Hijos de la sociedad
Sería interesante que los representantes del Fondo Monetario Mundial, no sé si todavía están por esta tierra, nos digan qué hacen por los niños desamparados producto de las injustas economías que ellos promueven. Ojalá que en su agenda estuvieran, prioritariamente, estos olvidados y no ver cómo oprimen a los pueblos con el cobro de deudas de muy dudosa legitimidad.
Me refiero a los niños de la calle, sobre los que alguien reseñaba lo siguiente en reciente correo electrónico que recibí. Están en todas partes. Pueden surgir desde el fondo de un edificio en ruinas cuando uno menos lo espera o tocarte por la espalda frente a una heladería, al momento de llevarte el helado a los labios. Sin embargo, la mayoría de las veces se te acercan a la ventanilla del automóvil en el instante en que éste se detiene delante de una luz roja. Es poco lo que piden. Algunos centavos para el alimento, algún lápiz para escribir, alguna ropa para vestirse aunque algunas veces pueden tornarse muy agresivos en su desesperación por obtener aquello que de manera esencial, les hace falta. Son los niños de los semáforos. Es mucho lo que representan, pues son la cara más pública de un país que está por entrar al siglo XXI arrastrando la miseria y la falta de esperanza como una afrenta a los derechos más inalienables de la especie humana.
Por supuesto que nadie sabe dónde habitan, pues solamente algunas organizaciones benéficas han seguido el curso de sus pasos. Se rumora que al caer la noche, se repliegan a sitios insospechados, donde para otros seres, sería muy precaria la existencia.
Piden por la mañana, piden bajo el sol calcinante del mediodía, pero piden sobre todo al atardecer, cuando la avalancha de conductores saliendo de sus trabajos les da quizás la única posibilidad de recaudar algo para llevar a ese desconocido reducto donde se reúnen con el resto de la familia y donde quizás comparten el variado botín obtenido a lo largo de la jornada. En el fondo se resisten a abandonar esa imprescindible dignidad propia de un ser racional y antes de pedir, ofrecen el servicio inmediato de remover la suciedad de los cristales.
Los hay de todas las edades y de ambos sexos, pero principalmente están activos desde los seis meses hasta los catorce o quince años. Los mayores llevan en brazos a los más pequeños y casi siempre son niñas las que cargan con ellos.
El llevar poca ropa tiene sus ventajas, pues el organismo humano desarrolla en su proceso de adaptación ciertos mecanismos a veces muy exitosos. En el caso que nos atañe, una costra tornasol y viscosa donde se mezclan el polvo, el sudor, las secreciones nasales, y las lágrimas recubre los cuerpecitos de estos infortunados ejemplares, protegiéndolos en alguna medida, de los rayos abrasadores y posponiendo por algún tiempo más, su disecación definitiva. Algunos, sobre todo los más grandes, van cubiertos de restos de tela, pedazos de trapo que alguna vez fueron verdaderos atuendos y que, hoy, por medio de la caridad y el pudor los usan para tapar casi siempre los genitales y pocas veces los ombligos.
No está de más referirnos a los pies de estos habitantes, siempre cubiertos de aceites y aguas de los más diversos orígenes y donde seguramente sería muy difícil adaptar algún zapato o calzado de moda sin causar daño, no omitiendo tampoco la deformación y dureza de sus plantas, ya adaptadas a marchar directamente sobre el asfalto hirviente o sobre piedras y basuras del camino.
Así pues, diariamente los encontramos en los cruces de las calles más traficadas, esquivando con instintiva rapidez el interminable desfile de los vehículos más variados que van desde bicicletas, pasando por autos y camiones.
A veces logran desplazarse hacia otros sitios de interés para su estómago y los vemos suplicando también en plazas, restaurantes, parqueos y en las entradas de los modernos y privados centros comerciales, donde por supuesto, no les está permitido el acceso, excepto bajo el riesgo de una expulsión violenta por parte del personal de vigilancia.
Al finalizar el período de la infancia, aquellos muchachos y muchachas que logran honrar a las leyes de Darwin, o dicho de otra manera: que han logrado sobrevivir, se resisten a abandonar el lugar de donde extraen los recursos, es decir, las calles, y prefieren pasar inmediatamente a una nueva categoría social llamada "vendedores de semáforos".
Muchas veces combinan los dos estatus, el de vendedor o el de mendigo, dependiendo del perfil del donante o de la circunstancia en la que se desenvuelven, pero siempre con un desesperado gesto de que algo caiga en la mano, lo que equivale a decir que caiga también en la cavidad bucal de sus hermanitos o de sus padres y encargados.
En cuanto a las razones que motivan a tanta infancia a desperdigarse por avenidas, patios, matorrales, estacionamientos y esquinas, sin ninguna escuela, con ningún futuro y sobre todo con mucha pero mucha hambre, la irresponsabilidad de los padres es uno de los argumentos manifestados por un sector muy pulcro de la sociedad.
Acusan a estos engendradores, de mucha promiscuidad y lascivia, lo que permite que constantemente aumente el número de criaturas posesionadas sin ninguna vergüenza de los espacios por donde sólo deberían desplazarse personas de sus mismas cualidades.
Generalmente son los más caritativos y los que invocan la solidaridad humana para con esta plaga vista desde sus lujosos y mullidos vehículos, como un mal necesario e inevitable. La otra parte de la ciudadanía puede percibir la situación como una costumbre ancestral transmitida de generación en generación como si se tratara de la marca genética de todo un pueblo y aceptan resignadamente que la miseria es un hábito al igual que la noche y el día, razón por la cual el espectáculo de seres humanos en estados de degradación pasa por sus memorias como una película que más bien sirve para divertir, no para estimular actitudes conscientes acerca de la dignidad humana.
