Justicia inglesa
Sabemos lo que pasamos a relatar porque estábamos allí cuando sucedieron los hechos.
Vivimos en Inglaterra desde 1943 hasta noviembre de 1947, es decir, desde el último tercio de la II Guerra Mundial hasta dos años después del armisticio. En aquellos días, el régimen alimentario estaba controlado y limitado mediante libretas de racionamiento, que se le suministraban a los ciudadanos con cupones que el comprador le presentaba al vendedor, quien los recortaba. No había manera de que le vendieran algo a alguien sin la presentación de la libreta con los cupones correspondientes. Nuestra libreta tenía cupones que limitaban el consumo de mantequilla a la cuarta parte de una barra por semana. Igualmente estaba restringida la carne, pero era severa la protección al consumidor. Los precios estaban establecidos por el gobierno. Por una compra de pepino, por la cual se debía pagar el equivalente de quince centavos, el vendedor cobró veinte. Denunciado por la compradora, se le aplicó una multa equivalente a tres mil veces el recargo hecho.
Pasada la guerra, el pueblo se aprestó a disfrutar la primera navidad comiendo pavo, ya adquirible libremente. Los vendedores abusaron vendiéndolos a precios exagerados, que los compradores pagaron. No hubo airadas protestas ni gritos. Al siguiente año, dos días antes de la navidad, hasta por las aceras andaban los vendedores, desesperados, con sus pavos bajo los brazos ofreciéndolos inútilmente a los transeúntes.
En otra ocasión, juzgaban a un individuo por homicidio. La condena en estos casos allá es la horca. El hombre fue condenado y, al escuchar el veredicto, dijo: "No me puedo quejar. Me han juzgado limpiamente".
Claro que todo esto se aplica a las masas burocráticas. Los sueldos de los ministros son ínfimos comparados con los de los directivos de las grandes empresas. Por ejemplo, el recién nombrado secretario del Tesoro, Henry Paulson, ganará $200.000 en su nuevo cargo, mientras que como presidente de la directiva de Goldman Sachs ganó 38 millones de dólares el año pasado.
(*) Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.
www.aipenet.com
Vivimos en Inglaterra desde 1943 hasta noviembre de 1947, es decir, desde el último tercio de la II Guerra Mundial hasta dos años después del armisticio. En aquellos días, el régimen alimentario estaba controlado y limitado mediante libretas de racionamiento, que se le suministraban a los ciudadanos con cupones que el comprador le presentaba al vendedor, quien los recortaba. No había manera de que le vendieran algo a alguien sin la presentación de la libreta con los cupones correspondientes. Nuestra libreta tenía cupones que limitaban el consumo de mantequilla a la cuarta parte de una barra por semana. Igualmente estaba restringida la carne, pero era severa la protección al consumidor. Los precios estaban establecidos por el gobierno. Por una compra de pepino, por la cual se debía pagar el equivalente de quince centavos, el vendedor cobró veinte. Denunciado por la compradora, se le aplicó una multa equivalente a tres mil veces el recargo hecho.
Pasada la guerra, el pueblo se aprestó a disfrutar la primera navidad comiendo pavo, ya adquirible libremente. Los vendedores abusaron vendiéndolos a precios exagerados, que los compradores pagaron. No hubo airadas protestas ni gritos. Al siguiente año, dos días antes de la navidad, hasta por las aceras andaban los vendedores, desesperados, con sus pavos bajo los brazos ofreciéndolos inútilmente a los transeúntes.
En otra ocasión, juzgaban a un individuo por homicidio. La condena en estos casos allá es la horca. El hombre fue condenado y, al escuchar el veredicto, dijo: "No me puedo quejar. Me han juzgado limpiamente".
Claro que todo esto se aplica a las masas burocráticas. Los sueldos de los ministros son ínfimos comparados con los de los directivos de las grandes empresas. Por ejemplo, el recién nombrado secretario del Tesoro, Henry Paulson, ganará $200.000 en su nuevo cargo, mientras que como presidente de la directiva de Goldman Sachs ganó 38 millones de dólares el año pasado.
(*) Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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