Hiroshima: su vigencia
Hoy se cumple un aniversario más del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Han pasado 59 años de ese acto genocida, disfrazado de bélico, y podríamos pensar que el peligro quedó atrás y su testimonio sólo sirve de experiencia aleccionadora sobre la moral de los humanos.
Pero, el horror sigue vigente por los efectos, las motivaciones, las conductas persistentes y agravadas, así como la ceguera colectiva que nos permite informarnos de hechos sin detectar su esencia. Una ceguera que nos dispensa para llamar pasado a lo que todavía es presente.
Por sus efectos, aquel acto produjo daños graves y sistemáticos, cuyas consecuencias no se agotan en la enumeración de la víctimas instantáneas, porque todos los años se agregan al obituario personas que mueren de sus secuelas y consecuencias.
Los efectos se multiplican en los afectados de las nuevas prácticas del terror radiactivo, víctimas no de grandes explosiones con su hongo fatal, sino de múltiples pequeños proyectiles blindados con carga radiactiva, usados en los campos de batalla de Yugoslavia e Irak. Son víctimas del uranio empobrecido, muertes silenciosas; pero tan graves como las de un hongo atómico brutal y repentino.
Por sus motivaciones, fue un acto genocida, no bélico, porque se lanzaron bombas sobre poblaciones sin valor militar. El motivo no fue liquidar la capacidad operativa militar del adversario, sino aterrorizar a su retaguardia social y política. Aquel acto, motivado por la ambición de dominación global, relanzó el período de historia de la Humanidad en que el terrorismo de Estado se transformó en una variable sistemática de las relaciones internas y externas de un Estado. Una cadena de acciones de violencia defensiva y ofensiva se acumuló sobre ese acto inicial: La carrera nuclear mundial se montó sobre la racionalidad argumental de evitar el monopolio del disuasivo nuclear por un solo país. Se dilapidaron recursos que hubieran podido contribuir a sociedades más prósperas, confiadas y estables en todo el mundo.
Hoy, al horror de la guerra nuclear entre países o grupos de poder antagónicos, no conjurada definitivamente, se agrega el horror de una política internacional que pretende el monopolio de la tecnología nuclear para el único país que ha lanzado la bomba. Hoy se trata de un control no disuasivo, sino opresivo.
El escándalo de escape de información grabada en discos duros en los laboratorios atómicos de El Álamo, pusieron en evidencia la horrorosa realidad de que la directriz del trabajo científico se mantiene activa en la búsqueda y diseño de mini bombas atómicas para usar en radios urbanos. Que el conocimiento atesorado por el humano y potenciado por la ciencia se use contra la vida es un horror moral. La ciencia siempre fue el instrumento para liberar al humano de la necesidad impuesta por la naturaleza. Al liberarlo, la ciencia también fue heraldo de la libertad en el ambiente social. Hoy contemplamos con horror que es el ambiente natural el que tiene necesidades de sobrevivencia frente a la soberbia del humano; por otro lado, en el ambiente social, la ciencia se usa para dar cobertura a la dominación y la injusticia. Es un deber de los seres conscientes el revertir este orden.
Pero el peligro nuclear no trata sólo de amenazas, sino de realidades palpitantes que hoy afectan al planeta. Cada arma nuclear, para ser incorporada a un arsenal, debe ser sometida a pruebas; es decir, debe haber una explosión real, en un escenario no bélico. Pero, la atmósfera es la primera víctima de cada prueba.
Un alto oficial, ex oficial de la OTAN, Domingo López, ante el Consejo Mundial de la Paz (Atenas, mayo 2004) nos advierte que si tomamos en cuenta el número de pruebas necesarias para los inventarios de armas que hoy se encuentran en los silos de la potencias atómicas, ello implicaría que la humanidad, en los últimos 30 años, ha sufrido una y media prueba atómica semanal.
