Inmigrantes o emigrantes
Los países prósperos atraen inmigrantes. Era el caso de Argentina a principios del siglo XX, de Venezuela a mediados del siglo pasado y de Estados Unidos (EE.UU) hasta hace poco. Las primeras dos naciones se convirtieron en países de emigrantes. Ahora, lamentablemente, todo parece indicar que EE.UU. no está solo en medio de una recesión, sino que está cayendo en una dura decadencia, provocada por políticas intervencionistas, exceso de gastos gubernamentales y altos impuestos.
Por muchos años, los estudiantes extranjeros que completaban sus estudios de postgrado en EE.UU. buscaban empleo aquí, para quedarse y luego traer a sus familiares. Hoy siguen asistiendo y graduándose de estupendas universidades norteamericanas, pero una vez completados sus estudios suelen regresar a su país de origen o buscan empleos en Europa y el Lejano Oriente. La demanda de mano de obra para ingenieros y obreros poco calificados ha caído vertiginosamente. Menos mexicanos indocumentados tratan, hoy, de cruzar la frontera, al punto que los guardias fronterizos tienen poco trabajo y la construcción del paredón dejó de tener sentido.
El supuesto dilema de la inmigración se ha estado transformando en un verdadero problema de emigración. Norteamericanos jóvenes y viejos se están yendo al exterior. Los primeros, porque consiguen mejores oportunidades de trabajo; y los ya retirados, porque no quieren o no pueden pagar los altísimos impuestos a la propiedad que los políticos han ido incrementando sin piedad durante décadas. Entonces, la gente vota con los pies en respuesta al exceso de intervencionismo, inseguridad jurídica, fiscalizaciones, regimentaciones, impuestos, inflación y regulaciones. Los extranjeros que emigramos a EE.UU. sufrimos muchos de esos mismos males en los países donde nacimos y crecimos, pero ahora vemos con pesar la versión norteamericana.
El presidente Obama promete crear millones de nuevos puestos de trabajo con una política energética que pretende reemplazar el petróleo y el gas con turbinas de viento y la construcción de paneles solares en lugar de plantas eléctricas. Suena muy limpio y muy bonito, pero cada vez que decisiones políticas sustituyen las de individuos en un libre mercado, el inevitable resultado es el exagerado aumento de los costos y, por consiguiente, una dura caída del bienestar general. Ejemplos de las consecuencias del bien intencionado socialismo sobran en América Latina, Gran Bretaña y en la vieja Unión Soviética. Si algo debiéramos haber aprendido es que la prosperidad de la gente y un gobierno grande son conceptos radicalmente opuestos.
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