"Israel, Jerusalén y la paz deseada"
¿Qué sucede cuando dos pueblos aguerridos se disputan por más de siete mil años un territorio de 30 kilómetros de ancho, por 80 de largo? Esos dos pueblos han sufrido grandes desavenencias: los israelíes sufrieron una diáspora de dos mil años, mientras que unos cuatro millones de palestinos viven fuera de los que era su país de origen.
Leí en un diario israelí en español, el Aurora, dos fenómenos extraños sobre lo que ocurre en la convivencia entre israelíes y palestinos: Una guardería de niños de ambas nacionalidades permite demostrar que es posible la armonía. Otro caso es el creciente número de parejas de soldados judíos con palestinas o viceversa.
Cuando Ehud Barak se disponía a viajar hacia la Cumbre Estadounidense de Camp David, para lograr el Acuerdo Definitivo de Paz en el Medio Oriente, sectores conservadores y religiosos hebreos intentaron derrocar el gobierno del dirigente laborista, por medio de una moción de censura. El Parlamento o Knéset, apenas dio aval a la gestión de Barak. Es más, la población refrendó la pericia del actual Primer Ministro puesto que millones de ciudadanos israelíes desean concretar un tratado de paz con el sempiterno enemigo árabe.
Pero los palestinos ya no son un enemigo. La convivencia es necesaria, si Israel pretende mantener su hegemonía industrial, científica y militar en la región de la Creciente Luna Fértil. Simón Pérez, ex premier hebreo, ya había propuesto un Mercado Común en la zona, en colaboración con los países árabes amigos de Israel. El tema del agua potable, escasa en la región, junto con los proyectos de ayuda agrícola para acabar con los desiertos áridos, son opciones claves para lograr una integración entre ambas culturas.
Desgraciadamente, llegamos a un punto crítico de las negociaciones de paz: El Estatuto Permanente y sus cuatro pilares. Estos pilares son la base para crear una estructura política integral que acabe con las enemistades bíblicas de antaño. El destino de los cuatro millones de refugiados palestinos, los asentamientos judíos en la Ribera Occidental del Río Jordán y la Franja de Gaza, el Estado Autónomo Palestino, junto con el futuro de la ciudad santa de Jerusalén, se han convertido en temas importantes para consolidar la paz regional.
Aunque en Camp David se han salvado los problemas de la creación y reconocimiento de un Estado Palestino, algo que se tenía dispuesto desde la firma del tratado de paz con Egipto en 1978, la cuestión de Jerusalén y los sitios sagrados religiosos se han transformado en un serio problema. La esencia misma de las culturas hebrea y árabe dependen del destino de la ciudad conquistada por David, hace más de cuatro mil años.
Jerusalén ha formado parte de la égida de los israelíes desde en que ella se fundó el Reino Hebreo. Tras el xodo, la civilización israelita se estableció en la parte oriental sur de la costa mediterránea, pero inmediatamente se encontraron con otras naciones: los filisteos antiguos, quienes hoy son los palestinos.
Como las cuestiones religiosas se vinculan a la mera supervivencia de las culturas, el tema de Jerusalén es realmente complicado. Desde 1917, la ciudad se convirtió en trofeo de las potencias europeas. En 1949, fue dividida y en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, fue unificada bajo el control israelí.
Recordemos que el sitio sensitivo de Jerusalén en la Vieja Ciudad. Los restos de la Muralla Occidental o Muro de los Lamentos, colinda con los cimientos del Segundo Templo. Pero arriba de esas ruinas, ahora está la Mezquita de Al Aqsa, el tercer sitio sagrado del Islam, después de La Meca y Medina. Para los judíos, el muro representa el vehículo de hablar con Yahvé; para los musulmanes, desde esa mezquita subió el alma del Profeta Mahoma a los cielos.
Múltiples soluciones se han planteado para dirimir el tema de la Capital de un Estado Palestino. Creemos que triunfará la opción de una sede gubernamental compartida entre Abu Dis y Jerusalén Oriental, pero se mantendría la integridad soberana de la Jerusalén Hebrea, sin dividirla formalmente, evitando herir susceptibilidades.
