Intoxicación por plomo
El plomo es un elemento químico, metálico, blando, de color azul grisáceo, cuyas dosis elevadas por inhalación, ingestión o retención de materiales plomados producen un conjunto de síntomas, con manifestaciones tan severas como el coma o la muerte.
¿Será que estamos en coma para no darnos cuenta de la epidemia de intoxicación por plomo que estamos viviendo en Panamá?
Hay que analizar la situación en que vivimos, cuando toca recibir la espantosa noticia que algún conocido o amigo que hace dos meses se había casado y su esposa tiene desde hace un mes una criatura en su vientre, fue asesinado hace una semana, por herida de arma de fuego, un día de trabajo a las 9:00 de la mañana. Espantosa y preocupante la noticia de que a una colega y amiga la hirieron con una bala en el abdomen hace dos días, mientras hacía ejercicios al amanecer.
Aún siendo médico, causa gran impacto entrar al salón de operaciones a las 3:00 de la mañana a reparar el daño que un proyectil por arma de fuego ha causado a un joven de 22 años, quien en teoría tiene toda una vida por delante.
A diario lees en periódicos la cantidad de muertes por violencia, la cual está más cerca de cualquiera de nosotros. Con experiencias como la de suturar heridas de los pies de un compañero de trabajo quien tiene un hijo de meses de nacido, causadas al escapar de unos secuestradores.
La situación merece tanto análisis que en una sola página no alcanza para escribir todas los actos de violencia que a diario escuchas.
Surgen en mí algunas preguntas, ¿tenemos la cura para esta enfermedad? ¿Están la policía y la sociedad asumiendo la función que deben desempeñar?
Lo primero que tenemos que hacer es conocer la enfermedad, para poder hacer un diagnóstico y, de esta manera, ofrecer un buen tratamiento.
Está aumentando notablemente la incidencia de muerte por violencia, situación que enfrenta la realidad de estar en un país en donde la música folklórica es cambiada por el ruido de un arma o por el llanto de una madre que recuerda con nostalgia la última sonrisa de su hijo; donde los estudiantes, en vez de ir a olimpiadas deportivas o científicas, prefieren ir a tirar piedras y cometer actos vandálicos.
Si seguimos de esta forma, llegaremos al punto de que, al bajarnos del auto al llegar a casa, en vez de estar alegres por ver a nuestra familia, estaremos temerosos de que nos pueden asaltar, y preocupados ante la falta de confianza en las autoridades y en la justicia panameña. Definitivamente es un problema de sanidad pública y de política de Estado. No hay que ser negativos y restarle mérito a las autoridades, quienes desde hace un tiempo para acá han capturado a algunos delincuentes y desarticulado a varios grupos criminales; sin embargo, ello no es suficiente para que tengamos la seguridad que reinaba hasta hace un tiempo en las calles de nuestro país.
Una de las bases de cualquier tratamiento es la prevención. Hacerlo esto no es fácil, pero eso no justifica no intentarlo. El primer paso a dar es el cambio en nosotros. No debemos ser panameños indiferentes y que sólo nos preocupemos cuando se afecta un ser querido. Lo que tenemos que hacer es preocuparnos por los niños y la juventud, brindarles las herramientas necesarias para que desarrollen su potencial humano, aislarlos de la mediocridad y la violencia; que decidan cambiar las armas por instrumentos de música, libros, algún deporte; que respeten la vida y, de esta forma, lo que aporten al país sean triunfos y no desgracias.
La ciencia avanza a pasos agigantados, y nosotros no podemos quedarnos atrás y dejarnos intoxicar por el plomo. Somos los carpinteros de nuestra patria, ebanistas de nuestro futuro. Tenemos la suerte de tener un gran país, y parafraseando a un gran individuo líder, J. F. Kennedy, debemos interesarnos por lo que podemos ofrecerle a Panamá, y no en lo que podamos recibir de esta nación.
