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Imperio del absurdo


Debemos solicitar que el lector nos excuse por la acumulación de situaciones negativas que se anuncian en el título. La sociedad panameña ha alcanzado la condición en que ya es notorio al par que extraordinariamente grave el hecho de que, como pueblo, no hemos podido generar fuerzas sociales internas de rectificación de nuestros males nacidos en el primer siglo de vida republicana e independiente. A tal carencia se debe que no surjan, en la opinión pública, propuestas que nos conduzcan al sendero de la solución esperada de los problemas que se han estratificado desde la epidermis hasta las entrañas de la nación.
Pensando sinceramente, podemos afirmar que no hay ninguna esfera de la existencia nacional que marche siquiera muy medianamente.
El Estado funciona en el caos, en el desastre. ¿Qué decir de la educación pública, de la administración de justicia, de la salud en las clínicas y hospitales del gobierno; del transporte público dejado a su anarquía; de la crisis qua hace tiempo comenzó a destruir los recursos financieros y que no podemos sortear con la paradójica y limitadísima "ayuda oficial" (exportaciones subsidiadas, la industria y el agro subsidiados a cuenta-gotas desdorosas, etc.); de la delincuencia desafiante e impune; de las inveteradas reacciones de grupos estudiantiles secundarios y universitarios, tira piedras y rompe vidrios, iniciando ya el robo y el atraco armados; de la indiferencia inexplicable de los intelectuales panameños, quienes no han sabido ocupar la posición de guías ante un país que vive a la deriva, siquiera con propuestas lúcidas, sean o no oídas por los gobernantes o la opinión mayoritaria; etc.
Las relaciones con Norteamérica se han mantenido, en los últimos tres lustros, en una actitud mendicante y de entrega, pidiendo la acción cívica de soldados norteamericanos y firmando con Estados Unidos pactos sociales, a pretexto del narcotráfico y del terrorismo mundiales. El Canal que reivindicamos en 1999 nada nuevo ha significado para el país, excepto una propaganda costosa interesada en ocultar su imitación del Canal norteamericano, para lo cual se utiliza la falacia del aumento de las ganancias y de la cuota gubernamental, debidos a un leve incremento del nivel de peajes, migaja "genial".
La última maniobra de la Administración del Canal consistente en hacerle propaganda al tercer juego de esclusas, pero sin demostrar que está en proyecto siquiera la construcción de barcos post- Panamax, que serán los principales clientes de las nuevas compuertas, proyecto que amenaza con hundir el funcionamiento del Canal con una gran deuda impagable, lo que haría también de gran peligro para el porvenir del Canal panameño, todo porque la influencia oligárquica empresarial considera esas terceras esclusas como la última oportunidad de inversiones transitorias que comprometerían bárbaramente la normalidad financiera del Canal.
Cuando por enésima vez los estudiantes secundarios del Instituto Nacional y del Colegio Artes Oficios (acompañados a veces por universitarios y alguno que otro plantel) levantan su reacción delincuente, a causa de serios problemas que ellos no identifican pero sí sufren, se amenaza y se prepara su juzgamiento como delincuentes natos y mayores, con largas penas de prisión y tratos crueles, en vez de ser esos colegios algo distinto a lo que son: escuelas que gradúan en bachilleratos, en maestrías y doctorados en delitos pavorosos. Ello es, sencillamente, absurdo; porque esos adolescentes y jóvenes son productos de hogares destrozados; de la avalancha tremebunda del narcotráfico; de maestros y profesores que, en su mayoría, no pueden cumplir su función docente; del ejemplo que reciben de una sociedad como la retratada en líneas anteriores.
¿Cuándo surgirá una generación de panameños o grupo orgánico que comprenda la gravedad del desastre social, político, económico y de otras gravísimas índoles, para aglutinarse en el afán de reordenar sabiamente la existencia nacional desastrosa y fracasada que levamos? Tarea ciclópea y de larga plaza, pero de comienzo organizado urgente tan pronto se pueda, porque de otro modo continuaremos dando absurdos golpes de ciegos, sin que nadie, personas o grupos activos, planifiquen el esfuerzo rectificador en que debemos empeñarnos, si decidimos, para nuestro propio bien de pueblo, y para bien de nuestra patria, acometer la seria, dura y gloriosa tarea de ponerle coto al imperio del absurdo en que continuamos hundiéndonos.
Salí impresionada y, juntando esos criterios con el comportamiento de la juventud en las últimas elecciones, concluí que la brecha generacional es inmensa e imposible de cerrar.
Los jóvenes votaron por la emoción y no con la razón; no quisieron conocer la historia, sino el futuro; y considero que la historia es importante. Me lleva a meditar sobre el porvenir del mundo, sobre todo el de las generaciones que vienen y de cómo enfrentarán la economía, la educación, la salud y la vivienda. Estos factores básicos tienen menos importancia que la tecnología moderna. Lo que para nosotros fue primordial, para ellos es secundario; sólo hablan de Internet, globalización y el descalabro moral que, dicho sea de paso, para ellos es natural, lejos de los valores.
No es que la juventud deba vivir lo que yo viví; es sólo que quisiera verla un poco más equilibrada para su bien y el del mundo. Para ella, los viejos somos estorbo; sus padres no la comprenden y vive su mundo sin control. El sexo, necesario y hermoso, lo hace sólo como gozo y no por amor o con sentimiento.
¿Qué hacen los padres para enseñar, formar y educar? Encima, las leyes locas protegen a los muchachos y no a los padres. ¡Horror el futuro del mundo!

101 años de Panamá América

 
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