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Incertidumbre en Colombia


Tras varios días de combates entre el ejército regular de Colombia y las FARC, a las puertas de Bogotá, innumerables ciudadanos de ese país dudan si vale la pena mantener diálogos de paz con fuerzas subversivas que simultáneamente y con alevosía y ensañamiento atacan nada menos que a la ciudad capital. El setenta por ciento de colombianos encuestados desconfía del diálogo de paz.
Pocos desconocen los buenos propósitos del presidente Andrés Pastrana de concentrarse en la pacificación del país, quizás con una devoción que ninguno de sus antecesores aplicó. Pero los acontecimientos recientes tienden a sentar que las conversaciones de paz responden a una voluntad unilateral, no correspondida y saboteada con saña por quienes no buscan la paz sino la guerra, o fingen buscar la paz para engañar a sus interlocutores gubernamentales y atacarlos, como se ha comprobado, en forma sorpresiva.
Correspondiendo a la confianza que los electores depositaron en él y como un mensaje constructivo a las fuerzas armadas que a regañadientes aceptan la buena fe de los guerrilleros o terroristas, el presidente Pastrana debe emprender la revisión de la estrategia que, hasta el momento, ha emprendido. No se trata de reemplazar el diálogo por la violencia represiva sin cuartel. Como representante de la voluntad popular de su pueblo, quizás correspondería enmarcar cualquier aproximación para negociar dentro de condiciones que pongan a prueba la sinceridad de los subversivos, exigiendo, por ejemplo, la suspensión inmediata de las hostilidades armadas como condición sine qua non para sentarse a la mesa de negociaciones. Si tal condición no se cumpliera dentro de un plazo prudente, entonces el gobierno tiene la obligación de preservar la estabilidad del sistema democrático, preservar la imagen del país para la atracción de inversiones, y en general invertir la situación negativa procreada por quienes se apoyan financieramente en el narcotráfico, para subvertir el país de Nariño.


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