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Jaculatorias para el desayuno de todo jefe de gobierno


La noche del viernes 25 de abril de 2008 vivirá mucho tiempo en mi memoria. En la solemnidad de la entrega de la condecoración que honra a Rogelio Sinán y a quien la recibe, el poeta Pedro Rivera, en su discurso de aceptación, hizo la advertencia más válida que pueda hacerse hoy a un gobierno o a un equipo político diciendo: "Este es el siglo de la palabra".

Recordé enseguida que Fernán Pérez de Guzmán, en sus Generaciones y semblanzas, dice que, para escribir la historia, hay tres cosas indispensables que son: haberla vivido u oído de primera mano, escribirla en un estilo ameno y no publicarla en vida del príncipe. En su siglo XV, en España, había comenzado a campear irrefrenablemente la Inquisición: grandes talentos huían de reyes y príncipes, y todo el que escribía se cuidaba muy bien de lo que ponía en blanco y negro. Todavía abriendo el siglo XVII, al incomparable Giordano Bruno lo quemaban vivo en Roma, el 13 de febrero de 1600.

Sin embargo, desde la publicación de Les chatiments de Víctor Hugo y la del Facundo de Domingo Sarmiento, como heraldos del nuevo poder de castigo del hombre de talento superior, las cosas han cambiado. En nuestro país, siempre a la zaga en lo bueno, con tanto escribidor venal, en el siglo pasado, sólo en Harmodio Arias Madrid, en Ernesto de la Guardia y, curiosamente, en el General Omar Torrijos, se dio ese respeto singular del poderoso frente al hombre de talento superior, frente al escritor amigo o enemigo de educación exquisita.

Los tres se rodearon de las mejores mentes y de los más capaces que encontraron dispuestos a servir una causa de regeneración. Los dos primeros dieron importancia prioritaria a la educación. Omar, un año antes de morir, en el Japón cuando me pidió que le sirviera de intérprete, me admitió que después de la conquista de la soberanía, tenía que venir la salud económica junto con una educación de primer mundo.

Debo darle las gracias a Pedro por recordarnos que no hay pueblo grande ni digno sin un grado de conocimiento esmerado del lenguaje y que no hay poder ni riqueza que proteja contra la palabra genialmente dirigida como una estocada al hígado del tirano o del indolente. Las imágenes que dejaron Sarmiento y Hugo de los que un día los colmaron de indignación siguen intactas un siglo y medio después y todavía sus descendientes reniegan de esos antecesores.

101 años de Panamá América

 
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