Iñigo, el Fundador
Como todos los años, los jesuitas de todo el mundo, cada uno a su estilo, conmemoramos la fecha del Santo Fundador , San Ignacio de Loyola, el 31 de julio pasado.
Agradecemos las variadas muestras de solidaridad de los amigos que de una manera u otra se han manifestado.
Iba a decir que localmente se trató de celebrar discretamente aunque este año se introdujo la modalidad de trasladarnos a Villa Carmen, Capira, al Hogar Javier con sus amplias instalaciones con un grupo de personas, de alguna manera, conectadas con la espiritualidad ignaciana, no necesariamente ex alumnos.
Todas las comunidades religiosas además de los aspectos en que todos coinciden, que son los votos, cada orden y congregación tiene su carisma que es lo que las diferencian.
El carisma tiene que ver con la experiencia espiritual que cada fundador tiene con Dios. Y así, un fundador se siente interpelado por algún reto o llaga que azota a los cristianos epocalmente y plantea a un grupo de seguidores el tratar de remediar ese mal mediante algunas determinadas acciones.
A mediados del siglo XVI, un hombre, Ignacio de Loyola, "Iñigo", tras una vida disipada, en su enfermedad, inicia una experiencia de encuentro con Dios, encuentro que le va llevando por diferentes caminos, como ya habían hecho otros anteriormente, y pone por escrito este itinerario espiritual, a la vez que comienza a ayudar a sus prójimos a seguir su propio camino de encuentro con Dios.
Dos son los presupuestos nacidos de la propia experiencia. El primero es que aunque el Señor sea único, de la misma manera no hay dos individuos iguales, no hay dos caminos idénticos para seguirle. El segundo es que el director espiritual juega en el mejor de los casos, un papel de mero apoyo para ayudar a cada uno en el encuentro personal con el Señor. El desarrollo de la propia experiencia en el aprendizaje del seguimiento del Señor corregido y aumentado con la experiencia de haber apoyado a otros en ese seguimiento dan origen al libro de los Ejercicios Espirituales: un manual para orientar la experiencia personal de encuentro con El Señor.
De ahí nace la espiritualidad ignaciana, una forma de sustentar a una serie de personas que se van a caracterizar por una falta de barreras en la ayuda a los demás.