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Hitos y retos para San Felipe


Para la cultura panameña, el año 1997, concluyó con un hecho trascendental: el Casco histórico de San Felipe fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (Organismo de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura). La decisión se basaba en que el área conserva aún el trazado español original y que la riqueza arquitectónica merece ser preservada para las generaciones futuras.
Sin embargo, este hecho pasó casi inadvertido porque en Panamá la cultura no hace noticia. Escuetas alusiones aparecieron en los medios de comunicación sin que se le diera la prominencia debida. Aún así, el extraordinario pronunciamiento del máximo ente cultural mundial merece ser tenido en cuenta para devolverle a San Felipe el esplendor y valor a que tiene derecho.
Recordemos que allí renació la ciudad de Panamá en 1673, junto al sitio del Ancón, luego de la destrucción y saqueo de Morgan en 1671. Símbolo de la supervivencia de una urbe hispánica que se resistió a morir y señal incontroversible de la continuidad de nuestro pueblo en el tiempo.
Sus plazas y calles son también testigo mudo de acontecimientos que definieron de una vez por todas nuestra nacionalidad: la independencia que 1821, la Separación de 1903, la presencia de componentes humanos que marcaron el desarrollo étnico y espiritual de nuestra gente, el asiento del primer intento universitario en el Istmo (el Colegio jesuita), episodios gloriosos y otros menos afortunados de nuestro devenir republicano, en fin, San Felipe, con toda su carga histórica, es un reducto digno de mejor destino.
Ese conjunto monumental ya está resurgiendo del abandono y la desidia. La inauguración del Museo del Canal es el imponente inmueble que albergó la Compañía Francesa del Canal Interoceánico y luego los Correos, la restauración de inmuebles bajo la supervisión del Patrimonio Histórico del Instituto Nacional de Cultura, las calles de adoquines, los trabajos que han de emprenderse en la Catedral Metropolitana, todo nos habla de un despertar de la conciencia panameña y de la más altas autoridades del país para que el área histórica se convierta en testigo estético de nuestros acontecimientos medulares y del potencial turístico que esconde.
La Asamblea Nacional promulgó recientemente la Ley de Incentivos a la empresa privada y a los propietarios de edificios a fin de que la restauración se desarrolle al buen ritmo.
Pero todo ello sería en vano si los moradores de San Felipe no adquieren sensibilidad ante el área que habitan, coadyuvan a su mantenimiento y a salvaguardar aquellos parajes donde se forjó la vida nacional.
En San Felipe encontramos estilos de arquitectura de diferentes épocas: desde las vetustas iglesias coloniales, la marca francesa indeleble, el siglo XIX, los balcones de primorosas verjas, las plazas de Catedral, Bolívar y Herrera, la casa del Oidor que es el Palacio de las Garzas, el bucólico rincón de Las Bóvedas, casonas señoriales y las callejuelas que fueron arterias de la vida del Panamá que se fue.
Si no nos enraizamos en la historia estaremos condenados a ser un pueblo adventicio, flotante, sujeto a vaivenes e impactos foráneos que terminarán por desfigurarnos. Es que la historia confiere perfil propio, fundamento legítimo, nos habla del pasado pero explica el presente y nos permite presagiar el porvenir.
San Felipe es un bastión del anclaje que necesitamos como pueblo joven y pequeño pero dueño de su destino y orgulloso de su vocación libertaria.
Estos párrafos pretenden ser un reconocimiento a la UNESCO por la inesperada declaratoria del conjunto de San Felipe como Patrimonio Histórico mundial. También constituyen un llamado a los altos personeros del Gobierno para que el casco viejo resurja lozano y pueda ser equiparado al Viejo San Juan de Puerto Rico, a la Cartagena colonial, al centro histórico de Quito, para solo citar algunos puntos a nivel latinoamericano.
El barrio de San Felipe, con este hito, asume también un reto. Mostrar a los panameños nuestra cara cultura, a sentirnos más orgullosos, pero con orgullo prístino, de la nacionalidad que ostentamos, a aprender a valorar nuestro pretérito que es, en definitiva, valorarnos a nosotros mismos, a ahondar nuestro sentido de pertenencia a una cultura, a un pueblo, a un cuadro histórico que define nuestra trayectoria varias veces secular.
San Felipe ha logrado lo que no ha ocurrido para las ruinas de Panamá Viejo: ser incluido en el catálogo de monumentos de valor universal. Su resurrección está a la vista.

101 años de Panamá América

 
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