De hecho, jamás los israelíes permitirían volver al estado de dos Jerusalén de 1967. Pero los palestinos quieren que se les reconozcan su parte en la Ciudad Sagrada. Como la leyenda de Salomón y el niño disputado por las dos mujeres, Jerusalén será por siempre la manzana de la discordia, aunque también puede ser el vínculo que pueda unificar a esos dos pueblo enemistados.
Leí en un diario israelí en español, el Aurora, dos fenómenos extraños sobre lo que ocurre en la convivencia entre israelíes y palestinos: Una guardería de niños de ambas nacionalidades permite demostrar que es posible la armonía. Otro caso es el creciente número de parejas de soldados judíos con palestinas o viceversa.
Cuando Ehud Barak se disponía a viajar hacia la Cumbre Estadounidense de Camp David, para lograr el Acuerdo Definitivo de Paz en el Medio Oriente, sectores conservadores y religiosos hebreos intentaron derrocar el gobierno del dirigente laborista, por medio de una moción de censura. El Parlamento o Knéset, apenas dio aval a la gestión de Barak. Es más, la población refrendó la pericia del actual Primer Ministro puesto que millones de ciudadanos israelíes desean concretar un tratado de paz con el sempiterno enemigo árabe.
Pero los palestinos ya no son un enemigo. La convivencia es necesaria, si Israel pretende mantener su hegemonía industrial, científica y militar en la región de la Creciente Luna Fértil. Simón Pérez, ex premier hebreo, ya había propuesto un Mercado Común en la zona, en colaboración con los países árabes amigos de Israel. El tema del agua potable, escasa en la región, junto con los proyectos de ayuda agrícola para acabar con los desiertos áridos, son opciones claves para lograr una integración entre ambas culturas.
Desgraciadamente, llegamos a un punto crítico de las negociaciones de paz: El Estatuto Permanente y sus cuatro pilares. Estos pilares son la base para crear una estructura política integral que acabe con las enemistades bíblicas de antaño. El destino de los cuatro millones de refugiados palestinos, los asentamientos judíos en la Ribera Occidental del Río Jordán y la Franja de Gaza, el Estado Autónomo Palestino, junto con el futuro de la ciudad santa de Jerusalén, se han convertido en temas importantes para consolidar la paz regional.
Aunque en Camp David se han salvado los problemas de la creación y reconocimiento de un Estado Palestino, algo que se tenía dispuesto desde la firma del tratado de paz con Egipto en 1978, la cuestión de Jerusalén y los sitios sagrados religiosos se han transformado en un serio problema. La esencia misma de las culturas hebrea y árabe dependen del destino de la ciudad conquistada por David, hace más de cuatro mil años.
Jerusalén ha formado parte de la égida de los israelíes desde en que ella se fundó el Reino Hebreo. Tras el xodo, la civilización israelita se estableció en la parte oriental sur de la costa mediterránea, pero inmediatamente se encontraron con otras naciones: los filisteos antiguos, quienes hoy son los palestinos.
Como las cuestiones religiosas se vinculan a la mera supervivencia de las culturas, el tema de Jerusalén es realmente complicado. Desde 1917, la ciudad se convirtió en trofeo de las potencias europeas. En 1949, fue dividida y en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, fue unificada bajo el control israelí.
Recordemos que el sitio sensitivo de Jerusalén en la Vieja Ciudad. Los restos de la Muralla Occidental o Muro de los Lamentos, colinda con los cimientos del Segundo Templo. Pero arriba de esas ruinas, ahora está la Mezquita de Al Aqsa, el tercer sitio sagrado del Islam, después de La Meca y Medina. Para los judíos, el muro representa el vehículo de hablar con Yahvé; para los musulmanes, desde esa mezquita subió el alma del Profeta Mahoma a los cielos.
Múltiples soluciones se han planteado para dirimir el tema de la Capital de un Estado Palestino. Creemos que triunfará la opción de una sede gubernamental compartida entre Abu Dis y Jerusalén Oriental, pero se mantendría la integridad soberana de la Jerusalén Hebrea, sin dividirla formalmente, evitando herir susceptibilidades.
De hecho, jamás los israelíes permitirían volver al estado de dos Jerusalén de 1967. Pero los palestinos quieren que se les reconozcan su parte en la Ciudad Sagrada. Como la leyenda de Salomón y el niño disputado por las dos mujeres, Jerusalén será por siempre la manzana de la discordia, aunque también puede ser el vínculo que pueda unificar a esos dos pueblo enemistados.