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Inmigración, tierra de nadie


Somos muchos los panameños que hemos pasado por inmigración en el aeropuerto de Tocumen y lo que hemos visto es de espanto. Y este no es un problema nuevo, data de hace muchos años, tiene un arrastre de varias administraciones, pero no debe seguir posponiéndose su solución, sobre todo por la magnitud de los perjuicios que nos está ocasionando. Experiencias múltiples podemos aquí pasarnos relatando. Hemos visto el irrespeto a damas que entran al país y enseguida se hacen, en forma inmerecida, al trato de "mami", "mi amor", las tutean como si fueran amistades íntimas y además emplean un tono desabrido para dirigirse a ellas. Un total irrespeto.
Hace algún tiempo atrás conocimos, por los medios de comunicación, quejas del Cónsul de Colombia en Panamá, por el trato irrespetuoso que reciben los colombianos al arribar a tierra panameña. Son tratados como ciudadanos de segunda clase, sin motivo alguno. Que a algunos colombianos los hayan apresado por traficar droga, también panameños han sido capturados tratando con droga, no por eso merecen todos un trato despectivo.
Yo estoy seguro que cualquiera que venga al país y reciba un trato descortés de parte de los inspectores de inmigración, jamás volverá a no ser que tenga alguna razón urgente para hacerlo. Tenemos que entender que Inmigración es la puerta de entrada del país y por consiguiente es la primera impresión que recibe todo visitante. Debemos esforzarnos por recibir con los brazos abiertos a todos los visitantes. Ojalá exista una oficina en el mismo aeropuerto que proporcione una atención de primera a los que entran por dicho puerto. Además de panfletos que indiquen los principales lugares turísticos y algún recordatorio de su visita, debería proporcionárseles bebidas refrescantes, de frutas producidas en el país, y canapés. Cualquiera que sea el costo, que no es mucho, los beneficios que ello reportará serán gratificantes. Además, nadie desea ser maltratado, al contrario, a todos nos gusta que nos traten bien y nos hagan sentir importantes.
Deberían impartirse cursos de relaciones públicas y de asistencia al viajero a todo el personal de Inmigración y colocar en los puestos que tienen que tratar con el público a personas que, además de buena presencia y que estén debidamente uniformadas e identificadas, sean amables. Personal femenino sería recomendable para dichas posiciones ya que las damas son más circunspectas que los hombres.
No entendemos cómo es que un país que se ha empeñado en incrementar la industria turística no tiene una política inmigratoria que sea cónsona con dichos propósitos. Los millones de balboas que se gasta el gobierno para crear un buen perfil turístico del país, cuatro o cinco personas se encargan de deshacer la buena imagen que tanto nos ha costado formar.
Pero aquí no termina el asunto. En días pasados asistí a un almuerzo y me provocó meterme debajo de la mesa, de la vergüenza, por las anécdotas que allí se narraron.
Estamos empeñados en atraer inversionistas al país y sin embargo, lo que hacemos con las manos, lo desbaratamos con los pies. Una de las anécdotas que allí se dio a conocer fue el incidente de un inversionista que había venido al país a ver las posibilidades de establecer en Panamá una fábrica de ensamblaje de aires acondicionados y después de hacer los estudios correspondientes y hasta determinar el lugar apropiado para instalar la fábrica, al salir del país se encontró con el problema de que, según un inspector de Inmigración, el sello de entrada estampado en su pasaporte estaba borroso, a lo que el inversionista le contestó al inspector que el sello había sido estampado por las autoridades panameñas a su entrada y que si el funcionario no supo hacerlo debidamente, no era su culpa. Bueno, para no hacer la anécdota más larga de lo necesario, resulta que el inspector de inmigración le expuso al inversionista que el problema se podía solucionar de inmediato si pagaba una multa. La multa fue de dos mil balboas. Y... ¿adivinen qué aconteció? Todavía estamos esperando de regreso al inversionista. Adiós fábrica y puestos de trabajo, todo por un "fulano" que sin duda se rebuscó. O sea, los problemas de inmigración no sólo son a la entrada, sino también a la salida del país.
Hemos igualmente escuchado muchas quejas de la forma como son tratados los asiáticos que vienen a Panamá. Se les da un trato ofensivo a la dignidad humana. Pero no solamente al simple ciudadano asiático se le dispensa este afrentoso trato, sino también se han dado casos que miembros mismos del cuerpo diplomático se les ha retenido el pasaporte y se les ha obligado a hacer largas esperas, algunas de hasta de más de dos horas, contraviniendo normas de cortesía diplomática.
Supimos que en el último Expocomer, de no ser por la diligente intervención del Vice Ministro de Comercio Exterior, la delegación China que iba a venir a exponer sus productos, casi no le es posible hacerlo porque la visa para ingresar al país estaba tomando mucho tiempo en concederse.
Otra situación irracional que existe referente a la política de Inmigración es que los inversionistas que vienen al país deben, cada tres meses, renovar su permiso de estadía y por supuesto, cada vez pagar por dicha renovación. Según hemos investigado Panamá es el único país que tiene esta absurda política para estimular la inversión.
Con todas estas situaciones que hemos brevemente relatado, más que fomentar la inversión estamos espantándola. Debemos, de una vez por todas, ponernos de acuerdo en cuáles son nuestro propósito y entonces coordinar todos nuestros esfuerzos en esa dirección, pero lo que no podemos hacer es estar tirando de la misma cuerda en direcciones opuestas.
Ojalá que estas observaciones no caigan en saco roto pues sabemos del interés del presente gobierno en echar hacia delante las inversiones y en la forma como lo estamos haciendo nunca lo lograremos.

101 años de Panamá América

 
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