba de ser descubierto el cadáver de una de aquellas personas raptadas. Los forajidos le habían matado en la forma más vil y cobarde. Una experta forense, de alto nivel en el área de Patología, al analizar rigurosamente los órganos de quien en vida se llamó Ron Sander, informó que al momento de su asesinato estaba en buen estado de salud y encadenado. Las conclusiones determinaron que, después de caminar por largas horas, se le mató a sangre fría, con cinco disparos. Campesinos del lugar hallaron el cuerpo, cerca de una cancha de fútbol, en un pueblo localizado a veinte kilómetros de la capital de Sucumbíos, estaba cubierto con una sábana blanca donde se había escrito la leyenda: "Soy gringo, por no pago de secuestro, Compañía HP Pompeya DG" (la empresa de perforación Hewelchi & Payne donde laboraba, en el sitio denominado Pompeya, el infortunado norteamericano). Los desalmados habían advertido, el 17 de enero, que empezarían a remitir los "paquetitos"( se referían a los cuerpos de los plagiados), de no pagar HP ochenta millones de dólares que exigen los secuestradores para liberar a sus víctimas. Se teme nuevas ejecuciones y envíos macabros.
Este homicidio ha generado justa indignación a nivel internacional y en la ciudadanía ecuatoriana que ve menoscabada al máximo las garantías de seguridad, es otra prueba de la brutalidad que caracteriza a esos facinerosos que necesariamente deben ser descubiertos y capturados, para que se les sancione por las atrocidades que perpetran con saña indescriptible y primitiva. ¿ Para esta clase de rufianes y a fin de sentar sanos precedentes en defensa de la colectividad, no sería lo recomendable la pena de muerte?
Cuando acontecen salvajadas de esta naturaleza, se recuerda otros hechos de perversidad. Igualmente, será difícil olvidar la masacre que cometieron las FARC cuando asesinaron, con toda premeditación y conocida inclemencia, a Ingrid Washinawatok, Terence Freitas y Laheenae Gay, misioneros norteamericanos que cumplían ejemplar trabajo entre los indígenas, en territorios ubicados en la frontera colombo-venezolana.
No contentos con matar a estos distinguidos ciudadanos de paz y civilización, los narcoguerrilleros lanzaron sus cuerpos a un río limítrofe con Venezuela, de por medio la intención de ocultar las pruebas de su bárbaro proceder. Quisieron negar lo hecho, pero ante lo indiscutible de las evidencias no les quedó más a los bandoleros que reconocer su infame acción.