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Impuestos y demás distorsiones


En campañas electorales el tema de impuestos no se escapa. Generalmente, el instinto político induce a prometer no añadir impuestos o, cuando mucho, a ponérselos a alguna minoría de votantes, generalmente a los ricos, con quienes menos votos pierden.
En Guatemala es común oír a las agencias de asistencia económica extranjeras decir que el gasto del gobierno, en comparación con el de otros países, es muy bajo, y se sacan cifras de la manga, como el famoso 12% del FMI y los llamados Acuerdos de Paz. Pero deberían saber que hacen comparaciones falaces porque, contrario a otros países, en nuestro caso no toman en cuenta el impuesto llamado Seguro Social a las nóminas de sueldos ni el impuesto para la recreación de los trabajadores. Esos impuestos, a diferencia de los demás, no entran al fondo común pues tienen un destino específico, como deberían ser todos los impuestos; pero no por ello dejan de ser impuestos.
Como dicen que solamente hay dos cosas certeras, la muerte y los impuestos, deberíamos escoger los impuestos que menos dañen a la población y esto no es fácil porque sus efectos a menudo son muy indirectos, difíciles de percibir y menos de anticipar o cuantificar. Algunos sí son percibidos, tal como el nocivo efecto que desalienta a emprender actividades enriquecedoras y creadoras de empleos, como el tantas veces mencionado impuesto al rendimiento de las inversiones, mal llamado Impuesto Sobre la Renta. Tampoco es noticia que hay unos impuestos mucho más nocivos que otros porque son caros de cobrar, fáciles de evadir y, para colmo, fomentan la corrupción y el terrorismo fiscal.
Un efecto de los impuestos rara vez percibido es la distorsión que causan en las decisiones cuando no son generales, sino que afectan a un producto o actividad más que a otros. Es decir, no son económicamente neutros. Cuando la gente escoge entre distintas opciones para satisfacer sus necesidades y deseos, compara el costo de cada alternativa. Si los impuestos no son parejos distorsionan la toma de decisiones, tanto en el consumo como en la producción. Lo que no se aprecia es que tales decisiones distorsionadas por los impuestos son necesariamente antieconómicas, ya que artificialmente inducen a utilizar mayor cantidad de recursos cuyo precio relativo bajó y menor cantidad de aquellos cuyo precio relativo subió. Cuando las relaciones entre los precios han sido distorsionadas, la nación pierde la diferencia entre lo que gastó y lo que hubiera gastado si sus decisiones se hubiesen basado en relaciones de precios reales y no distorsionadas.
Por el deseo de evitar esas modificaciones de precios relativas con efectos insospechados, se ideó el IVA. Una de las virtudes de este impuesto es que todas las cosas pagan el mismo IVA y entonces los precios relativos no son afectados.
En consecuencia, a diferencia del impuesto sobre ventas, el IVA (que si bien se cobra en la última venta) no modifica el comportamiento y decisiones económicas de la gente porque no se aplica en cascada, sino que se resta el IVA pagado en las compras. Ese detalle se ha escapado de las consideraciones del gobierno que ha desnaturalizado el IVA, estableciendo tasas distintas y aplicándoselo a cosas que por su naturaleza no corresponde.
Además, el IVA es el más justo porque no discrimina: todos pagan la misma tasa en proporción a lo que consumen hoy. Quien más consume más paga, pero en la misma proporción, y no disminuye la competitividad económica de las inversiones del país, ni la tasa de ahorro.
*Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
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