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Irak, Katrina y Wall Street


Katrina no ha sido el peor huracán de la historia, ni siquiera el más violento, pero sucedió en un momento y en un lugar muy particular, cuando el señor Bush estaba muy ocupado en hacer ahorcar a Sadam Hussein (mission acomplished). El desastre ocurrió en Nueva Orleáns. Aún recuerdo las imágenes de aquellas multitudes desesperadas, empobrecidas y abandonadas a su suerte. Katrina, Irak y Wall Street desnudaron tres falacias ontológicas: La que aseguraba que en Estados Unidos no había miseria, que el mercado es libre por naturaleza e Irak demostró que USA ya no es el líder moral del mundo libre.

No han faltado en las empresas, en los periódicos y en los gobiernos, algunos obcecados que no hayan alabado, una y otra vez, estas falacias y lo que es todavía peor, quienes no hayan abrazado los dogmas neoliberales de instituciones internacionales utilizadas como arma política para señalar, descalificar, coaccionar u ordenar lo que un país soberano debe hacer con su política económica.

Bajo el eslogan antidemocrático: "Los que no piensan como yo son mis enemigos", el mundo se encuentra convulsionado, un huracán económico arremete con lo que James Moore describe como "A Nation of Village Idiots". Eso es lo que creen que somos quienes consideran al mundo como un inmenso casino o un casillero del decadente juego de Monopolio.

El prestigioso diario New York Times publica el 18 de septiembre un artículo interesantísimo: "Diamond and Kashyap on the recent financial upheavals". Diamond y Kashyap son dos economistas de la Universidad de Chicago consultados por el frustrado articulista. Luego de un pormenorizado relato secuencial de lo sucedido a las grandes empresas financieras e hipotecarias lo único que el gobierno republicano dejó en claro con sus intervenciones es que el sistema estaba quebrado. La conclusión final de estos expertos parece un oximoron borgesiano. Con similar ironía afirman que la crisis se desató porque se careció, a corto plazo, de capital suficiente.

Es una paradoja sarcástica que en la economía capitalista más desarrollada un puñado de mega-empresas se haya quedado sin dinero y que nadie lo haya notado. Si esto fuera un cuento policial -como en realidad parece- la moraleja revela que la "mano invisible" que regula el mercado lleva puesto guantes blancos. Pero la gente no es idiota, el mercado no está libre de la avaricia, ni los "homo consumens" podemos liberarnos del engaño de minorías opulentas, cuyo dogma ideológico se basa en el egoísmo competitivo y el autoritarismo del pensamiento único.

Aplicando un socialismo inverso (por no decir perverso), el Estado ha socorrido a empresas multimillonarias con el dinero de los contribuyentes. Esto ocurre por ciclos, dicen los cantautores del esperpento, como en la naturaleza los huracanes. Del mismo modo que en la gran depresión de 1930, el entonces denostado intervencionismo estatal keynesiano vuelve a aplicarse ahora con el mismo sigilo astuto de las fieras en acecho. Pero si no hay cambios conceptuales y estructurales en la manera de hacer política y de manejar la economía, todo esto será una pesadilla que volverá a repetirse cíclicamente. Cínicamente.

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