¿Historia o Literatura?
Dudamos mucho de que sea legítimo el dilema enunciado, pero nos sirve de título más o menos llamativo. Nadie puede discutir el derecho de los literatos para inspirarse en la historia y escribir literatura. Pero ello nos ha planteado siempre este interrogante: ¿Hasta dónde llega la historia y en dónde comienza la literatura?
La proximidad del primer Centenario de la República está suscitando, a veces espontáneamente, a veces deliberadamente, algunas situaciones que han venido a levantar un poco el polvo en el erial de las irresponsabilidades nacionales que parece haber sido una de las características panameñas desde cuando iniciamos el camino de la entidad colectiva propia, desde comienzos del siglo XIX.
Acaba de tener publicidad la idea, vieja de un lustro, de parte de los literatos Juan David Morgan y Ernesto Endara, dos exponentes valiosos de la intelectualidad panameña, en el campo del cultivo literario, para dramatizar el personaje que hubo en Felipe Bunau-Varilla. Ellos han adoptado el artificio de ficción consistente en asumir uno, el papel de “fiscal” y el otro de “defensor”, en torno a quien nos atrevemos a calificar de siniestra figura, en la historia independentista panameña. Ellos proponen que el espectador sea el juez de la polémica teatral y que decida por su propio juicio, a fin de alcanzar El Veredicto, que es el probable título de la obra.
En verdad, la historia no ha sido nuestra dedicación profesional, más sí nuestra debilidad como ingrediente para hacernos luz en el pequeño enigma de lo que ha sido y es Panamá. Lo de “pequeño” es casi un plagio, pues uno de nuestros más connotados poetas se inspiró en esta “Patria tan pequeña”. Del brazo de tal debilidad hemos andado largas jornadas en nuestra vida. La sentimos como una debilidad fuerte. Y el tema de nuestra emancipación de Colombia, por la naturaleza que adoptó desde un comienzo, no podía, no pudo, no podrá evitar dudas y vacíos, a más de sus aristas positivas y epónimas. Hemos dado en pensar en que la historia emancipista tiene cuatro versiones de distintos signos nacionales: la norteamericana, con Roosevelt a la cabeza; la colombiana, con Marroquín y el istmeño Juan Bautista Pérez y Soto; la francesa con el tartufo Bunau; y la panameña, que es la versión menos estudiada desde el punto de vista histórico y poco escrita, debido a diversas circunstancias fatales, entre ellas el poco peso específico de nuestro país en el elenco universal.
Comprendemos que nuestros conocidos Morgan y Endara han hurgado mucho en la historia del 3 de Noviembre, lo que han demostrado el primero, en su novela Con Ardientes Fulgores de Gloria, que parece tener o tendrá una segunda edición; y el segundo, en su pieza dramática El Fusilado, en torno a la figura de Victoriano Lorenzo, cuyo fusilamiento fue uno de los últimos actos de violencia política desatados por Colombia en Panamá, el cual ha provocado en los últimos días una ola de repudio, como testimonio de la vigencia histórica del popular guerrillero coclesano. Seguramente que el bagaje literario de nuestros dos autores les permitirá hacer uso de sus recursos estilísticos ya probados, en la obra proyectada, la que, según el articulista que informa en el periódico sobre este particular, “está orientada hacia todo tipo de público, en especial, los estudiantes de primaria y secundaria”.
Desde nuestro particular punto de vista, nuestro pueblo no debería continuar alimentándose con las leyendas, con las adulteraciones y con los vacíos que abundan en la historiografía relativa al tema del 3 de Noviembre, precisamente porque se trata de nuestra independencia.
Por nuestra parte, hace años incursionamos en la Guerra de los Mil Días, con un trabajo de pretensión histórica, publicado en 1989. También nos hemos interesado por sucesos más recientes y hace unos diez años escribimos y publicamos el grueso libro denominado Noriega y Panamá: Orgía y Aplastamiento de la Narcodictadura.
