Inseguridad ciudadana
Vivir en un clima de inseguridad personal no me es desconocido. La experimenté en Italia, en la época que estaba activa la Brigatta Rossa y los banqueros (especialmente de bancos norteamericanos) éramos posibles blancos. Debo admitir que mi permanencia en esa nación fue más que placentera, y mi familia y yo no sufrimos ningún percance de violencia, pero supimos cuidarnos. También viví en Londres, donde existía siempre la posibilidad de actos de terrorismo, como igual sucedió en mi permanencia en Santiago de Chile, durante las postrimerías del régimen de Pinochet. Lo cierto es que a pesar de aprender cómo vivir en ambientes propensos al terrorismo, nunca me acostumbré a las limitaciones y pérdida de libertad de movimiento que estas situaciones obligan. Añoraba mi antigua vida en David, libre de temores a secuestros, robos y asaltos (dormíamos con las ventanas abiertas) y con plena libertad de movimiento, siendo la única limitación la que imponían las buenas costumbres.
Más reciente en mi vida profesional por razones de trabajo, viví casi dos años en un país centroamericano. Mi estancia allí fue sumamente agradable; adquirí y mantengo enorme admiración y cariño por su gente y su gran espíritu de trabajo. Es un pueblo próspero, emprendedor, que supo reponerse en gran medida a los horrores de una cruel guerra civil. A pesar de las muchas cosas buenas que ofrecía ese país, sufría los efectos de situaciones sociales serias que producían un clima de alta inseguridad ciudadana. El crimen substituyó la antigua violencia política. Los secuestros y asaltos se repetían casi a diario. De nuevo me ví obligado a mantener estrictas medidas de seguridad. La presencia de infames y violentas pandillas de barrio aumentaba el clima de violencia. Mi libertad de movimiento era escasa.
Para esa época, finales de la década del "90, Panamá había superado en gran medida los problemas de inseguridad post-invasión y se disfrutaba un clima de relativa seguridad y calma ciudadana. Añoraba ese clima; tanto así que exhortaba a mis familiares y amigos en Panamá a visitarme y que, aparte de admirar las cosas buenas del país anfitrión, vieran los efectos, en lo personal, de vivir en un ambiente de inseguridad. Eran notables las medidas de seguridad que había que practicar, particularmente las clases pudientes, para protegerse ellos y sus familias, como lo difícil de los ingentes esfuerzos gubernamentales para detener la tendencia de inseguridad ciudadana. Esperaba que viendo esas realidades apreciaríamos mejor lo que teníamos en Panamá y lucháramos para mantenerlo.
Me sentía tan orgulloso de que en Panamá, en ese entonces, aún se disfrutaba de relativa calma social y seguridad personal. Alardeaba de que aquí aún se podía vivir sin guardaespaldas y sin convertir nuestras casas en cárceles. Me alegraba liberarme de las medidas de seguridad cuando arribaba a mi país. Desgraciadamente, todo lo anterior es cosa del pasado. No aprendimos a apreciar lo que teníamos y lo perdimos. Recuperar la antigua paz y seguridad ciudadana va a ser muy difícil. ¡Cuán cierta es la canción, creo de Sandra, que dice "nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde"!
Ya no podemos decir que aquí existe un clima de relativa seguridad ciudadana, todo lo contrario. Cada día suceden más y más crímenes violentos, florece el tráfico de droga y con él, todas sus secuelas malignas; las pandillas juveniles operan impunemente y es innegable la presencia del crimen organizado en nuestro suelo. Hay "mafia" de toda clase. Nuestras residencias se han convertido en verdaderas cárceles. Los ricos emplean guardaespaldas; me cuentan que ya algunos viajan en carros blindados. Los niños de cierto nivel social son objetos de secuestros.