Me refiero a los niños de la calle, sobre los que alguien reseñaba lo siguiente en reciente correo electrónico que recibí. Están en todas partes. Pueden surgir desde el fondo de un edificio en ruinas cuando uno menos lo espera o tocarte por la espalda frente a una heladería, al momento de llevarte el helado a los labios. Sin embargo, la mayoría de las veces se te acercan a la ventanilla del automóvil en el instante en que éste se detiene delante de una luz roja. Es poco lo que piden. Algunos centavos para el alimento, algún lápiz para escribir, alguna ropa para vestirse aunque algunas veces pueden tornarse muy agresivos en su desesperación por obtener aquello que de manera esencial, les hace falta. Son los niños de los semáforos. Es mucho lo que representan, pues son la cara más pública de un país que está por entrar al siglo XXI arrastrando la miseria y la falta de esperanza como una afrenta a los derechos más inalienables de la especie humana.
Por supuesto que nadie sabe dónde habitan, pues solamente algunas organizaciones benéficas han seguido el curso de sus pasos. Se rumora que al caer la noche, se repliegan a sitios insospechados, donde para otros seres, sería muy precaria la existencia.
Piden por la mañana, piden bajo el sol calcinante del mediodía, pero piden sobre todo al atardecer, cuando la avalancha de conductores saliendo de sus trabajos les da quizás la única posibilidad de recaudar algo para llevar a ese desconocido reducto donde se reúnen con el resto de la familia y donde quizás comparten el variado botín obtenido a lo largo de la jornada. En el fondo se resisten a abandonar esa imprescindible dignidad propia de un ser racional y antes de pedir, ofrecen el servicio inmediato de remover la suciedad de los cristales.
Los hay de todas las edades y de ambos sexos, pero principalmente están activos desde los seis meses hasta los catorce o quince años. Los mayores llevan en brazos a los más pequeños y casi siempre son niñas las que cargan con ellos.
El llevar poca ropa tiene sus ventajas, pues el organismo humano desarrolla en su proceso de adaptación ciertos mecanismos a veces muy exitosos. En el caso que nos atañe, una costra tornasol y viscosa donde se mezclan el polvo, el sudor, las secreciones nasales, y las lágrimas recubre los cuerpecitos de estos infortunados ejemplares, protegiéndolos en alguna medida, de los rayos abrasadores y posponiendo por algún tiempo más, su disecación definitiva. Algunos, sobre todo los más grandes, van cubiertos de restos de tela, pedazos de trapo que alguna vez fueron verdaderos atuendos y que, hoy, por medio de la caridad y el pudor los usan para tapar casi siempre los genitales y pocas veces los ombligos.
No está de más referirnos a los pies de estos habitantes, siempre cubiertos de aceites y aguas de los más diversos orígenes y donde seguramente sería muy difícil adaptar algún zapato o calzado de moda sin causar daño, no omitiendo tampoco la deformación y dureza de sus plantas, ya adaptadas a marchar directamente sobre el asfalto hirviente o sobre piedras y basuras del camino.
Así pues, diariamente los encontramos en los cruces de las calles más traficadas, esquivando con instintiva rapidez el interminable desfile de los vehículos más variados que van desde bicicletas, pasando por autos y camiones.
A veces logran desplazarse hacia otros sitios de interés para su estómago y los vemos suplicando también en plazas, restaurantes, parqueos y en las entradas de los modernos y privados centros comerciales, donde por supuesto, no les está permitido el acceso, excepto bajo el riesgo de una expulsión violenta por parte del personal de vigilancia.
Al finalizar el período de la infancia, aquellos muchachos y muchachas que logran honrar a las leyes de Darwin, o dicho de otra manera: que han logrado sobrevivir, se resisten a abandonar el lugar de donde extraen los recursos, es decir, las calles, y prefieren pasar inmediatamente a una nueva categoría social llamada "vendedores de semáforos".
Muchas veces combinan los dos estatus, el de vendedor o el de mendigo, dependiendo del perfil del donante o de la circunstancia en la que se desenvuelven, pero siempre con un desesperado gesto de que algo caiga en la mano, lo que equivale a decir que caiga también en la cavidad bucal de sus hermanitos o de sus padres y encargados.
En cuanto a las razones que motivan a tanta infancia a desperdigarse por avenidas, patios, matorrales, estacionamientos y esquinas, sin ninguna escuela, con ningún futuro y sobre todo con mucha pero mucha hambre, la irresponsabilidad de los padres es uno de los argumentos manifestados por un sector muy pulcro de la sociedad.
Acusan a estos engendradores, de mucha promiscuidad y lascivia, lo que permite que constantemente aumente el número de criaturas posesionadas sin ninguna vergüenza de los espacios por donde sólo deberían desplazarse personas de sus mismas cualidades.
Generalmente son los más caritativos y los que invocan la solidaridad humana para con esta plaga vista desde sus lujosos y mullidos vehículos, como un mal necesario e inevitable. La otra parte de la ciudadanía puede percibir la situación como una costumbre ancestral transmitida de generación en generación como si se tratara de la marca genética de todo un pueblo y aceptan resignadamente que la miseria es un hábito al igual que la noche y el día, razón por la cual el espectáculo de seres humanos en estados de degradación pasa por sus memorias como una película que más bien sirve para divertir, no para estimular actitudes conscientes acerca de la dignidad humana.