Hugo Chávez, jugando con fuego
POCAS DUDAS tenemos de que fue secuestrado y enviado de vuelta a Colombia, en una compleja operación de coordinación que involucró a oficiales policiales y autoridades de ese país y de Venezuela, donde residía desde hacía años el llamado "canciller" de las FARC, Rodrigo Granda.
El hecho fue ejecutado por el ejército y la inteligencia colombiana en colaboración con mandos medios de Venezuela, incentivados por una millonaria recompensa pública ofrecida por el gobierno colombiano.
Inicialmente, el presidente colombiano Alvaro Uribe apostó a que el incidente no provocaría crisis alguna, habida consideración de que Granda pertenece a una organización de delincuentes, con ropaje de fuerza guerrillera. No obstante, se equivocó. Su similar venezolano, Hugo Chávez, una vez hubo investigado los detalles, estalló en ira. La operación había ocurrido frente a sus narices y las de sus flamantes servicios de seguridad, sin que se percatara absolutamente de nada, hasta que Granda apareció esposado en Colombia, luego de atravesar tranquilamente la frontera. Dicho de otro modo, sus fuerzas hicieron el gran ridículo.
Chávez alega que hubo "soborno", moralmente inaceptable; a lo que Uribe responde que fue una "recompensa" por una captura, perfectamente válida y legítima para combatir la delincuencia. Discusión que sería semántica, a no ser por el incremento del pie de fuerza militar dispuesto por Chávez en la frontera entre los dos países, y los millones de barriles de petróleo en juego en un mercado volátil y en alza.
Eso, a todas luces, es jugar con fuego. La designada Secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, durante una de las audiencias que cursó ante el Senado, para su ratificación, describió a Chávez como "una fuerza negativa en la región, a la que hay que aplicar la Carta Democrática", sanción que cabría contra los gobiernos libremente electos del continente que, sin embargo, no se conducen democráticamente.
Chávez, que tantas veces ha hecho gala de gran habilidad política, en el difícil arte de danzar al borde del precipicio, podría estarse excediendo otra vez, al extremo de jugar con fuego y arriesgar quemarse.
El hecho fue ejecutado por el ejército y la inteligencia colombiana en colaboración con mandos medios de Venezuela, incentivados por una millonaria recompensa pública ofrecida por el gobierno colombiano.
Inicialmente, el presidente colombiano Alvaro Uribe apostó a que el incidente no provocaría crisis alguna, habida consideración de que Granda pertenece a una organización de delincuentes, con ropaje de fuerza guerrillera. No obstante, se equivocó. Su similar venezolano, Hugo Chávez, una vez hubo investigado los detalles, estalló en ira. La operación había ocurrido frente a sus narices y las de sus flamantes servicios de seguridad, sin que se percatara absolutamente de nada, hasta que Granda apareció esposado en Colombia, luego de atravesar tranquilamente la frontera. Dicho de otro modo, sus fuerzas hicieron el gran ridículo.
Chávez alega que hubo "soborno", moralmente inaceptable; a lo que Uribe responde que fue una "recompensa" por una captura, perfectamente válida y legítima para combatir la delincuencia. Discusión que sería semántica, a no ser por el incremento del pie de fuerza militar dispuesto por Chávez en la frontera entre los dos países, y los millones de barriles de petróleo en juego en un mercado volátil y en alza.
Eso, a todas luces, es jugar con fuego. La designada Secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, durante una de las audiencias que cursó ante el Senado, para su ratificación, describió a Chávez como "una fuerza negativa en la región, a la que hay que aplicar la Carta Democrática", sanción que cabría contra los gobiernos libremente electos del continente que, sin embargo, no se conducen democráticamente.
Chávez, que tantas veces ha hecho gala de gran habilidad política, en el difícil arte de danzar al borde del precipicio, podría estarse excediendo otra vez, al extremo de jugar con fuego y arriesgar quemarse.