¡Justicia para los profesionales!
Los hombres buenos y las mujeres altruistas de ayer, padres y madres, como los de hoy, enseñaron a sus hijos e hijas que había que estudiar mucho para ser alguien en la vida. De ello somos fieles testigos. Mis padres y muchos más, no escaparon de esa forma inspiradora de pensamiento. Es así como hacemos ejércitos quienes en esta querida Patria fuimos a la secundaria y luego a la universidad. Otros, más tarde que temprano, buscamos las ideas del saber a nivel de postgrados, maestrías y doctorados. Nuestros padres, orgullosos y henchidos de alegría, comparten, todavía, con algún parroquiano o visitante esas proezas, las de haber hecho de cada hijo un tesoro intelectual del país y es así que los escuchamos decir, con muchas pompas, en sus reuniones de barrios o en los pueblos: "mi hijo es abogado, mi hija es doctora", "mi hija es arquitecta, es ingeniera". A ellos los inunda una satisfacción plena y sin límites, y un apasionamiento por inculcarles, también a los nietos, que estudiando se ha de llegar muy lejos en la vida. ¿Seguirá siendo esto así en el Panamá de nuestros días?
Por otra parte, quienes hemos estudiado y aún lo seguimos haciendo, siempre en procura de ser mejores profesionales, reverenciamos a nuestros padres y maestros, a quienes les estaremos eternamente en deuda por haber hecho de nosotros lo que Dios, ellos y nosotros mismos hemos querido y anhelado ser. La Patria también se inflama, cual ardiente llama, de orgullo y gloria al tener entre sus hijos hombres y mujeres profesionales, intelectuales, que construyen, sobre ideas y principios, los destinos de una nación.
Dentro de esos tantos cientos y miles de profesionales cabe distinguir dos grupos o categorías: Una gran mayoría que sigue sirviendo al pueblo, a la sociedad en general, sin arrogancia ni vanidad, e interpretan que nos debemos a la gente que siempre creyó en nosotros, son los verdaderos defensores de las grandes mayorías sociales del país y honramos aquella idea de Michell Foucault que "el saber es poder".
El otro grupo, que hace menos cantidad que el anterior, minúsculo por cierto pero muy dañino y egoísta, se ha hecho soberbio, prepotente, ignoran a la gente humilde y muy pronto han olvidado el olor del árduo trabajo, de la hierba verde, al sudor atrapado en la camiseta de sus padres, a cutarras rotas, a la camisa que se usaba una vez al año o a la presa de carne que en el plato de aluminio sólo se veía para la ocasión especial, etc. Estos eran los que en los barrios, en los pueblos, los hombres y mujeres humildes los llamaban "Luisitos", "Juanitos", "Panchitos", "Anitas", "Mariítas", en fin. Hoy, cuando se han convertido en profesionales, diplomados, que ocupan altos cargos en los gobiernos o en la empresa privada, al retornar al barrio o al pueblito que los vio nacer y crecer, miran con cierto desprecio a esos pobres que siempre los amaron, los quisieron y los estimularon, permanentemente, hacia el progreso y el desarrollo individual con un "siga pa´lante mi hijo, no desmaye", "eche pa´lante, pa´que sea alguien grande en la vida", y así, sucesivamente, los inspiraron. Ahora, cuando esos hombres y mujeres intentan tutearlos, como lo hicieron ayer, esos "profesionales" contestan con aire de soberbia y arrogancia "Dígame licenciado", o "Llámeme ingeniero, arquitecto o doctor". Como se ve, hasta el nombre se han cambiado. ¡Cómo duele a nuestra gente la bofetada injusta del menosprecio y de la vanidad por parte de quienes se pensaba pertenecían a ella!
