Honduras, militares y democracia
Si se trata de la defensa de la democracia, la situación de Honduras coloca a la comunidad regional en una encrucijada, a menos que ésta se haga extensiva a los preceptos de la llamada “Seguridad Nacional”. Hasta finales del siglo XX, parecía haber, si no unanimidad, por lo menos consenso ante la reflexión de que nada debía estar por encima de la democracia. Las graves heridas surgidas de casi veinte años de dictaduras parecían aleccionadoras, hasta que se produjeron los acontecimientos de Honduras. Podría decirse que en ese país fracasó el intento por depositar en manos civiles la seguridad y pureza del sistema, toda vez que la actual inestabilidad en aquella nación centroamericana surge de lo que un sector social ha llamado las violaciones del depuesto presidente Mel Zelaya a la Constitución hondureña. ¿Qué va a pasar cuando ocurra lo mismo en otras naciones? ¿Volverán los militares como árbitros sociales? Varios meses después del derrocamiento de Zelaya no sólo la sociedad hondureña se presenta dividida ante las salidas exploradas. También Estados Unidos que en principio se opuso al golpe parece haber bajado la intensidad de su reclamo, y la Organización de Estados Americanos (OEA) también parece imitar ese ejemplo. ¿Qué lectura se puede hacer de estos acontecimientos? ¿Acaso los sectores militares de todo el continente han advertido peligros que imponen conductas de fuerza? Vale la pregunta, porque bajo el concepto de Seguridad Nacional no sólo figura la seguridad de las fronteras, sino también el peligro que amenace al sistema mismo, como resultado del deterioro de sus instituciones.