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Jesuita chileno, canonizado por su convicción y vida social cristianas


LA PRIMERA VEZ que oí hablar del Padre jesuita Alberto Hurtado Cruchaga (1901-1952) como de un sacerdote que merecía ser canonizado fue a principios 1966 en Baños, Ecuador. Este encuentro pastoral, organizado por la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CEPAL), contó con la asistencia de dos destacados líderes de la Iglesia, Monseñor Manuel Larraín, Obispo de Talca (Chile), y Monseñor Marcos Gregorio McGrath, Obispo de Veraguas (Panamá).
La Iglesia de América Latina en estado de transformación.
A comienzos del siglo XX, la Iglesia Católica en Latinoamérica se presentaba en buena parte como una acumulación de normas cristianas, con costumbres gastadas e incluso supersticiones del pensamiento tradicional, que se había paralizado en la afirmación muchas veces retórica de su identidad social cristiana. Al comenzar el nuevo milenio, la Iglesia, cualquiera que sean sus limitaciones y fallas, es ahora otra realidad: En gran parte una comunidad de fe, que asume nuevos valores positivos y rechaza anti-valores cuestionables o negativos, cualquiera que sea el origen de los mismos. Por lo demás el pensamiento social cristiano de la Iglesia busca trascender las alternativas muy estrechas dentro de las cuales el mundo moderno intenta arrinconar al ser humano. De allí que el Concilio Vaticano II comience con la siguiente afirmación de marcada amplitud en su Constitución sobre la Iglesia y el mundo actual:
"Los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de la época actual, son también los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada auténticamente humano se encuentra que no halle eco en su corazón. Su comunidad está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son dirigidos por el Espíritu Santo en su peregrinación al reino del Padre" (N°1).
Larraín y McGrath estuvieron entre el puñado de hombres y mujeres que promovió la transformación de la Iglesia de lo que era a principios de siglo a lo que ha venido a ser en torno al año 2000. Ello a la vez hizo posible y resultó de la extraordinaria experiencia del Concilio Vaticano II.
Monseñor McGrath, al terminar cinco años de labor apostólica en Chile, período durante el cual tuvo la enorme responsabilidad de ser Decano de la Facultad de Teología en la Universidad Católica de Chile, y fundador de la revista Teología y Vida, trajo a Panamá la influencia del espíritu renovador chileno. Aquí en Panamá, después de 3 años como auxiliar de Monseñor Beckman, a la muerte de éste, fue nombrado Obispo de Veraguas. Él mismo describió esa experiencia de la siguiente manera: "5 años estuve de (Obispo en Veraguas) quizás los más felices de mi vida. Palpé directamente sobre la doble temática del concilio entonces sesionando: evangelización y justicia social, fueron para mí el noviciado, la formación fundamental mía en la tarea de servir. Fue también el contacto diario con la pobreza panameña, con los más pobres: campesinos e indígenas".
Un Santo Jesuita chileno para la Iglesia en estado de transformación.
Hombres y mujeres como Monseñores Larraín y McGrath, han sido y son imprescindibles en la preparación, desarrollo (1962-1965) y difusión del Concilio. Ellos fueron a la vez sus padres y sus hijos.
La Iglesia como realidad religiosa y espiritual necesita para su gobierno hombres y mujeres de especial talante y también para su vida misma de la presencia de hombres y mujeres santos sean o no integrantes de su jerarquía. El santo y la santa tienen una dimensión de la relación personal del hombre con Dios y también una dimensión de la relación comunitaria de los hombres y mujeres creyentes entre sí, con las instituciones eclesiales y antes que nada con Dios mismo del que constituyen "el pueblo de Dios". La presencia del santo y de la santa vinculados a una determinada actividad en la Iglesia, la purifican y justifican.
