Instrumentos contra la corrupción
Cierto es que el combate contra las prácticas corruptas necesita de herramientas legales, pero muchas ya se tienen y no necesariamente rinden sus mejores frutos. Ocurre que una sociedad se enfrenta al crimen de cuello blanco a través de sus mejores hombres y mujeres, pues se requiere integridad, valentía e inteligencia para enfrentar las redes de lo ilícito que anidan invisibles en el Estado y en la sociedad.
La ciudadanía debe cooperar, por supuesto, pero es más probable que lo haga si del otro lado del escritorio encuentra compromiso y arrojo por parte de los funcionarios que tienen como función perseguir el delito. Si, por el contrario, sale a su encuentro un rostro abúlico de algún burócrata anónimo, quizás la conclusión sea de que "esto no va para ninguna parte", y que, por tanto, no vale la pena el tiempo, el esfuerzo, el sacrificio de los particulares. El gobierno y las instituciones del sistema de justicia deben poner empeño en formar recursos humanos de calidad, pues sin este elemento subjetivo no hay lucha que triunfe. Ya es tiempo de que el presupuesto de la nación refleje sus prioridades y no las rutinas anuales de los jefes de compras.
Sería una gran contribución a la moral del país que el gobierno explicara públicamente cómo planifica emplear los recursos del Estado en la lucha contra la corrupción. Pues si no se pone el dinero donde están las supuestas prioridades, entonces esto quiere decir que no hay una verdadera voluntad de erradicar la corrupción, ni su simiente más dañina, la impunidad.
Leyes, formación técnica y científica y recursos financieros y tecnológicos, todos son instrumentos necesarios para luchar contra la corrupción, que se tendrán cuando se tenga la voluntad de combatirla de modo frontal.
La ciudadanía debe cooperar, por supuesto, pero es más probable que lo haga si del otro lado del escritorio encuentra compromiso y arrojo por parte de los funcionarios que tienen como función perseguir el delito. Si, por el contrario, sale a su encuentro un rostro abúlico de algún burócrata anónimo, quizás la conclusión sea de que "esto no va para ninguna parte", y que, por tanto, no vale la pena el tiempo, el esfuerzo, el sacrificio de los particulares. El gobierno y las instituciones del sistema de justicia deben poner empeño en formar recursos humanos de calidad, pues sin este elemento subjetivo no hay lucha que triunfe. Ya es tiempo de que el presupuesto de la nación refleje sus prioridades y no las rutinas anuales de los jefes de compras.
Sería una gran contribución a la moral del país que el gobierno explicara públicamente cómo planifica emplear los recursos del Estado en la lucha contra la corrupción. Pues si no se pone el dinero donde están las supuestas prioridades, entonces esto quiere decir que no hay una verdadera voluntad de erradicar la corrupción, ni su simiente más dañina, la impunidad.
Leyes, formación técnica y científica y recursos financieros y tecnológicos, todos son instrumentos necesarios para luchar contra la corrupción, que se tendrán cuando se tenga la voluntad de combatirla de modo frontal.