Hemos perdido la inocencia de un país tranquilo. Volver al Panamá de antes no será fácil, menos aún cuando los responsables por establecer el orden y protegernos no aceptan que existe un problema de inseguridad ciudadana. Negar que existe este problema inhabilita la búsqueda de soluciones. Sin embargo, más que culpar a los políticos, los gobiernos y a las autoridades, debemos culparnos a nosotros mismos, a la sociedad civil, a los clubes cívicos, a los gremios.
Debemos culpar nuestra inercia ciudadana. No me vengan con el cuento que nada se puede hacer. Mucho podemos hacer si nos organizamos. Los programas de Vecinos Vigilantes que realiza la Policía Nacional es una acción comunitaria exitosa que debemos respaldar y expandir. En mi barrio ha contribuido a disminuir la delincuencia. A través de acciones comunitarias como ésa es como se puede combatir el crimen. Así lo hacen madres en barrios pobres de New York, quienes expulsan a los traficantes de sus guaridas con acciones de masa exponiéndoles a punta de sonido de cacerolas.
¿Cómo es posible que las bandas juveniles y el tráfico de drogas prospere en la otrora tranquila campaña interiorana? ¿Me quieren decir que en comunidades como David, Tolé, Santiago, Chitré, Parita y campos de Las Tablas, por ejemplo, donde todos nos conocemos, los vecinos del lugar no saben quiénes, cómo y dónde se trafica? ¿Por qué callamos? ¿Dónde está la valentía ciudadana para denunciar a los que destruyen nuestras estructuras familiares y buenas costumbre? ¿Qué hay del espíritu comunitario y buenas costumbres interioranas?
Y qué decir de los barrios populares de nuestras ciudades canaleras, que son los más afectados. ¿Cuándo vamos a reaccionar y organizarnos contra la violencia y el crimen? ¿Cuándo van a despertar de su letargo los clubes cívicos y los gremios? ¿Será que estamos esperando que los gringos no resuelvan el problema? ¡Amanecerá y veremos!
También se debe mencionar que bajo su presidencia se inició la reforma constitucional que creó el Tribunal Electoral "independiente de los Órganos Ejecutivo y Judicial y con privativa competencia para interpretar y aplicar la ley electoral y para dirigir, vigilar y fiscalizar todas las fases del proceso electoral " (Constitución de 1946, art. 105) por el Acto Legislativo No. 2 del 16 de Febrero de 1956. De hecho, el gran logro del presidente fue terminar el período sin sobresalto y contribuir así a enrumbar el país hacia una período de doce años de relativa estabilidad constitucional.
Continuará la próxima semana
(ariyan@sinfo.net)
Más reciente en mi vida profesional por razones de trabajo, viví casi dos años en un país centroamericano. Mi estancia allí fue sumamente agradable; adquirí y mantengo enorme admiración y cariño por su gente y su gran espíritu de trabajo. Es un pueblo próspero, emprendedor, que supo reponerse en gran medida a los horrores de una cruel guerra civil. A pesar de las muchas cosas buenas que ofrecía ese país, sufría los efectos de situaciones sociales serias que producían un clima de alta inseguridad ciudadana. El crimen substituyó la antigua violencia política. Los secuestros y asaltos se repetían casi a diario. De nuevo me ví obligado a mantener estrictas medidas de seguridad. La presencia de infames y violentas pandillas de barrio aumentaba el clima de violencia. Mi libertad de movimiento era escasa.
Para esa época, finales de la década del "90, Panamá había superado en gran medida los problemas de inseguridad post-invasión y se disfrutaba un clima de relativa seguridad y calma ciudadana. Añoraba ese clima; tanto así que exhortaba a mis familiares y amigos en Panamá a visitarme y que, aparte de admirar las cosas buenas del país anfitrión, vieran los efectos, en lo personal, de vivir en un ambiente de inseguridad. Eran notables las medidas de seguridad que había que practicar, particularmente las clases pudientes, para protegerse ellos y sus familias, como lo difícil de los ingentes esfuerzos gubernamentales para detener la tendencia de inseguridad ciudadana. Esperaba que viendo esas realidades apreciaríamos mejor lo que teníamos en Panamá y lucháramos para mantenerlo.