Las campanas de Hiroshima suenan por aquellas muertes y vidas sacrificadas a la insensatez de los monopolios que lucran con la guerra.
*Miembro del Consejo Mundial de la Paz.
Pero, el horror sigue vigente por los efectos, las motivaciones, las conductas persistentes y agravadas, así como la ceguera colectiva que nos permite informarnos de hechos sin detectar su esencia. Una ceguera que nos dispensa para llamar pasado a lo que todavía es presente.
Por sus efectos, aquel acto produjo daños graves y sistemáticos, cuyas consecuencias no se agotan en la enumeración de la víctimas instantáneas, porque todos los años se agregan al obituario personas que mueren de sus secuelas y consecuencias.
Los efectos se multiplican en los afectados de las nuevas prácticas del terror radiactivo, víctimas no de grandes explosiones con su hongo fatal, sino de múltiples pequeños proyectiles blindados con carga radiactiva, usados en los campos de batalla de Yugoslavia e Irak. Son víctimas del uranio empobrecido, muertes silenciosas; pero tan graves como las de un hongo atómico brutal y repentino.
Por sus motivaciones, fue un acto genocida, no bélico, porque se lanzaron bombas sobre poblaciones sin valor militar. El motivo no fue liquidar la capacidad operativa militar del adversario, sino aterrorizar a su retaguardia social y política. Aquel acto, motivado por la ambición de dominación global, relanzó el período de historia de la Humanidad en que el terrorismo de Estado se transformó en una variable sistemática de las relaciones internas y externas de un Estado. Una cadena de acciones de violencia defensiva y ofensiva se acumuló sobre ese acto inicial: La carrera nuclear mundial se montó sobre la racionalidad argumental de evitar el monopolio del disuasivo nuclear por un solo país. Se dilapidaron recursos que hubieran podido contribuir a sociedades más prósperas, confiadas y estables en todo el mundo.
Hoy, al horror de la guerra nuclear entre países o grupos de poder antagónicos, no conjurada definitivamente, se agrega el horror de una política internacional que pretende el monopolio de la tecnología nuclear para el único país que ha lanzado la bomba. Hoy se trata de un control no disuasivo, sino opresivo.
El escándalo de escape de información grabada en discos duros en los laboratorios atómicos de El Álamo, pusieron en evidencia la horrorosa realidad de que la directriz del trabajo científico se mantiene activa en la búsqueda y diseño de mini bombas atómicas para usar en radios urbanos. Que el conocimiento atesorado por el humano y potenciado por la ciencia se use contra la vida es un horror moral. La ciencia siempre fue el instrumento para liberar al humano de la necesidad impuesta por la naturaleza. Al liberarlo, la ciencia también fue heraldo de la libertad en el ambiente social. Hoy contemplamos con horror que es el ambiente natural el que tiene necesidades de sobrevivencia frente a la soberbia del humano; por otro lado, en el ambiente social, la ciencia se usa para dar cobertura a la dominación y la injusticia. Es un deber de los seres conscientes el revertir este orden.
Pero el peligro nuclear no trata sólo de amenazas, sino de realidades palpitantes que hoy afectan al planeta. Cada arma nuclear, para ser incorporada a un arsenal, debe ser sometida a pruebas; es decir, debe haber una explosión real, en un escenario no bélico. Pero, la atmósfera es la primera víctima de cada prueba.
Un alto oficial, ex oficial de la OTAN, Domingo López, ante el Consejo Mundial de la Paz (Atenas, mayo 2004) nos advierte que si tomamos en cuenta el número de pruebas necesarias para los inventarios de armas que hoy se encuentran en los silos de la potencias atómicas, ello implicaría que la humanidad, en los últimos 30 años, ha sufrido una y media prueba atómica semanal.
Las campanas de Hiroshima suenan por aquellas muertes y vidas sacrificadas a la insensatez de los monopolios que lucran con la guerra.
*Miembro del Consejo Mundial de la Paz.