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Ir por fuera


Vivimos en un escenario histórico que dentro del calendario tiene una movilidad y una inestabilidad de acontecimientos de todo orden que nos sitúan en expectativas intensas típicas de nuestra condición de país en vías de desarrollo. Por tanto, no es extraño que de repente oigamos consignas, y se trate de otra protesta por algún tema de nuestro devenir ciudadanos que quizás no esperábamos.
Vivimos de sorpresas en sorpresas. El domingo pasado, la liturgia de la Palabra, en su tercera lectura, traía para nuestra reflexión el pasaje del Capítulo 16 del Evangelio de Mateo en que se nos presentaban varias sorpresas, el caso del paralítico que era transportado sobre los hombros de cuatro hombres que no podían tener acceso al lugar donde se encontraba el Taumaturgo Jesús en procura de una sanación. Estaba tan lleno el recinto donde estaba Jesús que decidieron "ir por fuera", ya que nadie les iba a dar la cortesía de nada para acceder a Jesús. "Ir por fuera", que en este caso fue ir por arriba, y se encaramaron en el techo y militarmente comenzaron a quitar las tejas y abrir un hueco suficientemente ancho y por él hicieron descender al paralítico.
A mí siempre me ha llamado la atención la tenacidad de estos compañeros del paralítico que, francamente, demostraron una determinación a toda prueba animados por la fe del paralítico, asumo yo, quien era el que dirigía el operativo. "Vamos por fuera", es lo que parece que a posteriori pensaron los protagonistas de este suceso evangélico.
Entre nosotros ya se ha hecho popular la expresión "Ir por fuera". ¿Quién la inventó? ¿Será otra reminiscencia más de nuestro "bilingüismo"? No sé. Pero de tanto oírla, ya como que sé qué quieren decir. A mi modesto entender, y supongo que la frase tendrá significados variados en contextos diversos, viene a ser sinónimo de no importarle a uno lo que hagan los demás o lo que vayan a decir; yo hago las cosas como yo creo, no importa si está prohibido o reglamentado. Por ejemplo, cuando vemos que un vehículo de transporte colectivo o selectivo se sale de las reglas ordinarias de tránsito (lo cual lo hacen con pasmosa frecuencia) que la mayoría trata de observar, afirmamos "va por fuera". Los solidarios del paralítico fueron por fuera.
Más aún, como querían el fin usaron los medios. Con el riesgo que eso supone, se encaramaron en el techo con todo y enfermo. Ya eso es una hazaña y además imprudente. Luego, ¿con la autoridad de quién? Removieron las tejas y abrieron un boquete suficiente amplio para poder colocar la camilla con todo y enfermo. De esto el escrito sagrado sólo nos dice que lo hicieron. Y lo que ya me parece tan admirable como el mismo milagro de su curación fue el hacer descender al enfermo ante Jesús. Con lo delicado que es el hacer descender un objeto pesado sostenido por las cuatro puntas a fin de que no se rompiera el balance y más tratándose de una persona humana con su propio peso (de 120 a 130 libras) y mucho más tratándose de un enfermo ya descalificado de la lista de los curables, obviamente que fue objeto de comentarios sangrones y críticos de los interlocutores. "Oigan, ¿a quién se le ocurre?" Y quizás algunas otras frases que no eran salmodias. Pero ellos lograron su cometido. Fue un trabajo bien hecho. Fue poner todos los medios para conseguir la aprobación de Jesús, Médico Divino.
La parálisis todos sabemos lo que es, sin entrar a investigar o departir sobre sus diversas causas o distintas apariencias. Cuando vemos a alguien en silla de ruedas, normalmente nos informan de que sucedió esto y aquello, y que no pudo caminar más. O no puede mover los brazos o no puede mover la cabeza. Es triste. Siempre uno piensa: "Dios mío, qué haría yo si yo quedase reducido a una silla de ruedas que no me puedo valer y tengo que depender de terceros". ¡Dios nos libre!, decimos y ojalá el Señor nos escuche. Pero de la parálisis física saltamos a la parálisis en sentido figurado, moral y a las muchas parálisis que colectivamente estamos sufriendo.
No progresamos moralmente, sino que seguimos tomando en serio los carnavales, que es de las instituciones más sagradas que tenemos en nuestras costumbres y que, a ciencia cierta, ya no sabemos qué significa porque tiene tantas y tan diversas expresiones que quizá la suma de todas ellas resultan ser los carnavales. Con estas fiestas se paraliza la actividad productiva y económica del país, se paraliza la gestión de agilizar los trámites legales, gubernamentales, actividades cívicas. Por lo visto, a juzgar por las consecuencias lamentables inevitables que han sucedido a través de los años, no importa las advertencias de las autoridades encargadas del orden público o de las autoridades de salud; repetitivamente se vuelven a dar hechos que seguimos lamentando porque pareciera que se nos paraliza la capacidad de pensar, la capacidad de mantener la cordura y las buenas costumbres. No digamos ya sobre la paralización de las actividades religiosas que, incluso, éstas se convierten en objeto de mofa y de burla de la actividad carnestolenda. Pero Jesús curó al paralítico, a pesar de que sus adversarios cuestionaban su proceder en nombre de Dios. Como muchos cuestionan las prohibiciones de estos días, como si se les conculcaran derechos para hacer de todo.
Jesús lo curó y le perdonó sus pecados. Ojalá nos cure de tantas parálisis a las que, constantemente, estamos expuestos, y de ahí los déficits y demás componendas para salvar la cara ante el resto del mundo.

101 años de Panamá América

 
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