Inconsistencias
Umberto Eco, en su libro "Cinco escritos morales", dedica uno de los ensayos a demostrar la futilidad de las guerras hoy día. De forma magistral, y respaldado por un raciocinio depurado, el autor italiano expone la inconsecuencia del procedimiento, habida cuenta la recomposición mundial en mil y un aspectos que ha experimentado el planeta durante el último siglo.
Los Estados Unidos de América - pueblo de grandes contrastes y donde su parte noble goza de mi completa admiración - ha vuelto a sorprenderme por la falta de coherencia dentro del actuar de sus gobernantes.
Tres asuntos recientes sustentan la preocupación que intentaré plasmar en este escrito. Mientras sus más preclaros estrategas establecen los parámetros finales para iniciar una acometida militar contra el narcotráfico dentro del llamado Plan Colombia - asunto en extremo delicado y que bien pudiese iniciar un conflicto regional de grandes proporciones - pareciera seguir ausente la comprensión de cómo se genera, y a qué intereses obedece el crecimiento de dicho flagelo, por estar ambas cuestiones directamente vinculadas con el consumo desmedido y la demanda constante dentro de las sociedades ricas del mundo entero.
El segundo punto está relacionado con la limpieza pendiente de los sitios contaminados por el ejército estadounidense en la República de Panamá. A lo largo de los años, la isla de Vieques - localizada en el occidente del territorio borinqueño - ha servido a la armada norteamericana como sitio donde probar sus artefactos de guerra. A pesar de que la mayoría de los ciudadanos de ese país están en contra de las nocivas maniobras, la jueza de distrito Gladis Kessler decidió - en Washington - permitir nuevamente los bombardeos en dicho sector caribeño. Nada halagüeño surgirá de esta confrontación dilatada entre la potencia más poderosa de la Tierra y el estado libre asociado de Puerto Rico, como tampoco servirá para acelerar el irresuelto proceso de saneamiento en suelo panameño, especialmente si tenemos en cuenta que estos inútiles ejercicios bélicos sólo conseguirán aumentar el deterioro que afecta a esa relación que ambos pueblos han mantenido a lo largo de muchos años.
El tercer acontecimiento - el más serio de todos - lo conforman dos imprudencias llevadas a cabo recientemente contra la República Popular China. La cuestión del avión espía norteamericano y su no autorizado aterrizaje en la isla de Hainan, el tono prepotente que tuvieron los interlocutores estadounidenses durante todo el proceso para facilitar el retorno de la tripulación del aparato y la amenaza de continuar con esta práctica desafiante a miles de millas del continente americano sólo la supera, en sandez y provocación, la innecesaria venta de armas a Taiwan.
Hong Kong y Macao ya se han reincorporado satisfactoriamente dentro de las estructuras sociopolíticas de la República Popular China. Una relación muy especial, y que había empezado a generar resultados positivos sin haber apelado ninguna de las partes a posiciones combativas, se le ofreció a Taiwan con el ánimo de unificar a la nación entera. Este tema - asunto chino que forzosamente tendrá que ser resuelto entre chinos - se ha visto seriamente lesionado por el gobierno de Washington. La portavoz presidencial Ari Fleischer, tratando de justificar la temeraria negociación de armamentos, declaró (La Prensa, 27 de abril de 2001) que George W. Bush hará valer su promesa de "hacer lo que haga falta" para defender a la isla, añadiendo que "dijo lo que dijo porque lo piensa" y que "las palabras del presidente están destinadas a ayudar a asegurar la paz" concluyendo que dicha transacción - la más grande en una década - era "acorde con la amenaza militar china contra la isla" ¡Qué barbaridad! Semejantes declaraciones sólo han logrado incrementar mi preocupación, especialmente si recordamos la arbitraria posición asumida frente al Protocolo de Kyoto y la intención de retomar el extemporáneo plan defensivo llamado Guerra de las Galaxias.
