Impresiones de un carnaval
Hoy es Miércoles de Ceniza, fiesta importante para la Iglesia católica. Sin embargo, nos encuentra con goma por la parranda de los días anteriores, con pocos deseos de trabajar y buscando cualquier excusa para evitar conversar con nadie porque el tono de voz un poco alto de las personas, altera nuestra cabeza; cualquier olor fuerte provoca una revoltura en el estómago; nuestra boca está seca hasta no ser suficiente el agua de un tanque para humedecerla y, detrás, en nuestra nuca escuchamos una vocecita que nos dice: te sientes mal desgraciado. Esta es una típica definición de la goma.
Si bien es cierto que cuando yo celebraba los carnavales, era una liberación de los problemas del diario bregar; si bien es cierto que tomábamos nuestros traguitos y, a veces nos pasábamos, nunca dimos espectáculos bochornoso como los que presenciamos en estos tiempos. Ya no es una liberación, ahora es una degradación de una fiesta que pudiera ser bonita, alegre y llena de bullicio y parranda sana. Se ha deformado el concepto de parranda y ahora es una orgía permanente. La juventud cree que el licor se les va y que no alcanzará para los cuatro días de carnaval. Están errados, porque los que expenden licor están suficientemente preparados para acabar con la humanidad entera. Lo malo es que, muchas veces, estos jóvenes mezclan el licor con las drogas, abusan del sexo porque sienten el mayor placer momentáneo en hacerlo y la equivocación la pagan caro porque las consecuencias son un embarazo no deseado, una enfermedad de trasmisión sexual que cuesta curarse o que no tiene remedio como el SIDA. Y así terminan esos cuatro días, luego de los cuales algunos se arrepienten de lo que hicieron, otros prometen no repetirlo y otros sueñan con el año entrante para hacerlo nuevamente antes que se les vaya la juventud.
Hoy los carnavales tableños están llenos de gente con malas costumbres, con conductas indeseables, con deformaciones de lo que es el buen comportamiento. Es una lástima que no podamos volver a aquellos tiempos en que, si nos pasábamos de tragos, tomábamos el camino de la casa. No podemos entrar a una tuna, no podemos caminar sin el peligro de que alguien nos falte el respeto; tenemos que cercar las casas para evitar que la gente de afuera se introduzca en ellas, haga sus necesidades en los portales y tengan su romance completo delante de sus dueños sin el menor recato.
No sé si los padres de esas niñas y muchachos saben dónde están; ignoro si los padres no saben lo que hacen sus hijos fuera de su control. En realidad, ¿cuál control? Hoy los padres no dominan a sus hijos; éstos son absolutos e irrespetan a sus padres si en algo quieren aconsejarlos. Por el contrario, cuántos padres tienen comunicación con sus hijos, conversan con ellos y les inculcan buenas costumbres. No hablo de ninguna capa social, sólo tienen que ir al carnaval tableño para que asistan a los espectáculos más bochornosos. Lo que provoca es darles una rejera, ya que algunos no se han quitado los pañales siquiera.
Se hace un círculo vicioso, los dueños de cantinas, de bailes, propician el desquiciamiento de la juventud. Esta juventud exige esos lugares para prostituirse y hacer lo que normalmente no realizan. Sinceramente, ya no provoca ir al carnaval tableño. Para mí era la mejor fiesta del año. No son los años que pasan, ya que he escuchado a jóvenes serios criticar el comportamiento de los que se desquician. Una cosa es contar y otra cosa es presenciarlo. Rebasa todo nivel de control, de educación, de moral. El comportamiento deja tanto que desear que resulta doloroso y nos hace sentir impotentes por no poder evitarlo. Quisiera regresar a otros tiempos, pero es imposible. Tendremos que conformarnos con no ir o asistir cuando una situación especial nos hace ir; pero el reggae, el volumen de la música y las vulgaridades nos hace quedarnos en otros lugares alejados de mi tierra que tanto quiero. Ojalá los padres pudieran poner orden en sus hijos y los jóvenes controlen sus emociones y se recojan en sus excesos y en sus malas costumbres para retomar los valores cívicos y morales de antaño que tanta falta nos hacen.
Si bien es cierto que cuando yo celebraba los carnavales, era una liberación de los problemas del diario bregar; si bien es cierto que tomábamos nuestros traguitos y, a veces nos pasábamos, nunca dimos espectáculos bochornoso como los que presenciamos en estos tiempos. Ya no es una liberación, ahora es una degradación de una fiesta que pudiera ser bonita, alegre y llena de bullicio y parranda sana. Se ha deformado el concepto de parranda y ahora es una orgía permanente. La juventud cree que el licor se les va y que no alcanzará para los cuatro días de carnaval. Están errados, porque los que expenden licor están suficientemente preparados para acabar con la humanidad entera. Lo malo es que, muchas veces, estos jóvenes mezclan el licor con las drogas, abusan del sexo porque sienten el mayor placer momentáneo en hacerlo y la equivocación la pagan caro porque las consecuencias son un embarazo no deseado, una enfermedad de trasmisión sexual que cuesta curarse o que no tiene remedio como el SIDA. Y así terminan esos cuatro días, luego de los cuales algunos se arrepienten de lo que hicieron, otros prometen no repetirlo y otros sueñan con el año entrante para hacerlo nuevamente antes que se les vaya la juventud.
Hoy los carnavales tableños están llenos de gente con malas costumbres, con conductas indeseables, con deformaciones de lo que es el buen comportamiento. Es una lástima que no podamos volver a aquellos tiempos en que, si nos pasábamos de tragos, tomábamos el camino de la casa. No podemos entrar a una tuna, no podemos caminar sin el peligro de que alguien nos falte el respeto; tenemos que cercar las casas para evitar que la gente de afuera se introduzca en ellas, haga sus necesidades en los portales y tengan su romance completo delante de sus dueños sin el menor recato.
No sé si los padres de esas niñas y muchachos saben dónde están; ignoro si los padres no saben lo que hacen sus hijos fuera de su control. En realidad, ¿cuál control? Hoy los padres no dominan a sus hijos; éstos son absolutos e irrespetan a sus padres si en algo quieren aconsejarlos. Por el contrario, cuántos padres tienen comunicación con sus hijos, conversan con ellos y les inculcan buenas costumbres. No hablo de ninguna capa social, sólo tienen que ir al carnaval tableño para que asistan a los espectáculos más bochornosos. Lo que provoca es darles una rejera, ya que algunos no se han quitado los pañales siquiera.
Se hace un círculo vicioso, los dueños de cantinas, de bailes, propician el desquiciamiento de la juventud. Esta juventud exige esos lugares para prostituirse y hacer lo que normalmente no realizan. Sinceramente, ya no provoca ir al carnaval tableño. Para mí era la mejor fiesta del año. No son los años que pasan, ya que he escuchado a jóvenes serios criticar el comportamiento de los que se desquician. Una cosa es contar y otra cosa es presenciarlo. Rebasa todo nivel de control, de educación, de moral. El comportamiento deja tanto que desear que resulta doloroso y nos hace sentir impotentes por no poder evitarlo. Quisiera regresar a otros tiempos, pero es imposible. Tendremos que conformarnos con no ir o asistir cuando una situación especial nos hace ir; pero el reggae, el volumen de la música y las vulgaridades nos hace quedarnos en otros lugares alejados de mi tierra que tanto quiero. Ojalá los padres pudieran poner orden en sus hijos y los jóvenes controlen sus emociones y se recojan en sus excesos y en sus malas costumbres para retomar los valores cívicos y morales de antaño que tanta falta nos hacen.