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Inversionistas extranjeros


Hubo una época en el país que la mayoría de los inversores visibles eran norteamericanos, esto por la polémica de una soberanía mal entendida han ido menguando; ahora los que nos visitan mayormente como inversionistas son colombianos y chinos. Comparando nos damos cuenta que existen diferencias muy marcadas en la calidad de estos inversionistas; si bien recordamos los inversionistas americanos son personas acostumbradas a un nivel de vida alto y en cualquier sitio desean mantener su status, establecen negocios formales y para ello son altos consumidores: frecuentan buenos restaurantes, van al cine, hacen compras, hacen turismo interno, utilizan buenas viviendas, están acostumbrados a pagar los impuestos, pero, sobre todo, pagan generosamente por el servicio a su satisfacción que reciben, en síntesis son entes multiplicadores en cualquier economía.
En cambio, los inversionistas colombianos, salvo contadas excepciones, no son sinceros y ladinos, siempre tratan de pagar una bagatela por los servicios que solicitan, son receptores de la gran masa de indocumentados de ese origen en el país, tratan de evadir el impuesto a como dé lugar, son promotores de la economía informal y del comercio al por menor (ilegal para extranjeros), arrastran la pesada carga de violencia, criminalidad y trafico de drogas de la que no se pueden disociar. Sus inversiones grandes siempre están acompañadas de un velo de misterio, sospechas, que no permiten un desarrollo adecuado. No son grandes consumidores, por lo que su efecto en la economía nacional es mediatizado.
Los “inversionistas” chinos, provenientes de las clases paupérrimas de China Continental, generalmente son producto del trafico ilegal de indocumentados. Son introducidos al país burlando la ley de promoción a las inversiones extranjeras mediante un fraude o artimaña legal: el traficante abre un depósito de plazo fijo a nombre del “inversionista”, el cual jamás tendrá acceso a la cuenta, pues le retienen los documentos, y vienen al país en condiciones de esclavitud, ya que los que los traen (chinos poderosos establecidos en conjunto con mafia china y el apoyo del gobierno chino y de autoridades corruptas) los ponen a trabajar para un paisano por 5 años en condiciones infrahumanas con su consentimiento, por la comida, sin salario, con jornadas excesivas, sin ningún derecho legal, una muda de ropa cada 6 meses, durmiendo sobre cajas de sodas o en cartones suelo (el traficante es el que cobra), pero con la promesa de que una vez cumplido el plazo le financiarán el establecimiento de su propio negocio, le pondrán otro chino esclavo y así comenzará un nuevo ciclo. La garantía del repago de los gastos es su vida, de allí tanto secuestro y asesinato de comerciantes chinos.
Estos chinos acostumbrados a vivir en la miseria absoluta sin una mínima esperanza de mejorar aceptan esas condiciones con resignación. Pero no son realmente promotores de la economía pues no consumen productos nacionales, no compran en almacenes, no hacen turismo, no frecuentan restaurantes, son receptores de indocumentados, pagan pésimamente mal a los nacionales, son evasores a ultranza de todos los impuestos pues mantienen doble facturación, son exportadores de divisas y últimamente han traído hasta obreros chinos ilegales para hacer sus construcciones, en síntesis su impacto en nuestra economía es nulo. Toda esta situación debe ser conocida por las autoridades, pues es dominio público y es inexcusable que no hagan nada para controlar esto ya si proteger el empleo para los panameños, mas bien la solapan, lo que podría hacer pensar a muchos que son partícipes del negocio.
Es hora de poner los intereses del país por delante y que tomemos cartas en el asunto, que el pueblo denuncie estas violaciones, que les exija empleos y salarios justos para panameños. Esta denuncia no tiene connotaciones xenofóbicas, porque describen una realidad y no tenemos nada en contra los chinos de segunda y tercera generación que no son partícipes y se comportan como panameños. Esto nos hace recordar el viejo adagio de que “nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”.

101 años de Panamá América

 
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