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Inmoralidad con impunidad


Cuando Rolando Mirones asumió la dirección de la Policía Nacional, uno de los temas que le significó simpatías fue la crítica que hizo al ilícito de hacerse agua en la vía pública. Cuando hizo el señalamiento, había pasado cierto tiempo en que las autoridades poco caso hacían a este asunto, por lo que la apreciación del alto dirigente policial sirvió, en la inquietud del público, un plato de esperanza.
Pero meses después poco o nada es lo que se ha hecho para corregir la trasgresión y en las avenidas se siguen viendo a irresponsables orinando sin la menor preocupación, y lo peor, sin que ninguna autoridad se atreva siquiera a amonestarlos. En consecuencia, las damas de este país, los niños y las niñas, en fin la gente seria, debe seguir tolerando estos atrevimientos, porque no hay autoridad alguna que se atreva a ponerle fin, y los que delinquen se van convirtiendo en parte obligada de un panorama citadino que en nada resulta atractivo.
El problema de no detener prácticas inmorales como éstas es que suman otras. Uno o dos infractores pueden no ser un problema, pero cuando suman diez, doce o cien, ya anuncia el problema social y político en que se convertirán.
Nada extraño podría tener en el futuro que además de hacerse aguas defequen, porque de igual manera podrían recurrir al pretexto con que algunos excusan a los inmorales que orinan en plena vía. Dicen que el problema es que no hay sitios públicos donde hacerlo; no obstante, si los buscaran, lo más probable es que los encuentren; pero ni siquiera hacen el intento. Como para cualquier can de la tinaquera, cualquier poste resulta bueno. Máxime si cuentan con la indiferencia oficial.

101 años de Panamá América

 
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