Hugo Chávez: La hora de la verdad
Al asumir ayer el poder de manos del hoy expresidente de Venezuela Rafael Caldera, el exteniente coronel golpista Hugo Chávez ve llegar por fin la hora de la verdad para su país y su propuesta política, con la que electrizó a los 500 millones de hispanoamericanos y a los 21 millones de habitantes de su nación.
Su país está aquejado por males diluvianos. La inflación real supera el 10% anual consumiendo ahorros y salarios, el desempleo galopa por un aterrador 15%, el analfabetismo supera el 12% y la deuda externa los 35 mil millones de dólares. La calidad de vida ha decaído notablemente, caracterizándose por una delincuencia creciente y vastas villas miseras.
Quizás nada ilustre la situación como la enorme pancarta de tela desplegada en año nuevo a lo ancho de una de las precarias barriadas de las colinas la cual rezaba: "Bienvenida la clase media".
Por otra parte, la corrupción ha echado profundas raíces, permeando todos los estratos sociales y poderes del Estado. Por eso triunfó Chávez con márgenes tan amplios, batiendo a los partidos tradicionales. Venezuela optó más que por un cambio, por una revolución; actitud propia de quien nada arriesga porque la situación no puede estar peor.
Ahora Chávez reitera, con la disciplina de quien ejecuta una estrategia militar, que llamará a una Constituyente con plenos poderes, incluso para sacarlo, - al propio Presidente -, del poder, así como para disolver el Congreso y el Poder Judicial. Y como para que no quede duda, repitió que lo suyo es una revolución en la que promete erradicar la corrupción.
En su ofensiva relámpago contra el status quo, prevé llamar a elección de constituyentes para marzo próximo y al referéndum de la aprobación de la nueva Carta Magna para mediados de año. Insinuó que cuenta con el respaldo del Ejército, al que conoce en todos sus detalles. Desea implantar un primer ministro, la celebración de referéndum para solucionar tranques en el Congreso y una serie de novedades para instituir una mayor participación de la sociedad civil.
En su esfuerzo, cuenta con una extraña alianza con sectores de izquierda y de la extrema derecha, incluyendo en la última a las más radicales corrientes fondomonetaristas, a quienes ha asegurado que ejercerá un draconiano control presupuestario y del gasto público, que incluye una drástica reducción de la planilla. Ha nombrado asimismo en altos cargos a exmilitares y tecnócratas de incuestionable trayectoria.
De todo lo anterior sólo nos queda decir que, en Venezuela, nunca nadie se atrevió a tanto en tan poco. Mas una cosa suele ser los buenos propósitos y otra los hechos.
Su país está aquejado por males diluvianos. La inflación real supera el 10% anual consumiendo ahorros y salarios, el desempleo galopa por un aterrador 15%, el analfabetismo supera el 12% y la deuda externa los 35 mil millones de dólares. La calidad de vida ha decaído notablemente, caracterizándose por una delincuencia creciente y vastas villas miseras.
Quizás nada ilustre la situación como la enorme pancarta de tela desplegada en año nuevo a lo ancho de una de las precarias barriadas de las colinas la cual rezaba: "Bienvenida la clase media".
Por otra parte, la corrupción ha echado profundas raíces, permeando todos los estratos sociales y poderes del Estado. Por eso triunfó Chávez con márgenes tan amplios, batiendo a los partidos tradicionales. Venezuela optó más que por un cambio, por una revolución; actitud propia de quien nada arriesga porque la situación no puede estar peor.
Ahora Chávez reitera, con la disciplina de quien ejecuta una estrategia militar, que llamará a una Constituyente con plenos poderes, incluso para sacarlo, - al propio Presidente -, del poder, así como para disolver el Congreso y el Poder Judicial. Y como para que no quede duda, repitió que lo suyo es una revolución en la que promete erradicar la corrupción.
En su ofensiva relámpago contra el status quo, prevé llamar a elección de constituyentes para marzo próximo y al referéndum de la aprobación de la nueva Carta Magna para mediados de año. Insinuó que cuenta con el respaldo del Ejército, al que conoce en todos sus detalles. Desea implantar un primer ministro, la celebración de referéndum para solucionar tranques en el Congreso y una serie de novedades para instituir una mayor participación de la sociedad civil.
En su esfuerzo, cuenta con una extraña alianza con sectores de izquierda y de la extrema derecha, incluyendo en la última a las más radicales corrientes fondomonetaristas, a quienes ha asegurado que ejercerá un draconiano control presupuestario y del gasto público, que incluye una drástica reducción de la planilla. Ha nombrado asimismo en altos cargos a exmilitares y tecnócratas de incuestionable trayectoria.
De todo lo anterior sólo nos queda decir que, en Venezuela, nunca nadie se atrevió a tanto en tan poco. Mas una cosa suele ser los buenos propósitos y otra los hechos.