Por mucho tiempo, más con lentitud, vinimos coleccionando todo lo que llegaba a nuestras manos, en torno a la gesta novembrina, y habida consideración de que se acercaba el primer Centenario republicano de tal efeméride, nos dedicamos a escribir una obra que, en lo posible, contribuyera en algo a esclarecer aspectos en las anfractuosidades del 3 de Noviembre. Los lectores dirán si nuestra contribución tiene o no algún mérito, y hacemos esfuerzos por publicarla lo más pronto posible, “sin prisa, pero sin pausa”.
Nosotros, con fundamentos en el análisis de lo que hemos podido conocer, le dedicamos a un capítulo especial a Monsier, titulado Las Dos Caras de Bunau-Varilla. Diógenes de la Rosa, en su extraordinario ensayo sobre el 3 de Noviembre (1930), calificó al dichoso francés de “personaje tragi-cómico”. Pensamos que el vocabulario no tiene palabras adecuadas para ponderar la infamia cometida por este autoprofeta y usurero mayúsculo, al firmar, por decisión personalísima, el Tratado que le presentó el Secretario de Estado Hay, en el fatídico crepúsculo del 18 de noviembre de 1903 (fatídico, para nosotros los panameños).
Mientras que Manuel Amador Guerrero luchó a brazo partido para que no se complaciera a Bunau, nombrándolo Embajador Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la naciente República, lo logró el 5 de noviembre en la tarde, porque la Junta de Gobierno Provisional únicamente lo designó ese día Agente Fiscal, con funciones limitadas a tal cargo. Pero el triunfo de Amador fue efímero. Bunau-Varilla se jacta en su principal obra (Panamá, La Creación, etc.) de haber tenido en su favor a unos pocos panameños, cuando nada menos que el día siguiente, el 6 de noviembre en la tarde, fue nombrado por la Junta en el cargo que él anhelaba. ¿Qué ocurrió en esas veinticuatro horas? Bunau-Varilla, desde semanas antes, sin que muchos lo supieran, ya era “el hombre de confianza de Roosevelt y de Hay”, para que apuñalara a Panamá por la espalda, firmando a velocidad supersónica el Tratado del Canal. En tal drama histórico, del que una historia veraz sólo puede dar algunos datos fidedignos, Bunau jugó el papel doble de asesino histórico de Panamá y, como decimos, “hombre de confianza de Roosevelt y de Hay”.
No tenemos duda, entonces, que la ley en mención deviene en un factor que le resta eficiencia al mercado por razón obvia, y tal como lo decía Carlos Marx cuando acotaba que “la producción, en última instancia, es consumo, y si no hay este último, hay recesión”.
La ANAM sostiene que los indígenas no han aprovechado el sentido de lo que se buscaba con los permisos comunitarios porque solo han pensado” en el dinero”.
El Ing. Raúl Gutiérrez, lamentó que los aborígenes no hayan aprovechado el objetivo de esas autorizaciones, que era que ellos se inmiscuyerán en el aprovechamiento forestal de sus bosques.
"Pero estos indígenas qué es lo quieren.. quieren recibir dinero de manera cómoda y contratan una empresa para que extraigan la madera", lamentó Gutiérrez.
Otro problema es que los indígenas no son buenos en gestión comunitaria y no saben administrar el dinero, dijo.
Señaló que la ANAM ha planteado a los indígenas que vendan la madera con valor agregado, en bloques, tablas, aserradas para que ganen más, pero que sean ellos los que la trabajen.
"Ellos no quieren trabajar lamentablemente, quieren trabajar arriba del tractor", sostuvo Gutiérrez.
Por otro lado, el Ing. Forestal Dimas Arcia manifestó que es posible acercar los permisos comunitarios a la realidad, siempre y cuando la autoridad defina una política concreta y clara sobre un programa de bosques comunitarios en la región.
Denunció que los permisos comunitarios como están concebidos, tienen sus contradicciones porque aunque las comunidades se pueden adaptar a los bosques, no están preparadas forestalmente para manejarlos.
