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Honorable osadía


El más reciente escándalo en el hemiciclo legislativo nacional promovido por la ostentación de falsos títulos y grados que una camarilla de diputados en su afán de obtener reconocimiento público y captar adeptos en su desaforada carrera hacia el poder, ponen en evidencia una inescrupulosa y maquiavélica actitud que, incluso, va más allá de:
Prometer y no cumplir cuantas promesas banales se les ocurra en campaña electoral; tomar decisiones ceñidas más que a principios, a la línea de un colectivo que, independientemente de no ser quien lo elige, goza y hace pleno ejercicio de su poder soberano de removerlos y consumar actos que en cualquier esfera legal tienen la connotación de delitos; sin embargo, en el “Sistema de Solidaridad Jurídica” coexistente entre nuestros Órganos de Estado, se transfiguran sutilmente en faltas a la ética o a la moral, dos términos de los cuales muy poco se conoce en la cultura política de nuestros gobernantes.

¿Con qué moral se pueden propugnar leyes y proferir nutridos discursos en pos de la promoción de ideas democráticas y la importancia del ejercicio político para la misma? ¿O es acaso que la democracia sólo se circunscribe a una forma determinada de gobierno? Señores Diputados: La democracia también se materializa en la obediencia de las reglas que norman la conducta para la convivencia social y política; vivir en democracia es llevar un estilo de vida basado en el respeto a la dignidad humana, la libertad y los derechos de todos y cada uno de los miembros de la sociedad, sin hacer alardes, gozar de prebendas, ni cometer abusos en nombre de un poder que es del pueblo y para el pueblo.

Definitivamente, ni el canje de nombre, ni de imagen, ni mucho menos los cambios de escenario en que los mal llamados “Padres de la Patria” se congreguen, serán suficiente para extinguir de forma cabal y absoluta la estirpe de engaños y mentiras enquistada en una clase política significativa que abierta y procazmente se atribuye el epíteto de honorable. Un concepto que parece no encontrar aforo en un Órgano Legislativo obnubilado por el poder; falto de conciencia y credibilidad. Ser Honorable no es sinónimo de demagogo, es conducirse al límite y no traspasar la delgada línea que separa la perseverancia de la necedad; es conocer el punto exacto entre el cumplimiento del deber y el momento para la renuncia decorosa; es poseer la medida perfecta para ejercer el poder y la justa mesura para renunciar a él.

Hoy, cuando escasamente unos meses nos separan en teoría de una contienda política, que ya parece haber iniciado oficialmente, éstos hechos no deben pasar por desapercibidos ante la mirada y el sano juicio de los ciudadanos honestos y respetables que aspiramos erigir un país donde la transparencia sea el faro que ilumine el oscuro túnel en el que una elite ávida de poder y protagonismo nos han secuestrado en contubernio con la ignorancia en la que viven sumidos un cúmulo de ciudadanos en pleno disfrute de una cultura del juego vivo siempre dispuesta ha prostituirse al mejor postor y, de esta forma, continuar ovacionando el acostumbrado acto circense en el que los genios terminan por rendir culto a la mediocridad.

¡Despierta Panamá!

101 años de Panamá América

 
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