Israel y la derrota de Netanyahu
Boston/AIPE . Cinco semanas antes de ser elegido primer ministro de Israel, en mayo de 1996, a Benjamín Netanyahu le preguntaron si Hebrón, la más antigua ciudad judía del mundo, sería entregada a los palestinos. "No veo razón para retirarnos de Hebrón. No sucederá", fue su contestación.
Pero en enero de 1997, el gobierno de Netanyahu entregó a Hebrón. Una caricatura en el diario Jerusalem Post mostró entonces al primer ministro mirándose en un espejo, pero la imagen reflejada era la de su antecesor, el apaciguador Shimon Peres, quien como ministro de Relaciones Exteriores impulsó el acuerdo de Oslo con Yasser Arafat, firmado con bombos y platillos en la Casa Blanca, en 1993.
Y mientras Israel era acosado por ataques terroristas durante los próximos dos años y medio, Peres seguía repitiendo, "el proceso de paz debe continuar". Para Netanyahu esa era una posición suicida que equivalía a premiar a los palestinos por asesinar judíos. Sin embargo, el mismo Netanyahu le estrechó la mano a Arafat al entregarle las llaves de Hebrón.
Si usted ha leído los comentarios de la prensa seguramente creerá que Netanyahu perdió las elecciones por obstruir el "proceso de paz" de Oslo.
La realidad es todo lo contrario. Netanyahu perdió porque no logró descarrilar lo que Rabin y Peres comenzaron, luego de haberlo prometido.
Es cierto que al ser electo primer ministro, Netanyahu dejó claro que no podía incumplir un tratado firmado por el gobierno israelí. Lo que sí estaba dispuesto a hacer era exigir su cumplimiento. Si Arafat y los palestinos no cumplían, entregando a los terroristas para ser juzgados y suspendiendo su constante incitación a la violencia contra Israel, no se les entregarían nuevos territorios.
En pocas palabras, el futuro de las concesiones de tierras a cambio de paz dependería del comportamiento de los palestinos, en el gobierno de Netanyahu.
Se trataba de una posición popular en Israel y aún más popular después de cada nuevo ataque terrorista, llevando a Netanyahu a la victoria en las elecciones contra Peres.
Pero el nuevo Churchill israelí pronto comenzó a convertirse en un Chamberlain. La retórica seguía dura, pero los hechos la desmentían.
Pacifistas fueron nombrados en cargos claves y Netanyahu aceptó reunirse personalmente con Arafat, un gesto de gran importancia simbólica que no consiguió nada a cambio. Cuando las tropas palestinas le dispararon a los judíos en Gaza, Ramallah, Belén y Nablus, en septiembre de 1996, la reacción de Netanyahu fue reunirse nuevamente con Arafat.
La izquierda israelí y la prensa mundial siguieron pintando a Netanyahu como belicoso e intransigente, pero los israelíes bien informados sabían que la política de concesiones unilaterales establecida por Rabin y Peres continuaba igual.
Los palestinos siguen soñando con borrar a Israel del mapa. Mientras los seguidores de Ehud Barak celebraban la victoria electoral, misiles de los terroristas de Hezbollah explotaban en los pueblos israelíes de Galileo, la misma organización que hace tres semanas repitió su exigencia de "eliminar al Estado judío".
Arafat ahora no sólo exige Jerusalén sino también a Beersheba, Acre y Jaffa. Tres años del gobierno de Netanyahu no desanimó el irredentismo palestino.
Al aceptar el proceso de paz de Oslo, Netanyahu desmoralizó al sector israelí que insistía en el cumplimiento por parte de los árabes, por lo cual colapsó la oposición al tratado y el nuevo consenso nacional favorece la pacificación.
Pienso que esto significa un resquebrajamiento de la voluntad nacional, algo que a Israel le costará muy caro. Pero las alternativas en las recientes elecciones fueron un candidato que con entusiasmo defiende el tratado de Oslo contra otro que lo defendía a medias y con resentimiento.
El pueblo apoyó el entusiasmo de Barak.
Pero en enero de 1997, el gobierno de Netanyahu entregó a Hebrón. Una caricatura en el diario Jerusalem Post mostró entonces al primer ministro mirándose en un espejo, pero la imagen reflejada era la de su antecesor, el apaciguador Shimon Peres, quien como ministro de Relaciones Exteriores impulsó el acuerdo de Oslo con Yasser Arafat, firmado con bombos y platillos en la Casa Blanca, en 1993.
Y mientras Israel era acosado por ataques terroristas durante los próximos dos años y medio, Peres seguía repitiendo, "el proceso de paz debe continuar". Para Netanyahu esa era una posición suicida que equivalía a premiar a los palestinos por asesinar judíos. Sin embargo, el mismo Netanyahu le estrechó la mano a Arafat al entregarle las llaves de Hebrón.
Si usted ha leído los comentarios de la prensa seguramente creerá que Netanyahu perdió las elecciones por obstruir el "proceso de paz" de Oslo.
La realidad es todo lo contrario. Netanyahu perdió porque no logró descarrilar lo que Rabin y Peres comenzaron, luego de haberlo prometido.
Es cierto que al ser electo primer ministro, Netanyahu dejó claro que no podía incumplir un tratado firmado por el gobierno israelí. Lo que sí estaba dispuesto a hacer era exigir su cumplimiento. Si Arafat y los palestinos no cumplían, entregando a los terroristas para ser juzgados y suspendiendo su constante incitación a la violencia contra Israel, no se les entregarían nuevos territorios.
En pocas palabras, el futuro de las concesiones de tierras a cambio de paz dependería del comportamiento de los palestinos, en el gobierno de Netanyahu.
Se trataba de una posición popular en Israel y aún más popular después de cada nuevo ataque terrorista, llevando a Netanyahu a la victoria en las elecciones contra Peres.
Pero el nuevo Churchill israelí pronto comenzó a convertirse en un Chamberlain. La retórica seguía dura, pero los hechos la desmentían.
Pacifistas fueron nombrados en cargos claves y Netanyahu aceptó reunirse personalmente con Arafat, un gesto de gran importancia simbólica que no consiguió nada a cambio. Cuando las tropas palestinas le dispararon a los judíos en Gaza, Ramallah, Belén y Nablus, en septiembre de 1996, la reacción de Netanyahu fue reunirse nuevamente con Arafat.
La izquierda israelí y la prensa mundial siguieron pintando a Netanyahu como belicoso e intransigente, pero los israelíes bien informados sabían que la política de concesiones unilaterales establecida por Rabin y Peres continuaba igual.
Los palestinos siguen soñando con borrar a Israel del mapa. Mientras los seguidores de Ehud Barak celebraban la victoria electoral, misiles de los terroristas de Hezbollah explotaban en los pueblos israelíes de Galileo, la misma organización que hace tres semanas repitió su exigencia de "eliminar al Estado judío".
Arafat ahora no sólo exige Jerusalén sino también a Beersheba, Acre y Jaffa. Tres años del gobierno de Netanyahu no desanimó el irredentismo palestino.
Al aceptar el proceso de paz de Oslo, Netanyahu desmoralizó al sector israelí que insistía en el cumplimiento por parte de los árabes, por lo cual colapsó la oposición al tratado y el nuevo consenso nacional favorece la pacificación.
Pienso que esto significa un resquebrajamiento de la voluntad nacional, algo que a Israel le costará muy caro. Pero las alternativas en las recientes elecciones fueron un candidato que con entusiasmo defiende el tratado de Oslo contra otro que lo defendía a medias y con resentimiento.
El pueblo apoyó el entusiasmo de Barak.