Esa gran mayoría de hombres y mujeres, profesionales de mi país, que no han olvidado sus raíces y que estudiaron para servir a Dios, a la nación y a la familia; esa misma clase de profesionales valiosos que se asomaron en la vida con un diploma que los acredita como idóneos y aptos para prestar un servicio profesional, lamentablemente, se encuentra relegada y marginada de todo progreso o desarrollo individual y social. Una especie de metamorfosis kafkiana, plagada por la arremetida perversa de la opulencia propia de empresarios inescrupulosos y descomedidos en el afán de lucro, lo mismo que por una pléyade de políticos malolientes y atraídos por la detentación del poder, revestidos de un ánimo desmesurado de ejercerlo sin límites ni condiciones ni por el mínimo respeto a los intereses populares, ha relegado al sector profesional, de nuevo, a los rincones de la pobreza y, sin temor a equívocos, a las esquinas de la pobreza extrema.
Han desaparecido, en nuestro medio, las oportunidades para los profesionales. ¿Dónde están los más de 25,000 maestros y profesores que no trabajan? Respondemos: muchos están en casas laborando de empleados domésticos, niñeras y niñeros, en el trabajo informal, subempleados, sin empleo, sirviendo algunos a políticos demagogos, cobrando peajes en autopistas y corredores, de guardias de seguridad, en fin. Igual sucede con no pocos abogados, arquitectos, ingenieros. Existen muchos médicos sin trabajo y sin posibilidad de ser empleados en el gobierno ni en la empresa privada. ¿Cómo puede ser esto posible en una nación que demanda a gritos mejor educación y servicios de salud? Hay abogados, químicos, físicos, enfermeros, profesores, etc., que laboran de taxistas, jardineros, fontaneros, despachadores en almacenes, etc. Advierto: ningún oficio avergüenza, como dice mi padre: "pena da robar". ¿Pero, para esos oficios se estudió en la universidad? La competencia profesional ha sido suplantada o sustituida por la inidoneidad y la mediocridad rampante de quienes son contratados, tanto en los gobiernos como en la empresa privada, para ocupar las posiciones y los cargos que corresponden a la mano especializada. Ello, desde luego, no impide que sean contratadas personas en otros puestos y así aplicar, como dice nuestra gente, el aforismo de que "zapatero a tus zapatos". Lo peor, son contrataciones que se hacen, primeramente, para minimizar sueldos o salarios que deberían ser pagados a profesionales y, segundo, para poner a los no profesionales a realizar actividades, tareas y funciones de las cuales no tienen la mínima noción pagándoles sueldos de jornaleros y que son propias del sector profesional y técnico.
Esto defrauda al profesional que se ha quemado las pestañas en las universidades. Daña al propio gobierno y al empresario que, con conocimiento de causa, menoscaba su prestigio empresarial y su actividad comercial o económica; se hace deficiente la administración pública y se genera la irregular prestación de los servicios públicos a los conciudadanos y población en general. A nivel empresarial, se genera un relegamiento perverso hacia la pobreza de la mano de obra calificada y profesional y se perturba a los sectores de la clase baja, pobre, merced a la desaparición de esa clase media que es la que genera el trabajo informal, crea, invierte y desarrolla a la pequeña y mediana empresa; la que paga al cuidador de la finca, al celador de la residencia, al jardinero, a la doméstica, al fontanero, y envía hacia los campos la ayuda económica a padres y demás familiares, etc. Se trata de la clase, esa la de los profesionales, que se inserta, generalmente, en la clase media, que genera toda una cadena económica que rinde excelentes beneficios para toda la nación. La misma que piensa en el desarrollo del país y que quiere invertir, tras sus réditos profesionales, en la nación de modo que otros aprendan, se superen y profesionalicen.
No negamos el conocimiento a nadie, no somos egoístas en compartirlo con nuestra gente y queremos el bien de todo el país. Ese sector de los profesionales hay que reivindicarlo como un valioso tesoro de la Patria. A ellos hay que protegerlos, ameritarlos y darles el lugar que les corresponde. ¡Así también se hace Patria! Estamos en la obligación de orientarlos, encausarlos y de aprovechar los excelentes recursos humanos que tenemos.
El Gobierno y la empresa privada deben, repensar, para mañana es tarde, el mal trato y el deficiente o casi nulo uso que se hace de ese invaluable sector. Las universidades también deben desarrollar en el estudiantado y conforme a la actividad profesional o técnica, actividades y tareas encaminadas al estímulo o incentivo, la motivación, del desarrollo de la propia empresa o negocio. Las tesis deben ser más pragmáticas que subliminales.
