Inocencia robada
Dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, pero también es cierto que el hombre es el único ser que tropieza en más de una ocasión con el mismo objeto.
Seguramente usted es uno más de los que ha leído anuncios donde se ofrecen maravillosas pócimas que garantizan rendimientos extraordinarios con una mínima inversión y a corto plazo. De hecho, si son publicitadas es porque siempre hay incautos que atienden al subliminal llamado.
Cuando por vez primera los medios destaparon la olla de grillos de las "Pirámides", pensé que se trataba de un reducido número de incautos que lejos de nuestra geografía, civilización y los avances que la tecnología pone a disposición de los núcleos urbanos, habían sido sorprendidos en su buena fe. Sin embargo, la creciente espiral de violencia encabezada por los molestos ahorristas en múltiples regiones de Colombia -que hoy dan tregua- ante la captura y extradición del padre de la criatura desde nuestro territorio; echaron por tierra la tesis de que la inocencia o desesperación por obtener riquezas de forma rápida es un asunto exclusivo de aquellos que viven al margen del acceso a la información.
Se trata de un lamentable acontecimiento que enseguida transportó mis recuerdos a fines del año 2000, cuando nuestra locación se vio envuelta en un hecho de ribetes parecidos, donde la impotencia y frustración de varios centenares de inversionistas que, con el afán de maximizar sus caudales, colocaron "remesas" en una entidad que sin licencia bancaria, ni registros en la Comisión de Valores operó y, finalmente, se desvaneció en el abismo de la insolvencia, arrastrando con ella pérdidas superiores a los 20 millones de dólares.
Afortunadamente, el escándalo quedó al descubierto en Colombia, lo que seguramente minimizó los efectos que la dudosa práctica, hasta donde se conoce, pudiese haber dejado en nuestro país, pues para nadie es un secreto el supuesto portafolio de inversiones con que se vincula al señor en cuestión en Panamá.
Otra vez esos funestos episodios terminarán engrosando las arcas de un equipo de litigantes y liquidadores -cuyo derecho les asiste-, dejando un sabor amargo en los "malos inversionistas", quienes, con nulo conocimiento de mercados, instrumentos y riesgos a los que se expone toda empresa, terminarán timados y decepcionados de un sistema que no sólo fue incapaz de protegerlos, sino que también será incapaz de retribuirles lo que con tanto empeño y sacrificio acumularon para, literalmente, lanzarlo al viento.
Como ciudadanos comunes, hagamos un mayor esfuerzo por esculcar la trayectoria y reputación de nuestros potenciales socios y/o negocios, de forma tal que podamos distinguir una legítima inversión de una vulgar estafa.
Hoy, ante el abrasador estallido social que atraviesan los vecinos, pongamos nuestra barba en remojo con un poco de malicia y suspicacia; ambos son ingredientes que seguramente hubiesen evitado tanto las cuantiosas pérdidas monetarias, como el saldo de vidas humanas que hoy corren por cuenta y riesgo de una inocencia robada.