Lástima que el nuevo morador de la Casa Blanca haya demostrado, en tan corto tiempo, graves inconsistencias que hacen peligrar la concordia mundial y que contrastan radicalmente con la prudencia, nobleza y buena voluntad que distingue a gran parte del pueblo norteamericano. Bermudez@sinfo.net
Los Estados Unidos de América - pueblo de grandes contrastes y donde su parte noble goza de mi completa admiración - ha vuelto a sorprenderme por la falta de coherencia dentro del actuar de sus gobernantes.
Tres asuntos recientes sustentan la preocupación que intentaré plasmar en este escrito. Mientras sus más preclaros estrategas establecen los parámetros finales para iniciar una acometida militar contra el narcotráfico dentro del llamado Plan Colombia - asunto en extremo delicado y que bien pudiese iniciar un conflicto regional de grandes proporciones - pareciera seguir ausente la comprensión de cómo se genera, y a qué intereses obedece el crecimiento de dicho flagelo, por estar ambas cuestiones directamente vinculadas con el consumo desmedido y la demanda constante dentro de las sociedades ricas del mundo entero.
El segundo punto está relacionado con la limpieza pendiente de los sitios contaminados por el ejército estadounidense en la República de Panamá. A lo largo de los años, la isla de Vieques - localizada en el occidente del territorio borinqueño - ha servido a la armada norteamericana como sitio donde probar sus artefactos de guerra. A pesar de que la mayoría de los ciudadanos de ese país están en contra de las nocivas maniobras, la jueza de distrito Gladis Kessler decidió - en Washington - permitir nuevamente los bombardeos en dicho sector caribeño. Nada halagüeño surgirá de esta confrontación dilatada entre la potencia más poderosa de la Tierra y el estado libre asociado de Puerto Rico, como tampoco servirá para acelerar el irresuelto proceso de saneamiento en suelo panameño, especialmente si tenemos en cuenta que estos inútiles ejercicios bélicos sólo conseguirán aumentar el deterioro que afecta a esa relación que ambos pueblos han mantenido a lo largo de muchos años.
El tercer acontecimiento - el más serio de todos - lo conforman dos imprudencias llevadas a cabo recientemente contra la República Popular China. La cuestión del avión espía norteamericano y su no autorizado aterrizaje en la isla de Hainan, el tono prepotente que tuvieron los interlocutores estadounidenses durante todo el proceso para facilitar el retorno de la tripulación del aparato y la amenaza de continuar con esta práctica desafiante a miles de millas del continente americano sólo la supera, en sandez y provocación, la innecesaria venta de armas a Taiwan.
Hong Kong y Macao ya se han reincorporado satisfactoriamente dentro de las estructuras sociopolíticas de la República Popular China. Una relación muy especial, y que había empezado a generar resultados positivos sin haber apelado ninguna de las partes a posiciones combativas, se le ofreció a Taiwan con el ánimo de unificar a la nación entera. Este tema - asunto chino que forzosamente tendrá que ser resuelto entre chinos - se ha visto seriamente lesionado por el gobierno de Washington. La portavoz presidencial Ari Fleischer, tratando de justificar la temeraria negociación de armamentos, declaró (La Prensa, 27 de abril de 2001) que George W. Bush hará valer su promesa de "hacer lo que haga falta" para defender a la isla, añadiendo que "dijo lo que dijo porque lo piensa" y que "las palabras del presidente están destinadas a ayudar a asegurar la paz" concluyendo que dicha transacción - la más grande en una década - era "acorde con la amenaza militar china contra la isla" ¡Qué barbaridad! Semejantes declaraciones sólo han logrado incrementar mi preocupación, especialmente si recordamos la arbitraria posición asumida frente al Protocolo de Kyoto y la intención de retomar el extemporáneo plan defensivo llamado Guerra de las Galaxias.
Lástima que el nuevo morador de la Casa Blanca haya demostrado, en tan corto tiempo, graves inconsistencias que hacen peligrar la concordia mundial y que contrastan radicalmente con la prudencia, nobleza y buena voluntad que distingue a gran parte del pueblo norteamericano. Bermudez@sinfo.net