Cada tesis debería contener un plan o proyecto a desarrollar con la ayuda del Gobierno y de la empresa privada. ¿Valdrá la pena estudiar mucho? Categóricamente, ¡sí! Lo que hay que hacer es reclamar y exigir el espacio que nos corresponde. ¡Basta la mezquindad perversa! ¡Nunca la recomendación de un político o la pertenencia a un partido político podrá valer más que un título profesional!
(stekrakri@hotmail.com)
Por otra parte, quienes hemos estudiado y aún lo seguimos haciendo, siempre en procura de ser mejores profesionales, reverenciamos a nuestros padres y maestros, a quienes les estaremos eternamente en deuda por haber hecho de nosotros lo que Dios, ellos y nosotros mismos hemos querido y anhelado ser. La Patria también se inflama, cual ardiente llama, de orgullo y gloria al tener entre sus hijos hombres y mujeres profesionales, intelectuales, que construyen, sobre ideas y principios, los destinos de una nación.
Dentro de esos tantos cientos y miles de profesionales cabe distinguir dos grupos o categorías: Una gran mayoría que sigue sirviendo al pueblo, a la sociedad en general, sin arrogancia ni vanidad, e interpretan que nos debemos a la gente que siempre creyó en nosotros, son los verdaderos defensores de las grandes mayorías sociales del país y honramos aquella idea de Michell Foucault que "el saber es poder".
El otro grupo, que hace menos cantidad que el anterior, minúsculo por cierto pero muy dañino y egoísta, se ha hecho soberbio, prepotente, ignoran a la gente humilde y muy pronto han olvidado el olor del árduo trabajo, de la hierba verde, al sudor atrapado en la camiseta de sus padres, a cutarras rotas, a la camisa que se usaba una vez al año o a la presa de carne que en el plato de aluminio sólo se veía para la ocasión especial, etc. Estos eran los que en los barrios, en los pueblos, los hombres y mujeres humildes los llamaban "Luisitos", "Juanitos", "Panchitos", "Anitas", "Mariítas", en fin. Hoy, cuando se han convertido en profesionales, diplomados, que ocupan altos cargos en los gobiernos o en la empresa privada, al retornar al barrio o al pueblito que los vio nacer y crecer, miran con cierto desprecio a esos pobres que siempre los amaron, los quisieron y los estimularon, permanentemente, hacia el progreso y el desarrollo individual con un "siga pa´lante mi hijo, no desmaye", "eche pa´lante, pa´que sea alguien grande en la vida", y así, sucesivamente, los inspiraron. Ahora, cuando esos hombres y mujeres intentan tutearlos, como lo hicieron ayer, esos "profesionales" contestan con aire de soberbia y arrogancia "Dígame licenciado", o "Llámeme ingeniero, arquitecto o doctor". Como se ve, hasta el nombre se han cambiado. ¡Cómo duele a nuestra gente la bofetada injusta del menosprecio y de la vanidad por parte de quienes se pensaba pertenecían a ella!
Esa gran mayoría de hombres y mujeres, profesionales de mi país, que no han olvidado sus raíces y que estudiaron para servir a Dios, a la nación y a la familia; esa misma clase de profesionales valiosos que se asomaron en la vida con un diploma que los acredita como idóneos y aptos para prestar un servicio profesional, lamentablemente, se encuentra relegada y marginada de todo progreso o desarrollo individual y social. Una especie de metamorfosis kafkiana, plagada por la arremetida perversa de la opulencia propia de empresarios inescrupulosos y descomedidos en el afán de lucro, lo mismo que por una pléyade de políticos malolientes y atraídos por la detentación del poder, revestidos de un ánimo desmesurado de ejercerlo sin límites ni condiciones ni por el mínimo respeto a los intereses populares, ha relegado al sector profesional, de nuevo, a los rincones de la pobreza y, sin temor a equívocos, a las esquinas de la pobreza extrema.
