Héctor, acusador de la injusticia
Porque hay un pueblo que ha clamado, hasta el llanto, por una verdadera justicia para el padre Héctor Gallego y para muchos compatriotas desaparecidos durante la dictadura de 21 años, nos referimos, en este artículo, a ese sembrador de la semilla del amor, de la unidad del trabajo cooperativo y defensor permanente de la justicia social.
Héctor asumió con firmeza la defensa de los derechos de los campesinos que son la población más explotada y olvidada de nuestra patria. Su trabajo pastoral fue signo de contradicción a la injusticia y pronto, los enemigos de su apostolado se lanzaron como buitres sobre la víctima. Lo amenazaron de muerte, le quemaron el rancho donde vivía, lo vilipendiaron, lo acusaron de subversivo y finalmente, luego de su secuestro, rastrearon su vida personal con el fin de encontrar alguna mancha en su expediente religioso y de hombre comprometido con la espiritualidad de Jesús.
Su cuerpo fue desaparecido y hasta el presente, no se sabe dónde pueda estar, sin embargo, allí en el corazón de la montaña santafereña, Héctor sigue hablándole a los campesinos, animándolos en la cooperativa, levantando su voz contra la injusticia.
La justicia formal del General Torrijos recibió la primera descarga de la incoherencia y Héctor cuestionó con su muerte la autenticidad "revolucionaria" del proceso. Los resortes del Ministerio Público se atascaron y el óxido de sus conciencias eximió de la responsabilidad a los autores materiales e intelectuales del hecho punible. Todo el mundo calló.
Muchos años han transcurrido desde su muerte y desaparición, pero la realidad del campesino en nada ha cambiado, por el contrario, día a día se empobrece, es desalojado de sus tierras: Coclesito, Tucuecito, Los Bracitos, Playa Azul, La Escoba, Guásimo, Uracillo, Cutevilla y tantas comunidades del país llevadas a la desesperación social y económica por el hambre de tierra de los terratenientes. Aquella justicia formal que se tornó mezquina ante la fuerza de la acción evangélica de Héctor en 1971, vuelve a demostrar su iniquidad ante la destrucción progresiva del hombre del campo. El principio de igualdad ante la ley, sigue en la mistificación y la justicia ni siquiera en lo formal crea las condiciones para los empobrecidos de Panamá.
Héctor sigue vivo, acusando la injusticia social de sus hermanos campesinos y con su muerte, sepultada por el silencio ayer y revestida hoy de sortilegios jurídicos inocuos, nos llama a ser testigos del amor por su pueblo pobre.
Hoy los campesinos de Santa Fe, a través de la Cooperativa La Esperanza y la Unión Campesina Héctor Gallego, revitalizan con su testimonio el acontecer cristiano de Héctor y la justicia que cosechará toda la patria y el pueblo.
En cada organización campesina que acusa la injusticia, Héctor volverá a renacer.
Héctor asumió con firmeza la defensa de los derechos de los campesinos que son la población más explotada y olvidada de nuestra patria. Su trabajo pastoral fue signo de contradicción a la injusticia y pronto, los enemigos de su apostolado se lanzaron como buitres sobre la víctima. Lo amenazaron de muerte, le quemaron el rancho donde vivía, lo vilipendiaron, lo acusaron de subversivo y finalmente, luego de su secuestro, rastrearon su vida personal con el fin de encontrar alguna mancha en su expediente religioso y de hombre comprometido con la espiritualidad de Jesús.
Su cuerpo fue desaparecido y hasta el presente, no se sabe dónde pueda estar, sin embargo, allí en el corazón de la montaña santafereña, Héctor sigue hablándole a los campesinos, animándolos en la cooperativa, levantando su voz contra la injusticia.
La justicia formal del General Torrijos recibió la primera descarga de la incoherencia y Héctor cuestionó con su muerte la autenticidad "revolucionaria" del proceso. Los resortes del Ministerio Público se atascaron y el óxido de sus conciencias eximió de la responsabilidad a los autores materiales e intelectuales del hecho punible. Todo el mundo calló.
Muchos años han transcurrido desde su muerte y desaparición, pero la realidad del campesino en nada ha cambiado, por el contrario, día a día se empobrece, es desalojado de sus tierras: Coclesito, Tucuecito, Los Bracitos, Playa Azul, La Escoba, Guásimo, Uracillo, Cutevilla y tantas comunidades del país llevadas a la desesperación social y económica por el hambre de tierra de los terratenientes. Aquella justicia formal que se tornó mezquina ante la fuerza de la acción evangélica de Héctor en 1971, vuelve a demostrar su iniquidad ante la destrucción progresiva del hombre del campo. El principio de igualdad ante la ley, sigue en la mistificación y la justicia ni siquiera en lo formal crea las condiciones para los empobrecidos de Panamá.
Héctor sigue vivo, acusando la injusticia social de sus hermanos campesinos y con su muerte, sepultada por el silencio ayer y revestida hoy de sortilegios jurídicos inocuos, nos llama a ser testigos del amor por su pueblo pobre.
Hoy los campesinos de Santa Fe, a través de la Cooperativa La Esperanza y la Unión Campesina Héctor Gallego, revitalizan con su testimonio el acontecer cristiano de Héctor y la justicia que cosechará toda la patria y el pueblo.
En cada organización campesina que acusa la injusticia, Héctor volverá a renacer.