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Hoja de parra contra el SIDA


Naciones Unidas acaba de mostrar el feo y acrecentado rostro de esa pandemia llamada SIDA, una amenaza que a estas alturas carece de secretos para cualquier ser humano sobre el planeta. Esfuerzos indiscutibles se han realizado en los últimos años para enfrentarla, desde campañas publicitarias y educativas, hasta inversiones millonarias en investigaciones y otras estrategias. La más decisiva de estas últimas, sin embargo no ha sido tocada, y el SIDA sigue en incremento, al término que en pocos años jaquea la propia existencia de la humanidad.
La más decisiva de las estrategias, sin embargo, sigue intacta, y la posibilidad de encarar el mal con seriedad se ha dejado a la voluntad y a la conciencia de la población. Su incruento refleja que esa estrategia ha fracasado, que de seguir por allí no habrá salida en poco tiempo, y sólo queda apelar a eso que hemos llamado "una estrategia que no hemos tocado".
Dada la seriedad del fenómeno, nada de irracional tendría, el que se haga obligatorio el examen de SIDA para tener exactitud de la magnitud del mal a que nos enfrentamos, y tomar medidas efectivas para detener el contagio. Que sería una empresa descomunal, seguro. Pero ínfima si consideramos los estragos en perspectiva. Nada de acertado tiene seguir contando las grandes cantidades y la forma en que se acerca hasta nosotros el flagelo. Hay que salir a buscarlo, provincia por provincia, distrito por distrito, comunidad por comunidad, como una planificada operación militar que refuerce las empresas ensayadas hasta ahora.
El anuncio de la ONU demuestra que dejar la defensa de la vida a la voluntad y conciencia individual no sólo es un error, sino un acto de soberana complicidad contra un mal que atenta contra cada uno de los asociados, con un crimen silencioso que algunos trasladan a otros por ignorancia, resentimiento, venganza o cualquier otro pretexto. Y eso no puede continuar así. Está en juego el futuro de la humanidad.

101 años de Panamá América

 
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