Indígenas y extrema pobreza
El último informe del Instituto de Estudios Nacionales de la Universidad de Panamá, arroja cifras escalofriantes para la población indígena del país. Según los cálculos, el 95% de ellos sufre pobreza extrema, mientras que el índice de analfabetismo ronda tasas similares.
El 10% de los habitantes del país es indígena, lo que da un aproximado de 260 mil personas de ese origen. La mayoría vive en áreas marginadas de la montaña de Chiriquí, Veraguas, Bocas del Toro y Darién, además de la Comarca Kuna Yala.
Hasta ahora, poco se ha hecho a favor de la integración de esos compatriotas al resto del país. Y la culpa es de ambos lados. Por una parte, el desinterés de la población indígena; y por el otro, el poco entusiasmo del resto mayoritario.
Paradójicamente, quienes de mejor situación gozan son los habitantes de Kuna Yala, más dispuestos a la integración y a la asimilación de la cultura occidental, a través del fenómeno indirecto de la migración a las ciudades, de la que importan patrones culturales ajenos. Cada uno de los jóvenes kunas que emigra en busca de educación y nuevas oportunidades de empleo, al retornar, se convierte en un agente de cambio en su comunidad.
En este aspecto, es significativo que el actual presidente de la Asamblea Legislativa, de la etnia Kuna, Enrique Garrido, haya llegado al alto sitial que hoy ocupa, gracias a su educación universitaria y a su espíritu empresarial, desarrollado en su propia comarca.
Desgraciadamente, en las últimas décadas, mayor ha sido el esfuerzo por desintegrarlos y separarlos, que por incorporarlos al resto del país. La proliferación de comarcas indígenas, que ha puesto bajo administración de distintas etnias aborígenes un tercio del territorio nacional, es muestra del triste fenómeno de la marginación y la perpetuación del atraso.
La demarcación es sinónimo de segregación, de explotación y pobreza. En todas las comarcas reina el alcoholismo crónico, el hambre, la desnutrición infantil, el analfabetismo, las enfermedades y la desesperanza.
Nuestras comarcas están condenadas a vivir el próximo siglo congeladas en la prehistoria, en la recolección, caza y pesca, en una especie de museo viviente, sin alcanzar siquiera los niveles de las grandes civilizaciones indígenas de otras latitudes, que dominaron admirablemente el arte de la producción agrícola en masa, el pleno aprovechamiento del agua y, por ende, la técnica de la generación de riqueza, que transformaron su entorno en forma de conocimientos científicos y bienestar para su pueblo.
Hoy las mismas inmensas posibilidades de progreso se abren para nuestros compatriotas indígenas, en una oportunidad sin par, a través de la integración. Pero hay que empezar ya.
El 10% de los habitantes del país es indígena, lo que da un aproximado de 260 mil personas de ese origen. La mayoría vive en áreas marginadas de la montaña de Chiriquí, Veraguas, Bocas del Toro y Darién, además de la Comarca Kuna Yala.
Hasta ahora, poco se ha hecho a favor de la integración de esos compatriotas al resto del país. Y la culpa es de ambos lados. Por una parte, el desinterés de la población indígena; y por el otro, el poco entusiasmo del resto mayoritario.
Paradójicamente, quienes de mejor situación gozan son los habitantes de Kuna Yala, más dispuestos a la integración y a la asimilación de la cultura occidental, a través del fenómeno indirecto de la migración a las ciudades, de la que importan patrones culturales ajenos. Cada uno de los jóvenes kunas que emigra en busca de educación y nuevas oportunidades de empleo, al retornar, se convierte en un agente de cambio en su comunidad.
En este aspecto, es significativo que el actual presidente de la Asamblea Legislativa, de la etnia Kuna, Enrique Garrido, haya llegado al alto sitial que hoy ocupa, gracias a su educación universitaria y a su espíritu empresarial, desarrollado en su propia comarca.
Desgraciadamente, en las últimas décadas, mayor ha sido el esfuerzo por desintegrarlos y separarlos, que por incorporarlos al resto del país. La proliferación de comarcas indígenas, que ha puesto bajo administración de distintas etnias aborígenes un tercio del territorio nacional, es muestra del triste fenómeno de la marginación y la perpetuación del atraso.
La demarcación es sinónimo de segregación, de explotación y pobreza. En todas las comarcas reina el alcoholismo crónico, el hambre, la desnutrición infantil, el analfabetismo, las enfermedades y la desesperanza.
Nuestras comarcas están condenadas a vivir el próximo siglo congeladas en la prehistoria, en la recolección, caza y pesca, en una especie de museo viviente, sin alcanzar siquiera los niveles de las grandes civilizaciones indígenas de otras latitudes, que dominaron admirablemente el arte de la producción agrícola en masa, el pleno aprovechamiento del agua y, por ende, la técnica de la generación de riqueza, que transformaron su entorno en forma de conocimientos científicos y bienestar para su pueblo.
Hoy las mismas inmensas posibilidades de progreso se abren para nuestros compatriotas indígenas, en una oportunidad sin par, a través de la integración. Pero hay que empezar ya.