Intereses económicos en la democracia
La democracia no recomienda privilegiar a un sector productivo sobre otro; es la dinámica de los mercados la que se encarga de abrirle las puertas a unos y cerrárselas a otros, y el Estado no debe intentar contradecir este destino caprichosamente.
No debemos perder de vista que los mecanismos que tradicionalmente se han usado para contrarrestar la lógica de los mercados, es decir, los subsidios y los aranceles, han perdido toda legitimidad, pues los subsidios fueron creados con un sentido de provisionalidad, que ya ha sido ampliamente superado, y los aranceles van a contramano de los acuerdos internacionales de promover el libre comercio.
Tampoco está de más considerar que utilizar al Estado como instrumento para proteger a un sector específico de industriales o productores es un privilegio que resulta indeseable para la generalidad del sector empresarial, pues los privilegios son odiosos tanto cuando se trata de funcionarios, como cuando sus receptores son empresarios. De allí que las empresas deben hacerse competitivas y dejar de descansar en subsidios estatales y barreras arancelarias para su sobrevivencia.
Las regulaciones fitosanitarias sólo deben usarse para proteger la salud pública y no como una barrera artificial contra ciertos productos, protegiendo subrepticiamente la falta de competitividad de ciertos productores nacionales. Para que la economía panameña logre una inserción exitosa en el mercado internacional deberá acercarse al ideal de una economía abierta en el mayor grado posible.
El futuro será de las empresas que sean capaces de producir para la exportación, pues el mercado interno panameño es muy pequeño para sostener el crecimiento deseado por los capitales nacionales. Del gobierno sólo debe esperarse reglas del juego claras, transparencia e integridad en su gestión, y un apoyo estratégico en lo relativo a facilitar el acceso a mercados internacionales y a la promoción de la imagen de un país con instituciones sólidas y confiables.
No debemos perder de vista que los mecanismos que tradicionalmente se han usado para contrarrestar la lógica de los mercados, es decir, los subsidios y los aranceles, han perdido toda legitimidad, pues los subsidios fueron creados con un sentido de provisionalidad, que ya ha sido ampliamente superado, y los aranceles van a contramano de los acuerdos internacionales de promover el libre comercio.
Tampoco está de más considerar que utilizar al Estado como instrumento para proteger a un sector específico de industriales o productores es un privilegio que resulta indeseable para la generalidad del sector empresarial, pues los privilegios son odiosos tanto cuando se trata de funcionarios, como cuando sus receptores son empresarios. De allí que las empresas deben hacerse competitivas y dejar de descansar en subsidios estatales y barreras arancelarias para su sobrevivencia.
Las regulaciones fitosanitarias sólo deben usarse para proteger la salud pública y no como una barrera artificial contra ciertos productos, protegiendo subrepticiamente la falta de competitividad de ciertos productores nacionales. Para que la economía panameña logre una inserción exitosa en el mercado internacional deberá acercarse al ideal de una economía abierta en el mayor grado posible.
El futuro será de las empresas que sean capaces de producir para la exportación, pues el mercado interno panameño es muy pequeño para sostener el crecimiento deseado por los capitales nacionales. Del gobierno sólo debe esperarse reglas del juego claras, transparencia e integridad en su gestión, y un apoyo estratégico en lo relativo a facilitar el acceso a mercados internacionales y a la promoción de la imagen de un país con instituciones sólidas y confiables.