Jované: sus sombras y desesperanzas...
Aun cuando la opinión pública piense mal de él, a mí no me apena decirlo: yo le estreché la mano a Juan Jované. Sin embargo, mis motivos de arrepentirme de tal sincero apretón de manos, no es a razón de la campaña de desprestigio que se le ha armado minuciosamente en su contra. A pesar que me digan a diestra y siniestra que soy un ingenuo, que soy un idiota u otro caduco socialista, todavía demuestro una firme convicción en su integridad. Y ¿quién sabe? Quizás pueda reconocer que soy un joven idiota con una sensibilidad social un poco mayor que la media si me atrapan desprevenido. Sin embargo -y reitero-, mis razones son otras.
Muchos decían que nadie apoyaba a Jované, que era un par de funcionarios haciendo gala de la ineficiencia que muchos quieren imputarle, tengan buenas o malas razones, a la Caja de Seguro Social.
Desconozco muchas de los tecnicismos que encierra la discusión de la Caja en un esotérico hermetismo; sin embargo, lo que sí les puedo decir es que a Jované se le apoyaba y ese apoyo no se nutría exclusivamente de ese contigente de empleados que protestaban las medidas arbitrarias del gobierno; en las efímeras reuniones que se dieron en la Universidad de Panamá (que agolpaban a una nación que buscaba defender la CSS para generaciones posteriores) su apoyo era palpable y vocal no sólo en los estamentos profesionales y académicos, no sólo con el estudiantado o con el profesorado, sino también entre amas de casa y trabajadores humildes.
Estaba en la encrucijada. Por instantes, él fue la figura del momento. Incluso, Endara consideró postularlo como vicepresente, aun cuando tal designación hubiera sido un revés para la independiencia de Jované. Pero ¿qué hizo él? Nada.
Debo reconocer que es muy difícil estar en la palestra, con las luces del escenario quemando la piel con la ansiedad de no saber qué hacer, hacia dónde ir. Pero las personas que fueron con él, que caminaron las primeras marchas, buscaban algo más que una opinión bien sustentada en contra de los argumentos de los adversarios, que eran y continúan siendo muchos. El hecho de que, por instantes, por breves momentos, haya sido un posible Lula panameño (tal como señalara Roberto Eisenmann) debió iniciar una introspección: Él podía ser una alternativa política quizás a mediano o a largo plazo. Pero se hace trocha al andar, y tomar esa opción no requiere de tibieces del mañana; precisa de un énfasis que debe darse en el ahora.
Pero el ahora se dedicado a carbonizar fatalmente a Jované como figura pública por su indecisión. Ha perdido mucha de su credibilidad. ¿Y saben? Con justa razón. La izquierda en este país se merece ese tipo de golpes por negarse a salir de esa apatía académica y organizativa, de esa afición a imprimir proclamas y papelitos sin trascendencia. Estando la izquierda en este país muerta, ésta incluso desapareció (producto de su inconsistencia) las cenizas que, como dice la fábula, es cuna para nuevas esperanzas. Él era una de esas cenizas. Y yo, genuinamente, me arrepiento de haberlo apoyado porque en efecto, uno no debe tener esperanzas en las marchas o en las buenas intenciones del ahora, sino en un serio prospecto a futuro, que si bien es cierto no debe ser una utopía, aunque sea es un comienzo...
Muchos decían que nadie apoyaba a Jované, que era un par de funcionarios haciendo gala de la ineficiencia que muchos quieren imputarle, tengan buenas o malas razones, a la Caja de Seguro Social.
Desconozco muchas de los tecnicismos que encierra la discusión de la Caja en un esotérico hermetismo; sin embargo, lo que sí les puedo decir es que a Jované se le apoyaba y ese apoyo no se nutría exclusivamente de ese contigente de empleados que protestaban las medidas arbitrarias del gobierno; en las efímeras reuniones que se dieron en la Universidad de Panamá (que agolpaban a una nación que buscaba defender la CSS para generaciones posteriores) su apoyo era palpable y vocal no sólo en los estamentos profesionales y académicos, no sólo con el estudiantado o con el profesorado, sino también entre amas de casa y trabajadores humildes.
Estaba en la encrucijada. Por instantes, él fue la figura del momento. Incluso, Endara consideró postularlo como vicepresente, aun cuando tal designación hubiera sido un revés para la independiencia de Jované. Pero ¿qué hizo él? Nada.
Debo reconocer que es muy difícil estar en la palestra, con las luces del escenario quemando la piel con la ansiedad de no saber qué hacer, hacia dónde ir. Pero las personas que fueron con él, que caminaron las primeras marchas, buscaban algo más que una opinión bien sustentada en contra de los argumentos de los adversarios, que eran y continúan siendo muchos. El hecho de que, por instantes, por breves momentos, haya sido un posible Lula panameño (tal como señalara Roberto Eisenmann) debió iniciar una introspección: Él podía ser una alternativa política quizás a mediano o a largo plazo. Pero se hace trocha al andar, y tomar esa opción no requiere de tibieces del mañana; precisa de un énfasis que debe darse en el ahora.
Pero el ahora se dedicado a carbonizar fatalmente a Jované como figura pública por su indecisión. Ha perdido mucha de su credibilidad. ¿Y saben? Con justa razón. La izquierda en este país se merece ese tipo de golpes por negarse a salir de esa apatía académica y organizativa, de esa afición a imprimir proclamas y papelitos sin trascendencia. Estando la izquierda en este país muerta, ésta incluso desapareció (producto de su inconsistencia) las cenizas que, como dice la fábula, es cuna para nuevas esperanzas. Él era una de esas cenizas. Y yo, genuinamente, me arrepiento de haberlo apoyado porque en efecto, uno no debe tener esperanzas en las marchas o en las buenas intenciones del ahora, sino en un serio prospecto a futuro, que si bien es cierto no debe ser una utopía, aunque sea es un comienzo...