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Iglesia y pederastas


La reunión que la semana pasada sostuvo Benedicto XVI con el clero de Irlanda para abordar el tema de los pederastas y las lesiones ocasionadas a la congregación en ese país, ha sido un acto significativo para el mundo católico. El Papa ha encarado con energía y de manera personal un delito que no solo viola las leyes del hombre, sino que, lo más importante, violenta la espiritualidad de la iglesia y pone en jaque su papel como conductora de los enormes rebaños cristianos de la humanidad. Benedicto XVI se ha mostrado implacable con esas transgresiones, como en su momento lo hiciera Juan Pablo II con los sucesos similares de Boston. No puede haber cabida para estos malos ejemplos en la casa de Dios, y los que en su momento también han trastocado a la iglesia panameña. La defensa de nuestra Iglesia es un papel de todos, máxime si al frente de ella se coloca el propio Papa, en una conminación para que el mundo cristiano sepa qué papel asumir ante estas venalidades. No es posible que dentro de la casa de Dios haya quienes traicionen sus principios y transcurran sin ningún apremio. Los hijos de Dios han puesto su confianza en una iglesia y en sus representantes; a ambos los miran como el ejemplo a seguir en la lucha del bien contra el mal, y nada debe traicionar esos principios.

101 años de Panamá América

 
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