Me sentía tan orgulloso de que en Panamá, en ese entonces, aún se disfrutaba de relativa calma social y seguridad personal. Alardeaba de que aquí aún se podía vivir sin guardaespaldas y sin convertir nuestras casas en cárceles. Me alegraba liberarme de las medidas de seguridad cuando arribaba a mi país. Desgraciadamente, todo lo anterior es cosa del pasado. No aprendimos a apreciar lo que teníamos y lo perdimos. Recuperar la antigua paz y seguridad ciudadana va a ser muy difícil. ¡Cuán cierta es la canción, creo de Sandra, que dice "nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde"!
Ya no podemos decir que aquí existe un clima de relativa seguridad ciudadana, todo lo contrario. Cada día suceden más y más crímenes violentos, florece el tráfico de droga y con él, todas sus secuelas malignas; las pandillas juveniles operan impunemente y es innegable la presencia del crimen organizado en nuestro suelo. Hay "mafia" de toda clase. Nuestras residencias se han convertido en verdaderas cárceles. Los ricos emplean guardaespaldas; me cuentan que ya algunos viajan en carros blindados. Los niños de cierto nivel social son objetos de secuestros.
Hemos perdido la inocencia de un país tranquilo. Volver al Panamá de antes no será fácil, menos aún cuando los responsables por establecer el orden y protegernos no aceptan que existe un problema de inseguridad ciudadana. Negar que existe este problema inhabilita la búsqueda de soluciones. Sin embargo, más que culpar a los políticos, los gobiernos y a las autoridades, debemos culparnos a nosotros mismos, a la sociedad civil, a los clubes cívicos, a los gremios.
Debemos culpar nuestra inercia ciudadana. No me vengan con el cuento que nada se puede hacer. Mucho podemos hacer si nos organizamos. Los programas de Vecinos Vigilantes que realiza la Policía Nacional es una acción comunitaria exitosa que debemos respaldar y expandir. En mi barrio ha contribuido a disminuir la delincuencia. A través de acciones comunitarias como ésa es como se puede combatir el crimen. Así lo hacen madres en barrios pobres de New York, quienes expulsan a los traficantes de sus guaridas con acciones de masa exponiéndoles a punta de sonido de cacerolas.
¿Cómo es posible que las bandas juveniles y el tráfico de drogas prospere en la otrora tranquila campaña interiorana? ¿Me quieren decir que en comunidades como David, Tolé, Santiago, Chitré, Parita y campos de Las Tablas, por ejemplo, donde todos nos conocemos, los vecinos del lugar no saben quiénes, cómo y dónde se trafica? ¿Por qué callamos? ¿Dónde está la valentía ciudadana para denunciar a los que destruyen nuestras estructuras familiares y buenas costumbre? ¿Qué hay del espíritu comunitario y buenas costumbres interioranas?
Y qué decir de los barrios populares de nuestras ciudades canaleras, que son los más afectados. ¿Cuándo vamos a reaccionar y organizarnos contra la violencia y el crimen? ¿Cuándo van a despertar de su letargo los clubes cívicos y los gremios? ¿Será que estamos esperando que los gringos no resuelvan el problema? ¡Amanecerá y veremos!
También se debe mencionar que bajo su presidencia se inició la reforma constitucional que creó el Tribunal Electoral "independiente de los Órganos Ejecutivo y Judicial y con privativa competencia para interpretar y aplicar la ley electoral y para dirigir, vigilar y fiscalizar todas las fases del proceso electoral " (Constitución de 1946, art. 105) por el Acto Legislativo No. 2 del 16 de Febrero de 1956. De hecho, el gran logro del presidente fue terminar el período sin sobresalto y contribuir así a enrumbar el país hacia una período de doce años de relativa estabilidad constitucional.
Continuará la próxima semana
(ariyan@sinfo.net)