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Irak y los misiles de Corea del Norte


Mientras el tirano Sadam Husseim trataba de convencer al mundo que no tenía armas de destrucción masiva, nadie lo escuchaba; Corea del Norte observaba de lejos, calladamente pero con ojos desorbitados.
Estados Unidos y sus aliados rechazaron los dictámenes de los observadores in situ, que una y otra vez rebuscaban en vano lo que parecía no existir. A uno de ellos, El Bardei, de la Agencia Internacional de Energía Atómica, le otorgaron el Nobel de Paz del 2005. Nunca aparecieron tales armas.
En un intento desesperado para evitar la tragedia, Irak accedió a un pedido de la ONU para destruir sus cohetes de mediano alcance, aun estando dentro del rango de tolerancia permitido para asegurarse que no alcanzarían a Israel. Se desarmó y fue invadido. Y en ese momento, Irak no tenía con qué defenderse de los aviones que bombardeaban desde lejos del alcance de las baterías antiaéreas convencionales. Para eso eran los cohetes.
Luego de la invasión a Irak, Corea del Norte aceleró la fabricación de su primera bomba atómica y, paralelamente, gastó hasta el último centavo, necesario para que su población comiera, en construir cohetes de suficiente alcance como para llegar a Hawai y a cualquier país del Pacífico Oriental.
Para disuadir al mundo y, en especial a Estados Unidos, de que no es Irak, lanzó la semana pasada, un par de cohetes que pasaron por encima de Japón, recorriéndolo a todo lo largo y cayendo con precisión pasmosa en un punto previsto del Océano. La demostración de fuerza espantó, con razón a la comunidad internacional.
Visto lo ocurrido a Irak, será necesario mucho esfuerzo diplomático para convencer a Corea del Norte que le conviene desarmarse. Los esfuerzos hechos hasta ahora por China Popular, nación del planeta que más la influye, han fracasado.

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