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Investigación precaria


La repartición de la función de investigación criminal entre el Ministerio Público y la Policía Nacional, jugando a los pesos y contrapesos o, más precisamente, a la división de poderes, con el Instituto de Medicina Legal para uno y la Dirección de Investigación Judicial para el otro, no ha mejorado en nada la técnica de la investigación criminal.

Ambas siguen dependiendo del medio de prueba más endeble, que nos viene desde el siglo XIX y antes, los testigos. No importa que hayan recibido millones en equipos, ni el entrenamiento en ADN, ni en dactiloscopia. En todos los sumarios de investigación y audiencias de juzgamiento, la prueba suprema sigue siendo el testimonio, que es un medio desacreditado por la fragilidad de la memoria humana.

Por otra parte, basta con que un testigo se retracte, cambie su declaración, desaparezca, se contradiga, se niegue, se arrepienta o coja miedo, para que el caso se caiga. Ninguna de las dos entidades es capaz de reunir otras pruebas técnicas de complemento o respaldo, para no decir que debiera ser al contrario, esto es que los testimonios debieran ser supletorios.

En el 2007, por ejemplo, en una exitosa operación coordinada por la DEA, nuestras autoridades desmantelaron una gigantesca red de narcotraficantes locales cuya sede principal estaba en Chiriquí. Negocios de fachada, islas, vehículos lujosos y residencias lujosas, fincas, a más de pesadas cuentas bancarias, fueron requisados. Ahora todo el caso puede desmoronarse por falta de evidencias porque los testigos se retractaron.

Pueda ser que algún día contemos con un aparato eficiente de investigación criminal, que descanse más en la fuerza de pruebas científicas modernas, que sobre los frágiles testimonios. ¿Quién puede recordar los detalles de hechos ocurridos una semana, un mes o años atrás? Es más, una hora y ya hay problemas.

101 años de Panamá América

 
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