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Iglesia, Estado y política


Con todo el respeto que me merece la santa iglesia y de acuerdo con lo que anuncian los medios que los políticos piden la intervención o mediación del jefe de la Iglesia Católica en Panamá como conciliador y facilitador de entendimientos entre las distintas fuerzas nacionales, y muy especialmente las políticas, opino que el pantano sucio nacional es de tal naturaleza que esta incursión de las fuerzas religiosas en estos momentos y circunstancias puede dañar la imagen de credibilidad y confianza ciudadana tan esencialmente necesaria para los católicos.
La mayoría de los gremios importantes en Panamá han hecho pronunciamientos exponiendo la problemática nacional en sus niveles socioeconómicos, culturales, etc. y proponiendo soluciones, reuniones y foros tras foros se han venido suscitando con el objeto de enrumbar al país por el camino de las rectificaciones para salir del hueco.
Las denuncias de corrupción han alcanzado niveles de la más alta significación. La cúspide de estas denuncias la acaba de concretar un asesor presidencial de larga trayectoria cívica en el país, fundador del capítulo en Panamá de la organización mundial, Transparencia Internacional. No hay realizaciones concretas en condenas legales o morales contra ninguna persona.
La corrupción llega a la empresa privada y nada la detiene. El temor que tengo es que la Iglesia Católica se vea envuelta en un torbellino de irregularidades y de cosas sucias, de tal manera que no pueda evadirse de su eminente obligación moral, sin mencionar hechos, personas, funcionarios y circunstancias con nombres propios y que le alcance una polémica de calumnias, injurias y diatribas que vulnere su credibilidad.
Dada la suspicacia malsana que corroe al país, muy poco podría hacer la Iglesia para solicitarle favores importantes al gobierno, como sería el otorgamiento de terrenos para el establecimiento de sus instituciones sin caer en esa maledicencia, producto del ambiente en que vivimos actualmente.
La Iglesia es un factor importante al cual pueden apelar los pueblos en momentos de crisis. El respeto que le merecen las religiones a todas las personas y su sagrada imagen de transparencia y corrección serían garantías en un momento dado para que sirva de factor de conciliación. Es posible que Panamá se encuentre en esta situación de desesperación y angustia, y que la Iglesia esté dispuesta a prestar ese papel. Pero el problema es grave y peligroso atacarlo. Extremadamente sensitivo y peligroso, y esa preocupación es la que dejamos anotada. Meditemos hasta dónde es valedero ese sabio aforismo profundo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".

101 años de Panamá América

 
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