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Hiroshima 1945-2005


La lección cruel que a través del Japón recibió todo el planeta es que aquel horrendo episodio jamás ha de repetirse.
Cuando promedia el año de 1945 y recrudece la guerra en el Pacífico, el presidente norteamericano Harry S. Truman dio la orden de lanzar la bomba atómica sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Era una medida extrema encaminada a doblegar al Imperio japonés con el cual se libraba una guerra de desgaste desde 1941.
El 6 de agosto detonó la primera conflagración nuclear sobre Hiroshima y tres días después, el 9, otra similar se abatió sobre Nagasaki.
Los argumentos para "justificar", -si puede usarse este término- fueron: no prolongar el conflicto armado; ahorrar la pérdida inútil de vidas; impedir que Alemania aplicara su propia bomba contra los ejércitos aliados y, finalmente, tomar represalia contra el ataque nipón a la base militar de Pearl Harbor, hecho lamentable ocurrido el 7 de diciembre de 1941.
El estallido atómico sobre Hiroshima causó desde el primer instante 140,000 muertes: los que se desintegraron, pulverizaron o fueron alcanzados por la horrenda onda expansiva del hongo mortal. Y luego estaban los sobrevivientes con llagas y tumores, quemaduras de primer grado, alteraciones genéticas irreversibles, daño cerebral y traumas psicológicos profundos. Hiroshima y Nagasaki fueron prácticamente borradas del mapa del Japón y del mundo en una destrucción material sin precedentes en la historia.
Hace sesenta años, la ciencia había avanzado lo suficiente para desintegrar el átomo y producir armas tan mortíferas que ponían en peligro a la humanidad entera. Ese no fue el propósito de los grandes cerebros físicos como Einstein, Fermi y Oppenheimer.
La fuerza poderosa del átomo debía ser utilizada en la tecnología, la ciencia pacífica con miras al desarrollo, en beneficio de todos los hombres.
Hoy por hoy, el Japón supo levantarse de sus cenizas y colocarse al rango de las potencias políticas, económicas, tecnológicas, industriales y culturales del orbe. ¡Banzai nihon!
No obstante, la lección cruel que a través del Japón recibió todo el planeta es que aquel horrendo episodio jamás ha de repetirse.
Las naciones grandes, en cuyas manos está su destino y el destino de los países pequeños y débiles, han de entender de una vez por todas que la guerra destructora no es un medio para zanjar rivalidades ni disputas del orden que fuese. Que las armas de destrucción masiva colocan a nuestra especie al borde de su propia aniquilación.
El hombre está diseñado para completar y perfeccionar la creación y nunca para ir en sentido inverso al proceso de la naturaleza.
Hiroshima la nueva, hermosa urbe en las márgenes del río Ota, es el memorial de una devastación que quizás no debió suceder hace seis décadas y que nos advierte de los abismos en los cuales podemos caer si el conocimiento se aplica maliciosamente para desvalorizar o suprimir la existencia humana.
El Museo de la Bomba Atómica que visité en Hiroschima constituye un testimonio atroz de lo que ocurrió los días 6 y 9 de agosto de 1945 cuando las potencias se enfrentaban todavía no sabemos bien por qué y para qué. El hombre que desapareció en la puerta del banco y dejó en el pavimento una mancha como de aceite representa el latente peligro en que estamos si la ciencia no promueve la paz.
Promover la paz es en sí una expresión de sabiduría y sosiego universales.

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