Hugo Chávez y Mireya Moscoso
Las coincidencias son demasiadas como para ser ignoradas. Ambos son populistas hasta la médula y llegan al poder contra el deseo de las clases dominantes y el "stablishment" económico.
Los dos asumen el cargo con sus respectivos países sumidos en una preocupante recesión y desastrosos indicadores sociales, que se traducen en desnutrición infantil, delincuencia, pobreza y el desempleo.
Los índices de salud están, en Panamá y Venezuela, en franco deterioro, los hospitales públicos desabastecidos. La corrupción en uno y otro lado ha tocado fondo; y, por ende, la coima aquí y la mordida allá, son el facilitador y estancador usual de los trámites burocráticos.
Aunque plenos de muy variados recursos potenciales, ambos países son de hecho altamente dependientes de uno solo: en el caso de Panamá, del Canal; y en el de Venezuela, del petróleo. Las dos naciones comparten asimismo un endeudamiento insoportable y son en esencia, importadoras netas y sumisos vasallos de sus acreedores.
Ambos, Moscoso y Chávez, tienen un estilo autocrático, de corte unipersonal, que exige más lealtad que talento; y el servicio a las masas de desposeídos más que el apego a determinada ortodoxia económica. Los dos son asimismo incondicionales aliados de Estados Unidos, en el que cifran en buena medida sus posibilidades de sobrevivencia.
Uno y otro comparten también su repulsa por su respectivo Congreso y Asamblea Legislativa, en el que son minoritarios, considerándolos acaso un organismo ocioso, más que foro democrático, carga fiscal y un obstáculo para el pleno desarrollo de sus proyectos reivindicadores de las masas.
Al asumir el poder, Chávez casi declaró una inmediata guerra a muerte al Congreso, amenazando reiteradamente con su disolución. Moscoso por su lado, no ha llegado a tal extremo, como sí lo han hecho algunos de sus allegados.
Ambos han planteado la alternativa de la constituyente con plenos poderes como fórmula para salir al paso de un Legislativo hostil. En ese terreno, Chávez lleva la delantera por haber asumido previamente el cargo, llegando al extremo del desafío a la Ley y la Constitución de su país, respaldado en una popularidad que ya alcanza el 80%.
Recientemente, el presidente venezolano ascendió a 267 oficiales, 34 de ellos contra el veto legal del Legislativo. Pero él ha dicho desafiante que: "al soberano Congreso le quedan pocos días", invitando a los constituyentes que surjan de la elección del próximo 25 de julio a que "en nombre del pueblo y la dignidad, disuelvan el Congreso". El último a su vez amenaza con juzgarlo. ¿Llegaremos acá a ese extremo? Ojalá no.
Los dos asumen el cargo con sus respectivos países sumidos en una preocupante recesión y desastrosos indicadores sociales, que se traducen en desnutrición infantil, delincuencia, pobreza y el desempleo.
Los índices de salud están, en Panamá y Venezuela, en franco deterioro, los hospitales públicos desabastecidos. La corrupción en uno y otro lado ha tocado fondo; y, por ende, la coima aquí y la mordida allá, son el facilitador y estancador usual de los trámites burocráticos.
Aunque plenos de muy variados recursos potenciales, ambos países son de hecho altamente dependientes de uno solo: en el caso de Panamá, del Canal; y en el de Venezuela, del petróleo. Las dos naciones comparten asimismo un endeudamiento insoportable y son en esencia, importadoras netas y sumisos vasallos de sus acreedores.
Ambos, Moscoso y Chávez, tienen un estilo autocrático, de corte unipersonal, que exige más lealtad que talento; y el servicio a las masas de desposeídos más que el apego a determinada ortodoxia económica. Los dos son asimismo incondicionales aliados de Estados Unidos, en el que cifran en buena medida sus posibilidades de sobrevivencia.
Uno y otro comparten también su repulsa por su respectivo Congreso y Asamblea Legislativa, en el que son minoritarios, considerándolos acaso un organismo ocioso, más que foro democrático, carga fiscal y un obstáculo para el pleno desarrollo de sus proyectos reivindicadores de las masas.
Al asumir el poder, Chávez casi declaró una inmediata guerra a muerte al Congreso, amenazando reiteradamente con su disolución. Moscoso por su lado, no ha llegado a tal extremo, como sí lo han hecho algunos de sus allegados.
Ambos han planteado la alternativa de la constituyente con plenos poderes como fórmula para salir al paso de un Legislativo hostil. En ese terreno, Chávez lleva la delantera por haber asumido previamente el cargo, llegando al extremo del desafío a la Ley y la Constitución de su país, respaldado en una popularidad que ya alcanza el 80%.
Recientemente, el presidente venezolano ascendió a 267 oficiales, 34 de ellos contra el veto legal del Legislativo. Pero él ha dicho desafiante que: "al soberano Congreso le quedan pocos días", invitando a los constituyentes que surjan de la elección del próximo 25 de julio a que "en nombre del pueblo y la dignidad, disuelvan el Congreso". El último a su vez amenaza con juzgarlo. ¿Llegaremos acá a ese extremo? Ojalá no.