Seamos un ejemplo de paz para nuestras generaciones futuras, y así poder erradicar esta epidemia que hoy en día nos afecta.
¿Será que estamos en coma para no darnos cuenta de la epidemia de intoxicación por plomo que estamos viviendo en Panamá?
Hay que analizar la situación en que vivimos, cuando toca recibir la espantosa noticia que algún conocido o amigo que hace dos meses se había casado y su esposa tiene desde hace un mes una criatura en su vientre, fue asesinado hace una semana, por herida de arma de fuego, un día de trabajo a las 9:00 de la mañana. Espantosa y preocupante la noticia de que a una colega y amiga la hirieron con una bala en el abdomen hace dos días, mientras hacía ejercicios al amanecer.
Aún siendo médico, causa gran impacto entrar al salón de operaciones a las 3:00 de la mañana a reparar el daño que un proyectil por arma de fuego ha causado a un joven de 22 años, quien en teoría tiene toda una vida por delante.
A diario lees en periódicos la cantidad de muertes por violencia, la cual está más cerca de cualquiera de nosotros. Con experiencias como la de suturar heridas de los pies de un compañero de trabajo quien tiene un hijo de meses de nacido, causadas al escapar de unos secuestradores.
La situación merece tanto análisis que en una sola página no alcanza para escribir todas los actos de violencia que a diario escuchas.
Surgen en mí algunas preguntas, ¿tenemos la cura para esta enfermedad? ¿Están la policía y la sociedad asumiendo la función que deben desempeñar?
Lo primero que tenemos que hacer es conocer la enfermedad, para poder hacer un diagnóstico y, de esta manera, ofrecer un buen tratamiento.
Está aumentando notablemente la incidencia de muerte por violencia, situación que enfrenta la realidad de estar en un país en donde la música folklórica es cambiada por el ruido de un arma o por el llanto de una madre que recuerda con nostalgia la última sonrisa de su hijo; donde los estudiantes, en vez de ir a olimpiadas deportivas o científicas, prefieren ir a tirar piedras y cometer actos vandálicos.
Si seguimos de esta forma, llegaremos al punto de que, al bajarnos del auto al llegar a casa, en vez de estar alegres por ver a nuestra familia, estaremos temerosos de que nos pueden asaltar, y preocupados ante la falta de confianza en las autoridades y en la justicia panameña. Definitivamente es un problema de sanidad pública y de política de Estado. No hay que ser negativos y restarle mérito a las autoridades, quienes desde hace un tiempo para acá han capturado a algunos delincuentes y desarticulado a varios grupos criminales; sin embargo, ello no es suficiente para que tengamos la seguridad que reinaba hasta hace un tiempo en las calles de nuestro país.
Una de las bases de cualquier tratamiento es la prevención. Hacerlo esto no es fácil, pero eso no justifica no intentarlo. El primer paso a dar es el cambio en nosotros. No debemos ser panameños indiferentes y que sólo nos preocupemos cuando se afecta un ser querido. Lo que tenemos que hacer es preocuparnos por los niños y la juventud, brindarles las herramientas necesarias para que desarrollen su potencial humano, aislarlos de la mediocridad y la violencia; que decidan cambiar las armas por instrumentos de música, libros, algún deporte; que respeten la vida y, de esta forma, lo que aporten al país sean triunfos y no desgracias.
La ciencia avanza a pasos agigantados, y nosotros no podemos quedarnos atrás y dejarnos intoxicar por el plomo. Somos los carpinteros de nuestra patria, ebanistas de nuestro futuro. Tenemos la suerte de tener un gran país, y parafraseando a un gran individuo líder, J. F. Kennedy, debemos interesarnos por lo que podemos ofrecerle a Panamá, y no en lo que podamos recibir de esta nación.
Seamos un ejemplo de paz para nuestras generaciones futuras, y así poder erradicar esta epidemia que hoy en día nos afecta.