Manifestó que está situación complica la supervisión y control de la ANAM, permitiendo irregularidades durante el proceso porque no se logra ni la sostenibilidad del bosque ni el desarrollo de las comunidades.
La proximidad del primer Centenario de la República está suscitando, a veces espontáneamente, a veces deliberadamente, algunas situaciones que han venido a levantar un poco el polvo en el erial de las irresponsabilidades nacionales que parece haber sido una de las características panameñas desde cuando iniciamos el camino de la entidad colectiva propia, desde comienzos del siglo XIX.
Acaba de tener publicidad la idea, vieja de un lustro, de parte de los literatos Juan David Morgan y Ernesto Endara, dos exponentes valiosos de la intelectualidad panameña, en el campo del cultivo literario, para dramatizar el personaje que hubo en Felipe Bunau-Varilla. Ellos han adoptado el artificio de ficción consistente en asumir uno, el papel de “fiscal” y el otro de “defensor”, en torno a quien nos atrevemos a calificar de siniestra figura, en la historia independentista panameña. Ellos proponen que el espectador sea el juez de la polémica teatral y que decida por su propio juicio, a fin de alcanzar El Veredicto, que es el probable título de la obra.
En verdad, la historia no ha sido nuestra dedicación profesional, más sí nuestra debilidad como ingrediente para hacernos luz en el pequeño enigma de lo que ha sido y es Panamá. Lo de “pequeño” es casi un plagio, pues uno de nuestros más connotados poetas se inspiró en esta “Patria tan pequeña”. Del brazo de tal debilidad hemos andado largas jornadas en nuestra vida. La sentimos como una debilidad fuerte. Y el tema de nuestra emancipación de Colombia, por la naturaleza que adoptó desde un comienzo, no podía, no pudo, no podrá evitar dudas y vacíos, a más de sus aristas positivas y epónimas. Hemos dado en pensar en que la historia emancipista tiene cuatro versiones de distintos signos nacionales: la norteamericana, con Roosevelt a la cabeza; la colombiana, con Marroquín y el istmeño Juan Bautista Pérez y Soto; la francesa con el tartufo Bunau; y la panameña, que es la versión menos estudiada desde el punto de vista histórico y poco escrita, debido a diversas circunstancias fatales, entre ellas el poco peso específico de nuestro país en el elenco universal.
Comprendemos que nuestros conocidos Morgan y Endara han hurgado mucho en la historia del 3 de Noviembre, lo que han demostrado el primero, en su novela Con Ardientes Fulgores de Gloria, que parece tener o tendrá una segunda edición; y el segundo, en su pieza dramática El Fusilado, en torno a la figura de Victoriano Lorenzo, cuyo fusilamiento fue uno de los últimos actos de violencia política desatados por Colombia en Panamá, el cual ha provocado en los últimos días una ola de repudio, como testimonio de la vigencia histórica del popular guerrillero coclesano. Seguramente que el bagaje literario de nuestros dos autores les permitirá hacer uso de sus recursos estilísticos ya probados, en la obra proyectada, la que, según el articulista que informa en el periódico sobre este particular, “está orientada hacia todo tipo de público, en especial, los estudiantes de primaria y secundaria”.
Desde nuestro particular punto de vista, nuestro pueblo no debería continuar alimentándose con las leyendas, con las adulteraciones y con los vacíos que abundan en la historiografía relativa al tema del 3 de Noviembre, precisamente porque se trata de nuestra independencia.
Por nuestra parte, hace años incursionamos en la Guerra de los Mil Días, con un trabajo de pretensión histórica, publicado en 1989. También nos hemos interesado por sucesos más recientes y hace unos diez años escribimos y publicamos el grueso libro denominado Noriega y Panamá: Orgía y Aplastamiento de la Narcodictadura.
