Justicia social
Madrid /AIPE- Friedrich von Hayek, uno de los más destacados pensadores de la historia del liberalismo, provocó un saludable choque intelectual en la tropa de los bien pensantes cuando, en el segundo volumen de "Derecho, legislación y libertad", escribió que la noción de "justicia social" es un "espejismo". Justicia se entiende como dar a cada uno lo suyo. Por ello, quienes claman por que se restablezca la justicia social afirman implícitamente que las diferencias sociales tienen su origen en el expolio y que la justicia se restablece devolviendo a los pobres lo que les han quitado.
En vez de hablar de "justicia social", nuestros socialdemócratas y nuestros conservadores deberían declarar paladinamente su deseo de repartir los ingresos y la riqueza según criterios de mérito, o de necesidad. Entonces se vería claramente que su interpretación de la justicia se opone al modo de funcionamiento de la sociedad abierta, en la que la remuneración de los individuos depende de la medida en que consiguen satisfacer las demandas de los demás; y las reglas de reparto de la riqueza, de lo que mejor fomente la prosperidad.
Es comprensible que los empleados de grandes organizaciones públicas y privadas no conciban otra forma de justificar los ingresos de cada uno sino por jerarquía, mérito y antigüedad. Supuesto que las organizaciones reciben (misteriosamente) unos recursos para su funcionamiento, parece natural que los sueldos y salarios dependan de la prontitud en la obediencia, del esfuerzo desplegado y de la permanencia en la organización. Pero una organización tiene éxito, no según el mérito de quienes la componen, sino dependiendo del favor del público (o de su competitividad, como hoy se dice). Las personas de ánimo burocrático odian la libre competencia, las fusiones y adquisiciones, la globalización de la economía, porque soplan como vientos fríos que nos recuerdan que en una sociedad abierta no vale tanto el mérito como el resultado. No hay nada injusto en que un futbolista gane más que un juez. Ello no implica que debamos valorar necesariamente más la labor de deportista que la del magistrado, pues somos muchos los que no ponemos el dinero sobre todas las cosas. Pero cuando la sociedad en su conjunto paga más al que encandila a las masas que al que dirime conflictos, ello no quiere decir que el más rico expolió al más modesto, ni que la justicia se restablezca quitando al uno para darle al otro. "Concedamos que los ingresos no se gobiernen por el mérito -me dijeron en una reciente celebración del centenario del nacimiento de Hayek-, pero admitirá usted que en el reparto de la riqueza hay que compensar la necesidad, sobre todo cuando es extrema, para calificar a una sociedad humana de ética, si es que no quiere usted llamarla socialmente justa. Las diferencias entre pobres y ricos en la India o en Brasil son "obscenas" y no tienen por qué acatarse como el resultado inevitable del progreso. Se justifica en estos casos la intervención pública para restablecer la igualdad".
Lamento la palabra "restablecer", pues otra vez implica que hubo igualdad y que los ricos la destruyeron. El capitalismo es mucho más igualitario que los mundos tribales, esclavistas y feudales que lo precedieron, sobre todo cuando se permite que la libertad de comercio y la competencia económica distribuyan la prosperidad entre todos, sin los obstáculos del proteccionismo agrario, la corrupción política o las guerras nacionales. Además, la pobreza en el tercer mundo está más presente a nuestros ojos porque los niños ya no mueren casi todos al nacer ni las masas perecen silenciosamente en hambrunas ignoradas. También, la amplitud que puede tomar la caridad (hoy solidaridad) privada (hoy no-gubernamental) en el remedio de estos males es mucho mayor de lo que conciben nuestros intervencionistas.
En vez de hablar de "justicia social", nuestros socialdemócratas y nuestros conservadores deberían declarar paladinamente su deseo de repartir los ingresos y la riqueza según criterios de mérito, o de necesidad. Entonces se vería claramente que su interpretación de la justicia se opone al modo de funcionamiento de la sociedad abierta, en la que la remuneración de los individuos depende de la medida en que consiguen satisfacer las demandas de los demás; y las reglas de reparto de la riqueza, de lo que mejor fomente la prosperidad.
Es comprensible que los empleados de grandes organizaciones públicas y privadas no conciban otra forma de justificar los ingresos de cada uno sino por jerarquía, mérito y antigüedad. Supuesto que las organizaciones reciben (misteriosamente) unos recursos para su funcionamiento, parece natural que los sueldos y salarios dependan de la prontitud en la obediencia, del esfuerzo desplegado y de la permanencia en la organización. Pero una organización tiene éxito, no según el mérito de quienes la componen, sino dependiendo del favor del público (o de su competitividad, como hoy se dice). Las personas de ánimo burocrático odian la libre competencia, las fusiones y adquisiciones, la globalización de la economía, porque soplan como vientos fríos que nos recuerdan que en una sociedad abierta no vale tanto el mérito como el resultado. No hay nada injusto en que un futbolista gane más que un juez. Ello no implica que debamos valorar necesariamente más la labor de deportista que la del magistrado, pues somos muchos los que no ponemos el dinero sobre todas las cosas. Pero cuando la sociedad en su conjunto paga más al que encandila a las masas que al que dirime conflictos, ello no quiere decir que el más rico expolió al más modesto, ni que la justicia se restablezca quitando al uno para darle al otro. "Concedamos que los ingresos no se gobiernen por el mérito -me dijeron en una reciente celebración del centenario del nacimiento de Hayek-, pero admitirá usted que en el reparto de la riqueza hay que compensar la necesidad, sobre todo cuando es extrema, para calificar a una sociedad humana de ética, si es que no quiere usted llamarla socialmente justa. Las diferencias entre pobres y ricos en la India o en Brasil son "obscenas" y no tienen por qué acatarse como el resultado inevitable del progreso. Se justifica en estos casos la intervención pública para restablecer la igualdad".
Lamento la palabra "restablecer", pues otra vez implica que hubo igualdad y que los ricos la destruyeron. El capitalismo es mucho más igualitario que los mundos tribales, esclavistas y feudales que lo precedieron, sobre todo cuando se permite que la libertad de comercio y la competencia económica distribuyan la prosperidad entre todos, sin los obstáculos del proteccionismo agrario, la corrupción política o las guerras nacionales. Además, la pobreza en el tercer mundo está más presente a nuestros ojos porque los niños ya no mueren casi todos al nacer ni las masas perecen silenciosamente en hambrunas ignoradas. También, la amplitud que puede tomar la caridad (hoy solidaridad) privada (hoy no-gubernamental) en el remedio de estos males es mucho mayor de lo que conciben nuestros intervencionistas.