Han desaparecido, en nuestro medio, las oportunidades para los profesionales. ¿Dónde están los más de 25,000 maestros y profesores que no trabajan? Respondemos: muchos están en casas laborando de empleados domésticos, niñeras y niñeros, en el trabajo informal, subempleados, sin empleo, sirviendo algunos a políticos demagogos, cobrando peajes en autopistas y corredores, de guardias de seguridad, en fin. Igual sucede con no pocos abogados, arquitectos, ingenieros. Existen muchos médicos sin trabajo y sin posibilidad de ser empleados en el gobierno ni en la empresa privada. ¿Cómo puede ser esto posible en una nación que demanda a gritos mejor educación y servicios de salud? Hay abogados, químicos, físicos, enfermeros, profesores, etc., que laboran de taxistas, jardineros, fontaneros, despachadores en almacenes, etc. Advierto: ningún oficio avergüenza, como dice mi padre: "pena da robar". ¿Pero, para esos oficios se estudió en la universidad? La competencia profesional ha sido suplantada o sustituida por la inidoneidad y la mediocridad rampante de quienes son contratados, tanto en los gobiernos como en la empresa privada, para ocupar las posiciones y los cargos que corresponden a la mano especializada. Ello, desde luego, no impide que sean contratadas personas en otros puestos y así aplicar, como dice nuestra gente, el aforismo de que "zapatero a tus zapatos". Lo peor, son contrataciones que se hacen, primeramente, para minimizar sueldos o salarios que deberían ser pagados a profesionales y, segundo, para poner a los no profesionales a realizar actividades, tareas y funciones de las cuales no tienen la mínima noción pagándoles sueldos de jornaleros y que son propias del sector profesional y técnico.
Esto defrauda al profesional que se ha quemado las pestañas en las universidades. Daña al propio gobierno y al empresario que, con conocimiento de causa, menoscaba su prestigio empresarial y su actividad comercial o económica; se hace deficiente la administración pública y se genera la irregular prestación de los servicios públicos a los conciudadanos y población en general. A nivel empresarial, se genera un relegamiento perverso hacia la pobreza de la mano de obra calificada y profesional y se perturba a los sectores de la clase baja, pobre, merced a la desaparición de esa clase media que es la que genera el trabajo informal, crea, invierte y desarrolla a la pequeña y mediana empresa; la que paga al cuidador de la finca, al celador de la residencia, al jardinero, a la doméstica, al fontanero, y envía hacia los campos la ayuda económica a padres y demás familiares, etc. Se trata de la clase, esa la de los profesionales, que se inserta, generalmente, en la clase media, que genera toda una cadena económica que rinde excelentes beneficios para toda la nación. La misma que piensa en el desarrollo del país y que quiere invertir, tras sus réditos profesionales, en la nación de modo que otros aprendan, se superen y profesionalicen.
No negamos el conocimiento a nadie, no somos egoístas en compartirlo con nuestra gente y queremos el bien de todo el país. Ese sector de los profesionales hay que reivindicarlo como un valioso tesoro de la Patria. A ellos hay que protegerlos, ameritarlos y darles el lugar que les corresponde. ¡Así también se hace Patria! Estamos en la obligación de orientarlos, encausarlos y de aprovechar los excelentes recursos humanos que tenemos.
El Gobierno y la empresa privada deben, repensar, para mañana es tarde, el mal trato y el deficiente o casi nulo uso que se hace de ese invaluable sector. Las universidades también deben desarrollar en el estudiantado y conforme a la actividad profesional o técnica, actividades y tareas encaminadas al estímulo o incentivo, la motivación, del desarrollo de la propia empresa o negocio. Las tesis deben ser más pragmáticas que subliminales.
Cada tesis debería contener un plan o proyecto a desarrollar con la ayuda del Gobierno y de la empresa privada. ¿Valdrá la pena estudiar mucho? Categóricamente, ¡sí! Lo que hay que hacer es reclamar y exigir el espacio que nos corresponde. ¡Basta la mezquindad perversa! ¡Nunca la recomendación de un político o la pertenencia a un partido político podrá valer más que un título profesional!
(stekrakri@hotmail.com)