Por mucho tiempo, más con lentitud, vinimos coleccionando todo lo que llegaba a nuestras manos, en torno a la gesta novembrina, y habida consideración de que se acercaba el primer Centenario republicano de tal efeméride, nos dedicamos a escribir una obra que, en lo posible, contribuyera en algo a esclarecer aspectos en las anfractuosidades del 3 de Noviembre. Los lectores dirán si nuestra contribución tiene o no algún mérito, y hacemos esfuerzos por publicarla lo más pronto posible, “sin prisa, pero sin pausa”.
Nosotros, con fundamentos en el análisis de lo que hemos podido conocer, le dedicamos a un capítulo especial a Monsier, titulado Las Dos Caras de Bunau-Varilla. Diógenes de la Rosa, en su extraordinario ensayo sobre el 3 de Noviembre (1930), calificó al dichoso francés de “personaje tragi-cómico”. Pensamos que el vocabulario no tiene palabras adecuadas para ponderar la infamia cometida por este autoprofeta y usurero mayúsculo, al firmar, por decisión personalísima, el Tratado que le presentó el Secretario de Estado Hay, en el fatídico crepúsculo del 18 de noviembre de 1903 (fatídico, para nosotros los panameños).
Mientras que Manuel Amador Guerrero luchó a brazo partido para que no se complaciera a Bunau, nombrándolo Embajador Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la naciente República, lo logró el 5 de noviembre en la tarde, porque la Junta de Gobierno Provisional únicamente lo designó ese día Agente Fiscal, con funciones limitadas a tal cargo. Pero el triunfo de Amador fue efímero. Bunau-Varilla se jacta en su principal obra (Panamá, La Creación, etc.) de haber tenido en su favor a unos pocos panameños, cuando nada menos que el día siguiente, el 6 de noviembre en la tarde, fue nombrado por la Junta en el cargo que él anhelaba. ¿Qué ocurrió en esas veinticuatro horas? Bunau-Varilla, desde semanas antes, sin que muchos lo supieran, ya era “el hombre de confianza de Roosevelt y de Hay”, para que apuñalara a Panamá por la espalda, firmando a velocidad supersónica el Tratado del Canal. En tal drama histórico, del que una historia veraz sólo puede dar algunos datos fidedignos, Bunau jugó el papel doble de asesino histórico de Panamá y, como decimos, “hombre de confianza de Roosevelt y de Hay”.
No tenemos duda, entonces, que la ley en mención deviene en un factor que le resta eficiencia al mercado por razón obvia, y tal como lo decía Carlos Marx cuando acotaba que “la producción, en última instancia, es consumo, y si no hay este último, hay recesión”.
La ANAM sostiene que los indígenas no han aprovechado el sentido de lo que se buscaba con los permisos comunitarios porque solo han pensado” en el dinero”.
El Ing. Raúl Gutiérrez, lamentó que los aborígenes no hayan aprovechado el objetivo de esas autorizaciones, que era que ellos se inmiscuyerán en el aprovechamiento forestal de sus bosques.
"Pero estos indígenas qué es lo quieren.. quieren recibir dinero de manera cómoda y contratan una empresa para que extraigan la madera", lamentó Gutiérrez.
Otro problema es que los indígenas no son buenos en gestión comunitaria y no saben administrar el dinero, dijo.
Señaló que la ANAM ha planteado a los indígenas que vendan la madera con valor agregado, en bloques, tablas, aserradas para que ganen más, pero que sean ellos los que la trabajen.
"Ellos no quieren trabajar lamentablemente, quieren trabajar arriba del tractor", sostuvo Gutiérrez.
Por otro lado, el Ing. Forestal Dimas Arcia manifestó que es posible acercar los permisos comunitarios a la realidad, siempre y cuando la autoridad defina una política concreta y clara sobre un programa de bosques comunitarios en la región.
Denunció que los permisos comunitarios como están concebidos, tienen sus contradicciones porque aunque las comunidades se pueden adaptar a los bosques, no están preparadas forestalmente para manejarlos.
Manifestó que está situación complica la supervisión y control de la ANAM, permitiendo irregularidades durante el proceso porque no se logra ni la sostenibilidad del bosque ni el desarrollo de las comunidades.