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Impuestos y libertad




Empresario

Ultimamente he escuchado la tonta afirmación que los impuestos son sinónimos de esclavitud. Se arguye que, como a los esclavos se les cobraba un tercio de su producción, luego, todo al que se le cobre un tercio de su producción es esclavo. Se sobreentiende la falsa premisa de que todo el que paga un tercio de sus entradas es un esclavo. Esta clase de lógica es una de las plagas de nuestro tiempo. En este caso me disgusta sobremanera que se recurra este falaz argumento para promover la necesaria limitación de los impuestos a lo mínimo necesario para que nuestros gobiernos logren todo aquello que es realmente de su competencia. Al hacerlo se debilita la posición que se pretende defender.
A lo largo de la historia se ha recurrido a muchas maneras de hacer trabajar la esclavitud. Ninguna de ellas fue buena, aunque quizás en su momento no había alternativa dentro de su entorno cultural. El que se les cobrara un tercio, la mitad o más de su producción fue tan sólo un necesario mecanismo para hacer que funcionara la sociedad. Con o sin la esclavitud, es necesario recaudar los fondos necesarios para las obras comunes que necesita la comunidad.
Desde que el hombre pasó el estadio tribal y comenzó a vivir en ciudades, los impuestos se hicieron necesarios. Con ello, se pasó, gradualmente, de una conducción relativamente igualitaria de la sociedad a una conducción autoritaria y cleptocrática. Los únicos límites que tenían los gobiernos era el nivel de poder de las bases que los soportaban, tradicionalmente: la nobleza, la casta militar y la religiosa. A partir de la alta Edad Media, primero los nobles, pero luego los mercaderes, comienzan a poner límites a los poderes de los monarcas y a las clases que los sustentaban, hasta que con la independencia de los Estados Unidos de América y la Revolución Francesa se crearon constituciones que pusieron límites verdaderos al poder de los gobiernos, dándole un papel claramente delimitado y restringido dentro del Estado.
Esto se logró dividiendo el poder estatal entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, y aún contraponiendo éstos con los organismos más básicos de la sociedad, como lo son los estados y los municipios, el poder de la prensa y de las asociaciones de los ciudadanos. La misma fuerza pública fue dividida y parcelada de manera que no pudiera amenazar al Estado del cual estaba al servicio. La esfera religiosa se separó cuidadosamente para que ésta estuviera protegida del Estado, y éste separado de aquella. La nobleza, como tal, desapareció.
A pesar de esta cuidadosa disposición de la estructura estatal, diseñada para limitar el poder de los gobernantes y sus tendencias cleptocráticas -"El que parte reparte y se queda con la mejor parte"-, éstos han ido encontrando la manera de acrecentar su territorio debido a la falta de preparación y determinación de los ciudadanos, demasiado dados a la molicie y distanciados de sus deberes. Por esta razón, frente a las hipertrofiadas burocracias gubernamentales y su creciente cleptocracia, nos encontramos ante la necesidad de poner frenos y riendas a las caballerías que jalan al aparato estatal y que, si no son guiados con firmeza, van en busca de su pienso y dejan de servir al carro del Estado.
El pagar impuesto es parte integral de ser ciudadano. Quien no lo paga es porque es una criatura subdesarrollada, como lo son los niños y los incapacitados mentales. Quien no cotiza no debe votar. En un Estado moderno bien administrado debía ser suficiente un nivel de impuestos entre el 15% y el 25%. Pero, cuando los impuestos se salen de la medida de lo debido, ocurre lo que ocurrió en Boston cuando la Corona inglesa trató de cobrarles un impuesto que ellos consideraron injusto. Se quitaron la corona de encima.


101 años de Panamá América

 
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