El Padre Alberto Hurtado comunitariamente se ubica en el contexto del movimiento de transformación eclesial de Chile y de América Latina. Aunque murió antes del comienzo del Concilio, no se puede desligar su impacto entre los católicos sobre todo chilenos y su influencia sobre el ambiente a partir del cual los chilenos y otros latinoamericanos actuaron en el Concilio. Monseñor Larraín fue el amigo íntimo desde la infancia del Padre Hurtado. Monseñor McGrath, por su parte, creemos que no conoció personalmente al Padre Hurtado puesto que cuando regresó a Chile en 1953, el Padre Hurtado ya había muerto un año antes. Pero no abrigo dudas de que conocía sobre el Padre Hurtado tanto sus obras como su espíritu y que sentía un hondo aprecio por ello.
La santidad del Padre Hurtado se vislumbró desde muy temprano. Así por ejemplo, el Padre Janssens, quien era Director del Teologado y sería mas tarde Prepósito General de los Jesuitas, escribió en 1933 al Provincial de Chile: "Permítame desde ahora, testificarle cuán grande edificación nos ha dado el Padre Hurtado por su piedad, regularidad, entusiasmo y constancia de los estudios, caridad, discreción, buen trato con todos; ciertamente ha ido delante de sus compañeros por su ejemplo... Juzgo que el Señor ha destinado a su provincia a un hombre verdaderamente eximi...".
Las actividades que emprendió el Padre Hurtado, todas nacieron de una fe profunda en Cristo con una entrega total a Cristo. Su trabajo con los jóvenes en Chile fue de un impacto extraordinario, en ocasiones reuniendo de 5,000 a 10,000 jóvenes, en torno al compromiso del joven cristiano con su fe.
Por otra parte, su actividad en la formación de líderes sindicales, que favorecía la vinculación entre sí de aquellos que compartieran maneras de ver y de actuar inspiradas en los valores cristianos, demostró lo acertado de su visión; su fundación del Hogar de Cristo incluyó episodios donde es difícil no percibir la intervención de la providencia. Su fundación de Mensaje como revista que presentaría puntos de vistas cristianos sobre las realidades de la nación chilena, demostró lo abarcador que era su visión y su acción sacerdotal.
Todo este conjunto de iniciativas y realizaciones estaba enraizado en dos convicciones básicas: primero en la convicción que todo hombre pero particularmente todo ser humano pobre y que viviera en condiciones que riñeran con su dignidad humana era para él no sólo un representante de Cristo sino otro Cristo "Ser testigo de Cristo significa, para el padre Hurtado cumplir con todas mis obligaciones de justicia con el prójimo, de justicia en primer lugar y luego superarla con una espléndida caridad que vaya a llenar lo que la justicia no ha podido colmar. Justicia que el cristiano debe amarla casi diría con rabia. Jesús dijo, con hambre y sed, que son las pasiones más devoradoras. Ser testigo de Cristo significa tratar con inmenso respeto a cada hombre en quien veo mi igual, mi hermano, otro Cristo". "Yo sostengo", añadía, "que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz. Y como a Cristo debemos de amarlo y ampararlo. Debemos tratarlo como a hermano, como a ser humano, como somos nosotros".
La segunda convicción básica la expresaba el Padre Hurtado cuando decía mi vida es una "misa prolongada" y explicaba que "como en la cruz estábamos incorporados en Cristo de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo... mi misa es mi vida, y mi vida es una misa prolongada". En otras palabras no sólo la visión que el Padre Hurtado tenía de su fe religiosa era cristológica sino que la visión que tenía de su propia vida y de toda convivencia con los otros seres humanos era también cristológica.
Cuando le preguntaban al Padre Hurtado como tomaba las oposiciones que surgieron en su contra de diversas índoles y diversos motivos, como cuando le preguntaban en los últimos días de su vida, cuando el cáncer lo carcomía, ¿cómo se sentía?, Él respondía con una frase que ha quedado para todos los tiempos identificada con él y con su visión cristológica de toda la realidad. Esa frase era "Contento, señor, contento...".
Juan Pablo II, cuando habló del Padre Alberto Hurtado, destacó su profunda vida interior que dejaba en quienes le trataron la imagen imborrable de hombre de Dios siempre dispuesto a la ayuda generosa. Su figura de religioso ejemplar en el cumplimiento heroico de sus votos sobre especial realce precisamente en estos días en que se está celebrando el Sínodo de los Obispos dedicados a la vida consagrada.
ariya@sinfo.net

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