Irak, la ONU y el gran fraude
Desde su origen como Sociedad de las Naciones, la ONU ha sido muy poco eficaz para lograr la paz mundial y ha resultado ser un imán para las corruptelas de altos vuelos. En sus aparentes intenciones nada más noble que el programa de la ONU "petróleo-por alimentos" en Irak. Pero en los resultados esta ambiciosa operación humanitaria no sólo fue ineficaz, sino que propició una gran corrupción.
Ante la carencia de recursos para importar alimentos, medicinas y otros bienes básicos para el bienestar de la población, dado el embargo decretado contra Irak tras la invasión a Kuwait y la guerra del golfo pérsico, la propuesta de facilitar que las exportaciones de petróleo iraquí se transformasen en esos preciados bienes parecía estupenda.
¿Quién mejor para la tarea que la ONU? Se montó así, bajo premisas políticamente inatacables, la mayor operación de ayuda humanitaria en la historia del planeta. La ONU se encargaría de colocar el petróleo iraquí, con el apoyo del gobierno de Irak, y se encargaría de que con esos recursos -alrededor del 70% de los ingresos por las exportaciones- se adquiriesen alimentos y medicinas para distribuirse entre los iraquíes más necesitados.
El diseño del programa contempló un ingreso para la ONU de alrededor del dos por ciento que cubriría los gastos de administración y los salarios de los funcionarios encargados y que, señaló entonces algún malicioso, se convertía en el más cuantioso ingreso regular de la ONU en su historia, al margen de las aportaciones de los países miembros.
Falló casi todo. El gobierno de Sadam Hussein -muy probablemente con la complacencia de algunos funcionarios de la ONU- cotizó a descuento entre sus amigos del mundo unos "vales" o certificados de venta de petróleo iraquí para que estos amigos los revendieran a precios de mercado. Y al otro lado de la operación, en la compra de alimentos y medicinas, también hubo trampas; se habla de que buena parte de las compras se hicieron con sobreprecios del diez por ciento. Además, la distribución de alimentos y medicinas también dejó mucho que desear.
La ONU está plagada de problemas y, fuera de los discursos pacifistas, pierde credibilidad a pasos acelerados. Es difícil confiar en un organismo cuya comisión de derechos humanos la preside Libia o que falló miserablemente para evitar atrocidades en Bosnia, en Ruanda y en Sudán. En vez de abordar sin miedo el rediseño radical de la ONU, varios de los países miembros la usan como pretexto para crearle un contrapeso -más propagandístico que efectivo- al poderío de Estados Unidos. Esto puede ser bueno para la burocracia premier de la ONU, pero muy malo para la paz del mundo.
*Analista político mexicano.
© www.aipenet.com
Ante la carencia de recursos para importar alimentos, medicinas y otros bienes básicos para el bienestar de la población, dado el embargo decretado contra Irak tras la invasión a Kuwait y la guerra del golfo pérsico, la propuesta de facilitar que las exportaciones de petróleo iraquí se transformasen en esos preciados bienes parecía estupenda.
¿Quién mejor para la tarea que la ONU? Se montó así, bajo premisas políticamente inatacables, la mayor operación de ayuda humanitaria en la historia del planeta. La ONU se encargaría de colocar el petróleo iraquí, con el apoyo del gobierno de Irak, y se encargaría de que con esos recursos -alrededor del 70% de los ingresos por las exportaciones- se adquiriesen alimentos y medicinas para distribuirse entre los iraquíes más necesitados.
El diseño del programa contempló un ingreso para la ONU de alrededor del dos por ciento que cubriría los gastos de administración y los salarios de los funcionarios encargados y que, señaló entonces algún malicioso, se convertía en el más cuantioso ingreso regular de la ONU en su historia, al margen de las aportaciones de los países miembros.
Falló casi todo. El gobierno de Sadam Hussein -muy probablemente con la complacencia de algunos funcionarios de la ONU- cotizó a descuento entre sus amigos del mundo unos "vales" o certificados de venta de petróleo iraquí para que estos amigos los revendieran a precios de mercado. Y al otro lado de la operación, en la compra de alimentos y medicinas, también hubo trampas; se habla de que buena parte de las compras se hicieron con sobreprecios del diez por ciento. Además, la distribución de alimentos y medicinas también dejó mucho que desear.
La ONU está plagada de problemas y, fuera de los discursos pacifistas, pierde credibilidad a pasos acelerados. Es difícil confiar en un organismo cuya comisión de derechos humanos la preside Libia o que falló miserablemente para evitar atrocidades en Bosnia, en Ruanda y en Sudán. En vez de abordar sin miedo el rediseño radical de la ONU, varios de los países miembros la usan como pretexto para crearle un contrapeso -más propagandístico que efectivo- al poderío de Estados Unidos. Esto puede ser bueno para la burocracia premier de la ONU, pero muy malo para la paz del mundo.
*Analista político mexicano.
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