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Huyendo del caos


Como persona de paz, me sentí profundamente afectado por una alucinante persecución de la cual sobreviví el 21 de diciembre pasado. Me veía caminando por la Avenida Central, por Santana, cuando percibí con sorpresa que se estaba vaciando la calle. Vi a los pocos transeúntes que quedaban huir despavoridos por vías contiguas.

Súbitamente observé a los lejos una turba compacta, tan apretujada que parecía un mazo de barajas unidas por el vértice. Las personas huían de ese torbellino, que arrasaba todo a su paso.

Intenté huir, pero no atinaba correr para ninguna parte. Repentinamente vi aparecer unos busitos pequeños que me eludían cuando intentaba tomarlos. Lo mismo ocurrió con algunos taxis que aparecieron. No tuve más remedio que correr, pero el implacable perseguidor ya estaba muy cerca.

En mi huida tropecé con un anciano montado en una carreta de madera en mal estado y sin pensarlo me trepé. El anciano apuró el paso del único caballo que tiraba. Empezamos a alejarnos, pero la turbulencia perseguidora aparecía por todas partes.

Súbitamente franqueamos Calidonia y ahí estaba el caos. Descontroladamente avanzábamos por Río Abajo o retrocedíamos por Bethania, al encontrarnos siempre con lo aciago por todas partes. Cuando oscurecía entramos por una amplia calle de tierra detrás del cementerio de El Chorrillo. Se percibía como algo destructivo detrás sobre nosotros y arreciamos el paso. Súbitamente decidí montarme sobre el caballo apurando la carreta, percibiendo sobre nosotros lo siniestro. Cuando ya amanecía, por mi esfuerzo, nos alejamos tanto que empecé a serenarme y a sentir al caballo sobre paso seguro, mire atrás y sorprendentemente vi que era un niño pequeño quien ahora guiaba la carreta, volteé atrás y vi cómo se deshojaba la turba con los nombres de los 12 meses del año 2008; volví a mirar al niño y noté una cinta que le atravesaba el pecho que decía año 2009, entonces comprendí que soñaba y estaba huyendo de la pesadilla que significó el 2008 para millones de personas en todo el mundo. Gracias Señor por rescatarnos.

101 años de Panamá América

 
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